Si se derrumbó la URSS, ¿por qué no podría pasarle al populismo?

La frase que se volvió realidad

“(…) Los hijos de tus hijos vivirán bajo el comunismo. Ustedes los occidentales son tan crédulos que no aceptarán el comunismo directamente pero seguiremos alimentándoles con pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente despertarán y descubrirán que ya tienen comunismo para siempre. No tendremos que pelear con ustedes. Debilitaremos tanto su economía hasta que caigan como fruta madura en nuestras manos. La democracia dejará de existir cuando les quiten a los que están dispuestos a trabajar y se lo den a aquellos que no.”

No importa si esta frase, que suele atribuirse a Nikita Khrushchev, líder de la Unión Soviética durante la guerra fría, entre 1953 y 1964, fue o no pronunciada por él. Lo cierto es que, más allá de que todos sepamos cómo terminó la URSS, los ecos de esas palabras resuenan en quienes habitamos la Argentina de hoy.

La prédica por “goteo” de ideas socialistas y comunistas con la que desde las instituciones educativas se viene taladrando el cerebro de muchos habitantes ha tenido efecto.

En términos electorales, las ideas de la libertad pasaron de representar una tercera fuerza política a nivel nacional con la UCeDé en 1989, a niveles francamente exiguos en 2019, perdiendo incluso contra el voto en blanco.

Y en términos ideológicos, defender el libre comercio, la disciplina fiscal y el derecho de
propiedad es casi “políticamente incorrecto”.

Aceptamos con resignación de rebaño que cotidianamente se nos imponga ese impuesto no legislado que es la inflación, y que sus guarismos escalen a niveles que para el mundo civilizado serían inconcebibles. Incorporamos mansamente a nuestra contabilidad cotidiana cada nuevo tributo “transitorio” que sabemos nunca cesará de existir.

Hemos creado un estado tan gordo, tan enorme, tan voraz, que a cualquiera que produce algo lo reventamos a impuestos.


Hemos permitido que el Estado tenga el monopolio de la educación y hasta el monopolio de decidir qué es un derecho y qué no lo es, instalando con una fuerza descomunal la idea que “la necesidad crea derechos”. Hemos llegado al desatino de empezar a debatir sobre la moralidad de ocupar tierras y la solución ha sido, luego de tremenda crisis judicial, darle dinero al delincuente, dinero que obviamente saldrá de los bolsillos de los contribuyentes. Hasta para poder importar libros ahora debemos pedirle permiso al Estado a ver si no se quedan trabados en la aduana por tiempo indefinido a ver si “la tinta es tóxica”.

Y lo sorprendente es que, ante cualquier problema, el clamor popular inmediato es “el Estado tiene que hacer algo”, así sea regular los talles de los pantalones o el formato de las etiquetas.

¿Qué tal sería “parar la pelota” y detenernos a reflexionar un momento sobre las reglas del juego? ¿No les parece al menos un poco intrusivo que el Estado asome sus narices desde todos los rincones pidiendo su tajada ante cualquier actividad que se nos ocurra iniciar? ¿No han enloquecido ya nuestros emprendedores con la tonelada de normativas, regulaciones, habilitaciones y trámites con que entorpecemos sus tareas genuinamente productivas? ¿No han sucumbido aun las nuevas generaciones a los slogans más siniestros del estatismo?

¿No era eso acaso lo que buscaban los soviéticos, poquito a poquito, como en la frase de Khrushchev?
La batalla cultural se impone. Puede que hayamos perdido frente al voto en blanco, pero todo camino comienza con un paso. Y por fortuna las ideas de la libertad experimentan un incipiente renacer en la escena política. Necesitamos alimentarlas, necesitamos que crezcan, fuertes y rápido. Si la Unión Soviética colapsó, también
podemos esperar una resurrección de la Argentina. Tal vez lo logremos, y tal vez podamos ser de nuevo un faro de libertad en el continente.

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