
Cada vez que Argentina e Inglaterra se cruzan en una cancha, el partido dura mucho más que 90 minutos. Lleva más de un siglo jugándose y combina fútbol, historia, política, identidad nacional y dos maneras completamente distintas de entender este deporte.
Los ingleses pueden ostentar haber inventado el fútbol. Los argentinos, en cambio, pueden reclamar haber inventado la gambeta.
A fines del siglo XIX fueron los británicos quienes trajeron el juego al Río de la Plata. Su fútbol era físico, ordenado y directo. Pero los argentinos lo transformaron. Los hijos de inmigrantes hicieron nacer “La Nuestra”, una escuela basada en la gambeta, la pausa, la creatividad y el talento individual.
Mientras Inglaterra proponía disciplina y estructura, Argentina respondía con imaginación. Allí nació la primera gran rivalidad: no por quién inventó el fútbol, sino por quién encontró la mejor manera de jugarlo.
La gambeta dejó de ser un recurso técnico para convertirse en una declaración de principios. Eludir, esconder la pelota, improvisar y convertir cada jugada en una obra de ingenio fue la respuesta argentina al juego británico. Décadas después, Diego Maradona sintetizaría esa filosofía con el segundo gol a Inglaterra en México 1986: la obra maestra de la gambeta.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la nacionalización de los ferrocarriles británicos, el reclamo argentino por las Islas Malvinas y la creciente tensión diplomática comenzaron a trasladarse también a las canchas.
El Mundial de Inglaterra 1966 terminó de encender la mecha. La expulsión de Antonio Rattín en Wembley fue vivida en Argentina como una injusticia histórica. Los diarios titularon: “Primero nos robaron las islas y ahora la Copa del Mundo”. Del otro lado tampoco hubo neutralidad: el entrenador Alf Ramsey llamó “animales” a los futbolistas argentinos.
Desde entonces dejaron de ser dos selecciones. Pasaron a representar dos formas de ver el mundo.
La Guerra de Malvinas profundizó esa carga simbólica. Cuando llegó México 1986 apenas habían pasado cuatro años del conflicto. Excombatientes alentaban al plantel de Bilardo y varios jugadores pertenecían a la generación que podría haber sido convocada a combatir. En Inglaterra, años después, los propios futbolistas revelaron que también recibieron mensajes de apoyo de la Corona y del gobierno de Margaret Thatcher. Nadie entró a aquella cancha creyendo que era un partido más.
Por eso resulta injusto presentar esa rivalidad como una construcción exclusivamente argentina. La política, la prensa y los protagonistas de ambos países alimentaron durante décadas un enfrentamiento que excedía largamente al deporte.
Cuarenta años después, esa historia volvió a cobrar vida con “El Partido”, el documental recientemente estrenado y, paradójicamente, distribuido por Disney, que reúne a Jorge Valdano, Jorge Burruchaga, Oscar Ruggeri, Julio Olarticoechea, Ricardo Giusti, Gary Lineker, Peter Shilton y John Barnes. Allí se cuenta por qué “no era un partido más: era el partido”, como promociona el tráiler. Sin embargo, la realidad supera la ficción y hasta la “nueva peli” quedó, tácitamente, obsoleta. Fue todo junto: en el Mundial más “show business” de la historia y en United States, “la capital mundial del entretenimiento”.
Brasil seguirá siendo el gran clásico futbolístico de la Argentina. Inglaterra, en cambio, representa algo diferente. Porque cada vez que vuelven a enfrentarse no solo se discute quién juega mejor. Se enfrentan el país que creó el fútbol y el país que convirtió la gambeta en un arte. Y detrás de esa disputa vuelven a aparecer la historia, la política, la memoria y una herida que todavía atraviesa generaciones.
Porque, si algo le faltaba a la última película de “Los Muchachos y la Scaloneta”, era la épica malvinera y un partido contra Inglaterra que la historia parecía deberle al “Messías”. Y eso… al menos para los argentinos, es demasiado grande como para ser “solo un partido más”.



