23/05/2026

Uno de los biógrafos de Milei le responde a Kicillof y su texto sobre Adam Smith: “es una calamidad”

En un artículo publicado en Clarín, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires intenta convertir a Smith en estatista para chicanear a Milei. Para Marcelo Duclos, esto es “mentira premeditada o ignorancia absoluta”. El texto completo.

El artículo publicado en el diario Clarín el fin de semana de Axel Kicillof sobre Adam Smith, a quien cataloga como “liberal”, pero “nunca libertario”, es una verdadera calamidad. Debo reconocer que me ha sorprendido mucho. Aunque tenía muy en claro mis diferencias con el autor del texto, nunca pensé que el gobernador bonaerense fuese capaz de escribir semejante bazofia. Se trata de una nota que, siendo medianamente objetivo, no se le podría permitir ni a un alumno de primer año, ya sea de economía o de periodismo.

Todo lo que dice está mal. Por lo tanto, hay dos posibilidades ante semejante mejunje: es un mentiroso premeditado o un absoluto ignorante, escribiendo sobre algo que desconoce por completo. Por momentos, cuando uno lee la barbaridad que «el gran diario argentino» le publicó, todo parece ser una mezcla de ambas.

Antes de meternos en las falacias de ese artículo, es necesario reparar en la motivación del mismo. No se trata de un paper académico de un economista que desea reparar en algún punto en específico de un autor clásico ni mucho menos. Javier Milei acababa de realizar un homenaje a Adam Smith y Kicillof sabe que por ahora no cuenta con los números para enfrentarlo electoralmente en 2027. Apelando a su doctorado en Economía, el exministro de Cristina Kirchner pretendió dar en el ámbito de la intelectualidad —que le queda muy grande— su primer “mano a mano” con el presidente.

En “Adam Smith, liberal: nunca libertario”, Kicillof pretende —sin lograrlo— plantear al escocés como un autor estatista. Busca mostrarlo como amigo de ciertas regulaciones, a la par de enfrentarlo por completo con la tradición libertaria y autores de la Escuela Austríaca de Economía.

¿Era posible darle forma a un texto serio con esas finalidades? Antes de intentar responder esta pregunta, aclaro que no critico la motivación desde lo moral. En el debate de las ciencias sociales, el tema de los egos y la necesidad de la refutación a los adversarios ha sido un motor fundamental que ha servido de incentivo para muchas contribuciones. Sin embargo, si uno se va a embarcar en una empresa de esta naturaleza, debe tomar dos compromisos importantes: la honestidad intelectual y la rigurosidad académica.

Puede que, habiendo hecho estos compromisos, uno no llegue a una conclusión determinante y definitiva en su investigación. Sin embargo, debería aceptar estos límites para hacer un aporte serio. Kicillof no lo hizo. ¿Podría haber escrito algo en sintonía con lo que quiso decir? Absolutamente, pero para eso necesitaba leer más, investigar más y trabajar en un texto más humilde y no en un rápido panfleto  político pretencioso como el que escribió y le publicó Clarín, como si fuese una engalanadora columna escrita por el Jean-François Revel.

Yendo al artículo del gobernador bonaerense, la primera gran falacia aparece ya desde el título. Allí ubica a Adam Smith en la categoría de “liberal clásico” enfrentado a una postura de corte “libertaria”, la cual es más cercana al anarcocapitalismo. Es decir, al cuestionamiento del Estado como monopolio de la fuerza. Sin embargo, recordemos que estamos en 1776 y, simplemente, el mundo todavía estaba en otros debates.

El pensamiento “liberal clásico”, por así decirlo, donde se ubica a autores como John Locke o el mismo Smith, estaban en un contexto donde se apelaba a la necesidad de limitación del poder absoluto del monarca. El mismo Locke (señalado como el padre del liberalismo) escribió en sus dos Tratados de Gobierno Civil (1690) que existía hasta el derecho a rebelarse ante el rey, si la situación así lo ameritaba. Ponerlos en una comparación simplista con Murray Rothbard, quien nació, vivió y murió en el siglo XX, es de una desidia intelectual absoluta.

Hasta ese momento, las manifestaciones “libertarias” eran, por ejemplo, textos como el Discurso contra la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie, del siglo XVI. Algo compatible con lo planteado por Locke o Smith después. Para llegar a la crítica “libertaria” al Estado como tal, el mundo debió esperar hasta el siglo XIX, ya sea con Mijaíl Bakunin (1814-1876) desde la perspectiva socialista o con Lysander Spooner (1808-1887) desde lo que después se llamaría anarcocapitalismo.

La insólita contradicción de Smith con el libertarismo austríaco es tan absurda como achacarle a Manuel Belgrano no haber manejado los aportes de Carl Menger, quien nació veinte años después de la muerte del creador de la bandera argentina.

Kicillof, que hace referencia a la teoría del valor que presenta Smith desde su Riqueza de las naciones, podría haber reparado en los verdaderos antecesores de los austríacos en materia de teoría del valor: los escolásticos españoles. Ellos estuvieron más acertados en la materia y se anticiparon a la tradición iniciada por Menger en Viena.

Sin embargo, al exministro de Economía no le interesaba hacer un aporte al debate económico, ni analizar si el valor es subjetivo, si lo determinan los individuos con su apreciación o si se produce mediante la asignación del trabajo al bien producido. Lo que Kicillof pretendía era plantear la crítica a Smith de parte de autores como Rothbard o Jesús Huerta de Soto, para asignarles a ellos la representatividad total y absoluta de la corriente austrolibertaria.

¿Smith se equivocó en su apreciación en ese aspecto? Sí. ¿Los austríacos (como antes los escolásticos españoles que suele reivindicar Huerta de Soto) fueron más claros en cuanto a la teoría del valor? También. Ahora, lo cierto es que Kicillof desconoce (o miente) sobre “la posición austrolibertaria” de Adam Smith, porque no existe. El pensamiento austríaco y el libertarismo tienen muchos aspectos que no están abiertos a la discusión, como cualquier corriente que se precie de tal. La posición sobre el escocés definitivamente no pertenece a ningún núcleo central doctrinario.

“Los libros de Smith no pusieron la primera piedra, sino la piedra angular de un maravilloso sistema de ideas. Su eminencia reside precisamente en el hecho de que integraron el cuerpo principal de estas ideas en un todo sistemático. Presentaron la esencia de la ideología de la libertad, el individualismo y la prosperidad, con admirable claridad y en una forma literaria impecable”. Estas palabras son, nada más y nada menos, que de Ludwig von Mises. Es decir, el padre intelectual de Huerta de Soto y de Rothbard, entre tantos otros. Kicillof las puede encontrar en la introducción de la edición de Henry Regnery Co (1959) del libro que cumple 250 años.

“En el momento en que se llega a él, uno ha descubierto que la mayoría de las comprensiones decisivas de las cuestiones técnicas que constituyen la espina dorsal de la teoría económica —los problemas del valor y distribución y el de la moneda— habían sido anticipados, una generación antes de él, sin que Smith ni siquiera apreciara completamente la importancia de este trabajo anterior. Sin embargo, como muchos otros economistas, siento profundamente, y quiero transmitirlo, que él era, sin duda, el más grande de ellos, no sólo por su influencia sino por la comprensión y reconocimiento claro del problema central de la ciencia”.

Estas palabras, donde se reconoce el desacierto teórico del escocés, pero que a la vez se le destaca como el economista más importante de la historia corresponden al austríaco más famoso e influyente: el premio Nobel Friedrich Hayek. Kicillof las puede encontrar en el Daily Telegraph londinense, publicado el 9 de marzo de 1976 con el nombre “El mensaje de Adam Smith en el lenguaje actual”.

Podría seguir con las citas de libertarios austríacos admiradores de Smith —Milei no es el único—, ya que son muchos y muy relevantes, como mi maestro y amigo, el profesor Martín Krause. Sin embargo, el punto ya está claro. Kicillof, por mentiroso o ignorante, tomó las opiniones de dos autores de la escuela para llegar a una conclusión que es falsa, con el fin de retratarla como un núcleo central indiscutible. Quiere equiparar su falacia con acuerdos generales como que el respeto a la propiedad privada y las preferencias subjetivas, sumado al orden espontáneo y descentralizado, son los que determinan los precios del mercado.

Para chicanear a Milei, Kicillof utiliza la crítica de Rothbard en su Historia del pensamiento económico. Allí, el autor dice que Smith sirvió de influencia para los socialistas del siglo XIX, mención utilizada por el exministro para hacer referencia a la “costumbre que viene de lejos de ver socialistas por todos lados”. Nada nuevo en la  política argentina.

Durante varias décadas, los estatistas argentinos trataban de extremista a Álvaro Alsogaray, por decir que, en el fondo, había dos modelos en disputa: el liberal y el estatista-socialista. Kicillof, que presume de su doctorado y sus años de docente, debería saber que Karl Marx reconocía en los clásicos como Smith su principal influencia, más allá de terminar siendo una especie de discípulo disidente, si se permite el término. Él mismo dijo que busquen allí sus influencias y no en los viejos socialistas utópicos. Esta cuestión, que Kicillof parece ignorar, ha sido analizada bastante en el ámbito de las ciencias económicas.

Jonathan F. Coliano (Universidad de Massachusetts) y Duncan K. Folley (New School for Social Research), dos economistas que no son ni libertarios ni austríacos, fueron solo algunos de los tantos especialistas que se dedicaron a estudiar esto. Desde un paper titulado Karl Marx’s reading of Adam Smith, dicen:

“Adam Smith y Karl Marx son comúnmente vistos como opuestos en términos de sus enfoques a la política económica y sus visiones ideológicas. Smith, como el campeón del individualismo y el desarrollo del capitalismo. Marx como el crítico de la injusticia y la irracionalidad de la producción capitalista. No obstante, en muchos aspectos metodológicos importantes, Marx era, en efecto, smithiano”.

Las críticas chicaneras de Kicillof, según vemos, están en el mismo trabajo de los clásicos, que no leyó del todo o que no terminó de comprender conceptualmente.

Sin embargo, el segmento más incalificable del artículo del economista peronista es el que hace referencia a la “usura”. “En los países donde se permite el interés, la ley, para prevenir la extorsión de la usura, fija generalmente la tasa máxima que puede cobrarse sin incurrir en penalidades”, transcribe Kicillof de la Riqueza de las naciones. La conclusión que hace es temeraria: “En términos modernos, se trata de establecer regulaciones en el mercado de capitales”. La intencionalidad política es clara y se enfoca en usar a Smith como justificativo para sus delirantes  políticas regulatorias.

En el artículo (aunque no tiene la obligación de hacerlo ya que es una nota para un diario y no un texto académico de cierta rigurosidad), Kicillof no ofrece nota al pie ni referencia de la cita directa que utiliza. El lector puede encontrarla si desea en la página 322 de la clásica edición del Fondo de Cultura Económica. Es parte del libro segundo del capítulo cuarto.

Si el lector va a esa misma página del texto de Smith, más allá de esa frase que es más descriptiva de una regulación particular que una descripción de principios, se podrá encontrar con algo más conceptual:

“En algunos países el interés del dinero ha sido prohibido por la ley. Pero como en todas partes algo se puede hacer con el uso del dinero, de aquí que en todas partes haya que pagar algo por usarlo. Sabido es, de sobra, que la regulación del interés, en lugar de evitarlo, no ha servido para otra cosa sino para incrementar el mal de la usura, porque los deudores suelen verse obligados a pagar, no solo por el uso del dinero, sino por el riesgo a que se exponen los acreedores al aceptar una compensación por el empleo de la moneda. De tal suerte que los primeros se ven obligados, por decirlo así, a asegurar a los segundos contra las penas que conlleva la usura”.

Aunque Kicillof quiera utilizar una frase de Smith para justificar las modernas regulaciones al mercado de capitales, se debe entender algo muy importante. Adam Smith ni siquiera era economista per se. En todo caso, fue el primero, ya que en su momento no existía la disciplina como tal. Era un filósofo moral multidisciplinario, en cierta manera más cercano a los viejos filósofos griegos que a los economistas actuales. Por eso muchos intelectuales que cuestionan al capitalismo desde la utopía socialista ven dos pensadores diferentes en La teoría de los sentimientos morales de 1759 y en La riqueza de las naciones de 1777. No obstante, se trata del mismo filósofo moral que escribió textos de relevancia sobre jurisprudencia, aunque no se le reconoce hoy como “jurista”.

Más allá de su cuestionamiento ético y moral de lo que puede ser considerado un comportamiento abusivo en materia de “usura”, lo relevante es lo que Kicillof obvió de aquella página del libro segundo de Smith: que las prohibiciones pueden terminar generando efectos no deseados y contraproducentes.

Esta idea, tan presente en los autores escoceses, muestra la importancia de separar la realidad y las personas del ideal. Desde la perspectiva “realista”, si se quiere, los escoceses pensaron las instituciones para los seres humanos de carne y hueso. Más allá de las cosas concretas y puntuales, este es el punto de encuentro más grande entre los escoceses y los austríacos, algo que Marx (con los vicios de los primeros economistas que vieron árboles y descuidaron los bosques) no comprendió nunca. O quizás sí, pero demasiado tarde. Recordemos que el segundo y el tercer tomo de El Capital fueron publicados por Engels, luego de la muerte de Marx.

Algunos austríacos sugieren que el inventor del “socialismo científico” se pudo haber llamado a silencio, ya que tuvo acceso a textos como Economía  Política de Menger, publicado en su idioma 13 años antes de su muerte. Esta teoría tendría algún asidero en la cuestión de que Marx se dedicó a publicar otras cosas en los últimos años de su vida. Si fuera tan deshonesto intelectualmente como Kicillof, tomaría un dato aislado y lo plantearía como una verdad definitiva. No lo voy a hacer, ya que las conclusiones siempre las debe sacar el lector. En este sentido, la soberbia del gobernador bonaerense con sus verdades reveladas no pueden escapar al patetismo, ni dejar de evidenciar sus complejos.

Podría tomar cada segmento del artículo del gobernador bonaerense, ponerle la lupa y dejarlo en evidencia, pero esto sería más tedioso que la nota original. Sin embargo, no por eso se debe dejar pasar que lo expuesto no es una conclusión equivocada, sino una idea descontextualizada o, también, una falacia total.

Como dijimos, lo único que queda a la interpretación del lector es la conclusión sobre si el autor, más allá de su intencionalidad  política, es un mentiroso o un ignorante. Por ejemplo, cuando hace referencia a las escuelas accesibles para que “incluso un trabajador común pueda pagarla”, Kicillof mezcla mentiras y dibuja datos con mala intención.

De nuevo, hablamos del siglo XVIII, cuando bienes y servicios de relevancia como la educación, el transporte o la salud estaban limitados a las clases privilegiadas. Más allá de la irrupción de la escuela pública que ni los liberales cuestionamos —siempre que sea en contextos de libertad de contenidos, metodología, con subsidios a la demanda en lugar de la oferta y en un marco de competencia con escuelas privadas que puedan proliferar y abaratarse sin impedimentos burocráticos y gubernamentales— lo que cambió el mundo no fue el Estado creando escuelas nada más. Lo determinante fue esa revolución industrial que comenzaba a describir Smith, casi anticipándose, la cual generó un crecimiento inédito en la historia de la humanidad.

Los socialistas como Kicillof piensan que si se hubiese puesto, por ejemplo, un salario mínimo en el año 1500, la gente hubiese salido más rápido de la pobreza. Esto es porque desconocen los procesos, confunden las fotos con las películas y, además, son deshonestos intelectualmente. Incluso la primera generación de argentinos que pudo ir a una escuela pública se explica con padres que lograron una productividad, para que solo puedan trabajar ellos, contando con la posibilidad de educar a sus hijos. Esto se explica más con el éxito de la Constitución liberal de 1853, que fomentó el capitalismo, que con las  políticas asistencialistas que a Kicillof le gustan.

Él no lo entiende y por eso tiene en su pared un cuadro de Juan Manuel de Rosas, tirano que hubo que derrocar para que se consolide el país del crecimiento, del desarrollo y de las escuelas públicas que defiende. Habría que preguntarle, dada su descontextualización permanente, si piensa que el Smith que reivindica hubiera estado más de acuerdo con Alberdi y Sarmiento o con su idolatrado y violento terrateniente.

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