No es magia: la riqueza puede surgir sin estado, pero nunca sin mercado

El pensamiento mágico estatista de la generación de riqueza

Si hay un pensamiento mágico que evade presupuestos fundamentales, subvierte causas y consecuencias, y prácticamente dota de poderes sobrenaturales a creaciones artificiales, ese es el estatismo.


Uno de los puntos donde puede verse reflejado es la atribución al estado de la generación de riqueza de la cual gozan los individuos bajo su jurisdicción. Quienes lo sostienen, agradecen al estado y su sistema político por el surgimiento de los bienes y servicios que satisfacen las necesidades de la sociedad.


Mas ha de recalcarse que la riqueza no es producida por el estado, y la actividad que la produce no es la política estatal. La riqueza nace de individuos que generan valor a través de la realización de trabajo productivo, y las actividades que la fomentan tienen que ver con la productividad y el comercio.


Son los individuos quienes piensan, experimentan, crean, vuelven a ensayar, innovan, se reúnen, se asocian, intercambian. El estado como entidad artificial se dedica a imponer reglas de juego y sancionar normativa que regula lo producido por los individuos en ejercicio de su racionalidad y esfuerzo productivo.

La disociación estatista es evidente: los hechos concretos que se perciben (manos y mentes individuales abocadas a la tarea de producir) y las abstracciones que se conceptualizan (el estado creador, dueño de recursos, jefe de la disposición). Reflexionando sobre los orígenes del estado, Tom G. Palmer marca esta contradicción lógica:

De hecho, no puede darse el caso donde toda la riqueza es atribuible al estado.

Históricamente, la existencia de un aparato estatal requirió la preexistencia de un superávit para sostenerlo en primer lugar. En otras palabras, el estado no existiría sin riqueza siendo producida antes de su surgimiento. (…)
Los medios económicos necesariamente preceden a los medios políticos. (…)1.
Para el mismo autor, ni siquiera el origen del estado se explica por el objetivo de generar riqueza, sino por el de apoderarse de la ya existente para sus particulares fines: “Los estados surgieron como organizaciones para extraer los superávits de aquellos que producían riqueza”2.

Y su evolución tiene que ver con que, más allá de ser una “institución predatoria”, el estado “de alguna manera representó un avance incluso para quienes fueron saqueados”, por ser la opción menos nociva:

Cuando la elección es entre bandidos errantes (que roban, pelean, queman lo que no pueden llevarse, y vuelven al año siguiente) y bandidos estacionarios (que se asientan y saquean poco a poco a lo largo del año), la opción es clara.
Resulta menos probable que los bandidos estacionarios maten y destruyan mientras te saquean y expulsan a bandidos rivales. Ese es un tipo de progreso – incluso desde la perspectiva de los saqueados.3

Echemos un vistazo a los políticos de nuestros países, y la obscenidad del estatismo se desmorona rápidamente. No producen nada de valor económico, solo redactan papeles con el objeto de clavar sus colmillos sobre las bolsas de riqueza. Y llegado el caso que produzcan algo, lo hacen como individuos en la actividad privada, no como redistribuidores de recursos en la actividad pública.

Echemos un vistazo a los estados cuyas jurisdicciones se nos imponen. No se dedican a crear riqueza, sino a administrarla, y lo que se presenta con su sello proviene de contratos con empresas privadas, licitaciones de obras públicas, y fundamentalmente de la financiación proveniente del esfuerzo de contribuyentes, a quienes se les quita parte de lo que generan en el mercado y el sector privado.

La riqueza puede surgir sin estado. El estado no surge sin riquezas para manotear. Un mercado sin estado puede existir. Un estado sin mercado es un totalitarismo destinado a colapsar por falta de sustento.

La Unión Soviética, Alemania Oriental, Venezuela y Cuba son casos testigo del incremento del estado por encima del mercado, de la política por encima de la economía.

Al pensamiento mágico se le antepone el pensamiento racional. Al estatismo, el liberalismo.

1 Palmer, Tom G. (Ed.); Why Liberty, Students for Liberty, Atlas Network, Jameson Books, 2013, p. 112
2 Ibídem, p. 113

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