El activo vital para el emprendedor está en la filosofía de Ayn Rand

Ética objetivista para emprendedores

Que los jóvenes tengan ganas de emprender es indudablemente meritorio, una conducta que debe ser celebrada por sus pares que pueden beneficiarse y alentada por los mayores que pueden guiarlos desde su experiencia de vida.

El emprendimiento –entrepreneurship– ya tiene sus propios módulos de estudio e implementación, desde la administración hasta la neurociencia, pasando por la psicología motivacional y los recursos humanos. Pero mal haríamos -a la hora de mentorear, acompañar y favorecer a los jóvenes- en dejar de lado una base filosófica que los apoye y justifique. 

Y la ética objetivista puede cumplir con creces este papel orientador. Si leemos los escritos de su autora Ayn Rand, tanto los de ficción como los de no ficción, comprobaremos rápidamente este punto.

En sus dos principales novelas, La Rebelión de Atlas y El Manantial, los héroes son personas profundamente racionales, de espíritu empresarial y emprendedor, con la superación personal como insignia destacada y el modelado de su entorno de acuerdo a sus propios valores como hábito incansable.

En sus ensayos, se favorece al capitalismo como el sistema que reconoce y respeta los derechos individuales, incluyendo la propiedad privada, y en el cual se desarrolla la libertad comercial desregulada. Se protege a los empresarios como la minoría más atacada por políticos y portavoces culturales, castigo injusto que desconoce la importancia de los productores como los motores del mundo y generadores de la riqueza que los demás disfrutan.     

Veamos entonces, de acuerdo a lo escrito por Ayn Rand en sus libros La Virtud del Egoísmo y La Rebelión de Atlas, lo que la ética objetivista puede aportar al ecosistema emprendedor para que los jóvenes tengan una referencia de su propia valía y lo fundamental que sus iniciativas resultan.

Los tres valores cardinales son Razón, Propósito y Autoestima, y sus tres virtudes correspondientes son Racionalidad, Productividad y Orgullo.

La Razón es la facultad que nos permite identificar e integrar la información proveída por los sentidos, y sostenerla como valor es decidirnos a pensar, conocer, entender, no a funcionar por default.

El Propósito es el valor que nos sirve para integrar jerárquicamente todos los demás valores, y que para la vida racional de la persona se asocia a su trabajo productivo y su felicidad.

Autoestima es la certeza inviolable de que nuestra mente es competente para pensar y de que somos dignos de vivir y ser felices.

La virtud de la Racionalidad es aceptar que la razón es nuestra única fuente de conocimiento, nuestro compromiso de mantenernos enfocados y con atención plena, y la dedicación a la expansión constante de nuestro conocimiento. La virtud de la Productividad es el reconocimiento de que mediante nuestro trabajo productivo logramos nuestro sustento, por lo que nos esforzamos y ponemos en marcha nuestras habilidades para conseguirlo. La virtud del Orgullo es sostenernos a nosotros mismos como el mayor valor, entendiendo que tenemos que ganarnos ese valor mediante el forjamiento de nuestro carácter.

¿Cómo aplicamos este contenido filosófico en el mundo emprendedor? Logrando que emprendedores sostengan los valores y practiquen las virtudes objetivistas a través de la explicación de su poder y necesidad.

El emprendedor necesita la razón para identificar e interpretar la información a su alrededor, detectar necesidades insatisfechas, y delinear los propios intereses. Usando la razón generará ideas innovadoras y descubrirá oportunidades de mercado.

Su propósito será su fuerza movilizadora, su norte, lo que le dará la motivación para conseguir sus metas, el por qué de lo que hace, el valor frente al cual subordinará el resto de sus valores. El propósito aclarará su panorama y le brindará energías para embarcarse en su aventura comercial.

Su autoestima le recordará en todo momento que es capaz, competente, que tiene lo que se necesita para lograrlo, que no renuncie a sus sueños porque la recompensa viene para quien se esfuerza, y que es portador de la flama de la idoneidad.

El emprendedor que no use la razón no podrá conceptualizar ideas, no le dará base a su iniciativa, y apenas se moverá por percepciones de lo que creerá rentable, posible o estimulante. Sin propósito no sabrá hacia dónde encarar, ni qué conseguir, ni por qué molestarse en empezar. Sin autoestima no tendrá la entereza ni la reserva de combustible suficiente para arrancar su negocio, y si logra hacerlo, le costará continuarlo. En uno u otro caso, no disfrutará de la experiencia. Son fundamentales los valores, pero no solamente enunciarlos, sino también el hecho de llevarlos a cabo a través de las prácticas virtuosas.

La racionalidad le permitirá trazar un plan de negocio, establecer metas apropiadas, capacitarse con los mejores, entrenar a su equipo, no depender de circunstancias azarosas ni extraviarse en maremotos sentimentales descontrolados alejados de los hechos de la realidad.

La productividad le permitirá crear, innovar, fabricar, multiplicar, probar de nuevo, probar distinto, lanzarse al mercado, satisfacer cada vez más clientes, expandir su línea de productos, abrir más oficinas o centros comerciales, digitalizar su negocio.

El orgullo le permitirá reconocer el éxito, felicitarse por sus logros, reconocer el trabajo de quienes lo rodean, contenerlos en épocas turbulentas, y mantenerse en pie frente a los desafíos recurriendo a la fuente inagotable de la pasión por la propia vida y lo que se hace con ella.

Sin racionalidad el emprendedor dependerá de fuerzas ajenas y no tendrá las riendas de su propia iniciativa, ni estará en condiciones de visualizar el camino a seguir desde el punto en que se encuentre. Sin productividad, se quedará en la mera formulación de ideas o planes, sin pasar a la acción, sin expresar en la materialidad lo que en su mente logró abstraer. Sin orgullo no tendrá motivos para alegrarse de los logros, ni fortaleza para defender lo que le pertenece.

Para no quedar inmersos en filosofías ajenas, conviene que tengamos una filosofía propia (y por propia no me refiero a crear de cero una filosofía, sino a que sus premisas fundamentales -aunque hayan sido formuladas por otros- sean adoptadas mediante nuestro propio pensamiento crítico). Para no limitarnos a lo técnico, conviene que identifiquemos y explicitemos a consciencia los valores que sostenemos y las virtudes que practicamos en aras de su consecución. Para que la visión de nuestro emprendimiento sea integral, hagamos que nuestra visión filosófica recorra transversalmente nuestra visión de negocio.

Para todo ello, tenemos disponible la filosofía de Ayn Rand. Y concretamente, la ética objetivista para acompañar nuestros emprendimientos.         

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