Entre insultos de “fascismo mafioso” y “narcoterrorista”, Cepeda y De la Espriella cerraron una primera vuelta que sonó a los setenta. En vez de tender puentes hacia el centro, Petro acusó fraude y azuzó la polarización. Lo que empezó como promesa de paz terminó en millones de colombianos votando con la camiseta de la Sele contra “el otro país”. Una constancia: la democracia agoniza cuando su mayor defensor se convierte en su principal amenaza.

Por Ricardo Silva Romero. Dudo que los electores de ayer estén pendientes de las columnas de hoy. Puede ser, incluso, que estas cosas que hemos estado escribiendo ya no se llamen columnas, sino constancias. En cualquier caso, es claro que unos cuantos nos fuimos a dormir este domingo 31 de mayo tanto atormentados por los resultados como hartos por las reacciones despóticas del presidente actual al preconteo de la primera vuelta de las elecciones presidenciales –reacciones perfectas, dicho sea de paso, para espantar a los votantes independientes y para darles la razón a quienes quieren creer que esta presidencia ha tenido más vocación de régimen totalitario que de Gobierno–, pero las dos grandes mayorías del país, la oposición de derecha que encarna el abogado Abelardo de la Espriella y el oficialismo progresista que representa el senador Iván Cepeda, terminaron la jornada con un par de discursos en clave de guerra civil.
Sonó a fin del debate de la democracia. Sonó a pulso a muerte de los años setenta. Sonó a nostalgia de la violencia bipartidista. Sonó a cruzada religiosa: a bien contra el mal.
Quizás estoy exagerando. Tal vez sería mejor hablar de dos aspirantes que parecen personificar mundos irreconciliables. Tal vez debería decir que la situación es tan delirante, tan típica de estas crisis de la era trumpista, que los unos están plenamente convencidos de que los otros son los que son brutos y ladrones y violentos y traidores a la patria –y cualquier diálogo suena imposible, luego de los discursos sobre los resultados, porque Cepeda aseguró que De la Espriella es “el fascismo mafioso” y De la Espriella llamó a Cepeda “narcoterrorista” e “incapacitado”, y cómo se vuelve de ahí–, y los unos y los otros, que los unos juran por Dios estar combatiendo la tiranía y los otros juran por nuestra historia estar encarando el fascismo, están seguros de ser la Colombia popular que lucha contra el establecimiento.
Nunca en la vida hubo dos candidatos tan diferentes. De verdad que no hay cómo igualarlos. Resulta desconcertante verlo en el ojo de ese sucio huracán de propaganda que el presidente Petro ha estado liderando sin dignidad y sin escrúpulos, pero el senador Cepeda ha sido un hombre serio que ha dado la vida por los pactos de paz. En cambio, el penalista De la Espriella ha sido uno de esos personajes camaleónicos, de los días paródicos de Bukele y Milei, que habla y habla y habla hasta que convence a enfermos e hipocondriacos de que él es el remedio. Sí son dos mundos antagónicos. Y, sin embargo, comparten esa resistencia antidemocrática a debatir, que no deberíamos imitarles, pero sobre todo tienen en común a millones de electores volátiles e infieles que votan contra todo aquel que parezca un político profesional.

Sea como fuere, este abrumador domingo de la primera vuelta, que empezó con el presidente Petro mostrándonos su voto desafiante y obvio por el senador Cepeda, la oposición sacó 10.361.473 y el oficialismo consiguió 9.688.348 en el mismo sistema electoral que en las últimas dos elecciones presidenciales ha visto ganar a los candidatos de la otra orilla. Y el próximo domingo 21 de junio, dentro de tres largas semanas, se pondrá en escena la segunda vuelta providencial que no sólo fue una propuesta cuerda de la Alianza Democrática M-19 para la ejemplar Constitución de 1991 –que Petro, excombatiente del Eme, insiste en cambiar–, sino que en dos ocasiones, Pastrana en 1998 y Santos en 2014, sirvió para que el segundo en la primera fuera el primero en la segunda. Y no sería raro que el senador Cepeda se convirtiera en el próximo jefe del Estado.
Pero tanto el presidente Petro como su candidato en el tarjetón prefirieron desconocer los resultados a acusar recibo del cimbronazo, cedieron a la tentación de insultar a un rival engendrado por el fiasco del gobierno –como si no fuera despreciar, de paso, a media Colombia– en vez de reconciliarse con un par de millones de votantes de centro que están hartos de los embates contra esta pobre democracia que a duras penas ha sobrevivido a la violencia política, a la violencia estatal, a la violencia guerrillera, a la violencia narcoterrorista y a la violencia paramilitar. Hace 10 años, cuando el “no” tomó por sorpresa al sí en el plebiscito sobre los acuerdos de paz, el presidente Santos se lanzó de inmediato a renegociar con las FARC mientras la ciudadanía progresista buscaba caminos para la reconciliación. El Petro de ayer, en cambio, salió a hablar de fraude, y a renegar de un sistema que avala el mundo entero, y poco más.
Fue como si quisiera perder. Fue como si ya no fuera un defensor sino el enésimo peligro de la república.
Fue como si el hombre que denunciaba el horror hubiera completado el viaje de la lucha por la democracia a la lucha por el régimen, Dios, tanto partirse el alma por un país plural, tanto velar mártires de la izquierda asesinados por la espalda, tanto pegar el grito por la paz, para que el legado de este Gobierno azuzador sea provocar y criar a un candidato de aquellos: degradador, temerario e inverosímil. Sé bien –así empecé– que ya no hay columnas de opinión, sino constancias, y dejo escrito entonces que a cada generación le rompe el corazón algún político que parecía entender la obligación de la convivencia, y que la gracia de esta presidencia iba a ser la reconciliación, pero ha terminado en millones de electores indignados que ayer se pusieron la única camiseta que teníamos en común, la de la Selección Colombia, para salir votar contra un país ajeno que también es su país.



