22/04/24

Con la libertad se come, se educa y también se salva vidas

La historia de cómo Suecia enfrentó al COVID-19 y tuvo mejores indicadores que en toda Europa, pese al hostigamiento inicial a sus políticas sanitarias.

Por Edgardo Zablotsky, Rector de la Universidad del CEMA y Miembro de la Academia Nacional de Educación

Ya sea en trenes o tranvías, supermercados o centros comerciales -lugares donde las mascarillas eran habituales en buena parte del mundo- los suecos vivían su vida sin ellas. (AFP)

A lo largo de los últimos años he publicado varias notas resaltando las decisiones del gobierno de Suecia frente al Covid-19, las cuales se diferenciaron de las seguidas por la mayor parte del mundo.

Lo absurdo del caso es que aún hoy se discute si fueron justificables, cuando el peso de la prueba debería recaer sobre aquellos países, la gran mayoría, que cercenaron irrestrictamente libertades para enfrentar la emergencia sanitaria.

Para aquellos que lo han olvidado, Suecia fue vilipendiada por los políticos y por los medios; por cierto, no tan sólo de nuestro país. Retornemos a principios de mayo 2020. Alberto Fernández ejemplificó el caso de Suecia como un contraejemplo de lo que se debía hacer: “Cuando a mí me dicen que siga el ejemplo de Suecia la verdad lo que veo es que Suecia, con 10 millones de habitantes, cuenta 3.175 muertos por el virus. Es menos de la cuarta parte de lo que la Argentina tiene. Es decir que lo que me están proponiendo es qué de seguir el ejemplo de Suecia tendríamos 13 mil muertos”.

Por supuesto, cualquier parecido con la realidad es tan sólo una fantasía de nuestro imaginario.

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Del lado izquierdo, cómo se vivía la pandemia en Reino Unido, del lado derecho, personas sin barbijo caminan por las calles de Estocolmo en pleno auge del COVID-19. (Reuters, AFP)

Veamos algunos titulares de entonces: «Por qué el modelo sueco de lucha contra la Covid-19 es un desastre» (Time, octubre 2020); «La historia interna de cómo Suecia falló en su respuesta al coronavirus» (Foreign Policy, diciembre 2020); «Suecia permaneció abierta y más personas murieron de Covid-19, pero la verdadera razón puede ser algo más oscuro» (Forbes, 2020). Esto es sólo una muestra de las reacciones contra Suecia. Al optar por permitir que sus 10 millones de ciudadanos siguieran viviendo vidas «normales», Suecia estaba, en palabras de The Guardian, llevando no sólo a los suecos sino al mundo entero “a la catástrofe”.

Es claro que estas predicciones nunca estuvieron cerca de materializarse. Como reporta una interesante nota del pasado 6 de marzo de la Foundation for Economic Education (FEE): para marzo de 2021era evidente que Suecia tenía una tasa de mortalidad más baja que muchas naciones europeas. Al año siguiente su tasa de mortalidad ya era una de las más bajas de Europa y en marzo de 2023 algunas estadísticas mostraban que Suecia tenía la tasa de exceso de mortalidad más baja de toda Europa.

Para ese entonces, aún el New York Times admitió que el enfoque de laissez-faire de Suecia no era el desastre que muchos habían predicho.

El epidemiólogo jefe sueco, Anders Tegnell. (AFP)

Más aún, la nota publicada por FEE comparte un análisis estadístico basado en datos gubernamentales de todos los países europeos desde enero de 2020 hasta agosto de 2022, realizado por el economista danés Bjørn Lomborg, el cual concluye que Suecia tuvo la tasa de mortalidad estandarizada por edad más baja de toda Europa.

¿Cómo explicarlo? Como bien señala la nota, la historia muestra que las respuestas colectivas durante los pánicos tienden a no terminar bien, pues la gente quiere que alguien haga algo y no desea escuchar sobre consecuencias no deseadas de dichas políticas; ese fue el caldo de cultivo para las políticas llevadas a cabo por la mayor parte de los países, frente a la pandemia.

Por cierto, esta es la gran falacia que Henry Hazlitt advirtió hace décadas. El autor de Economics in One Lesson, señaló que “hay una tendencia persistente de los hombres a ver sólo los efectos inmediatos de una política dada y a descuidar la indagación de cuáles serán sus efectos a largo plazo”.

Los confinamientos no fueron científicos y demostraron ser ineficaces para frenar la propagación del virus. Pero incluso si hubieran funcionado, tuvieron graves daños colaterales. A modo de ejemplos: las pruebas de detección del cáncer se desplomaron, el consumo de drogas aumentó, se perdió el aprendizaje y se disparó la pobreza mundial. La depresión y el desempleo se dispararon, las empresas quebraron… la lista sigue y sigue. Las consecuencias secundarias de los confinamientos causaron un daño irreparable a los seres humanos que se experimentará en las próximas décadas.

Henry Hazlitt. (Archivo)

El principal experto en enfermedades infecciosas de Suecia, Anders Tegnell, fue una de las pocas personas que lo entendió; por ello pudo evitar los efectos perniciosos de los confinamientos, una política que sedujo a tantos pseudo planificadores centrales.

Es claro que no existen las casualidades, uno de los pocos países del mundo que ha implementado un sistema educativo que privilegia la libertad, 30 años después decide, en soledad, no cercenar irrestrictamente las libertades para enfrentar la pandemia.

Hoy en día, muchas personas en Suecia están vivas gracias a ello.

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