Cinco ideas que habría que pensar dos veces antes de repetirlas

Coronavirus: 5 ideas a repensar.

Pasó el 2020, un año de pandemia en el que vivimos confinamientos extensivos e intensivos, derrumbamientos de la economía, pérdida colosal del empleo, deterioro del consumo, aumento de la pobreza, postergación de tratamientos médicos importantes, pérdida de días de clase, aumento del stress, la ansiedad y la depresión, entre muchas otras cosas.

Admito seguir sorprendido de la enorme desproporción entre el problema y la reacción al problema, de cómo se propagó la irracionalidad como un reguero de pólvora a través del mundo, de cómo las sociedades fueron corriendo a demandar restricciones, toques de queda y policías para perseguir vecinos que compraron en un supermercado que no les correspondía.

En algún momento mencioné que estábamos presos de incentivos que auguraban una tormenta perfecta: una total sobrerreacción por parte de los gobiernos.

En Argentina el asunto fue peor que en otros países. Aquí ya había comorbilidades en materia económica,
sanitaria, institucional, de infraestructura, y de legitimidad política. Así y todo, entramos en
una cuarentena irresponsable, inconstitucional e incierta, que arrancó temprano y se prolongó demasiado.

Aquí propongo, a casi un año del comienzo de la locura global, repensar algunas posiciones muy usuales, que jamás han podido debatirse demasiado, por el férreo proceso de cancelación de discusión que se impuso desde el minuto cero. No pretendo refutar estas ideas, muy arraigadas en el “sentido común” (que no siempre es buen baremo) del contexto de pandemia, pero sí al menos disputarlas, repensarlas.

Posludio


Hasta acá esta disputa con cinco ideas remanidas pero no necesariamente correctas. El coronavirus, a pesar de abrir una enorme cantidad de temas de debate (filosóficos, jurídicos, económicos, constitucionales, éticos, entre otros) trajo aparejada una enorme cancelación de toda línea de argumentación que se saliera de la que bajaban gobiernos y medios de comunicación. Hasta Twitter amenazó con cerrar cuentas de personas que pusieran en duda o criticaran las conclusiones de la comunidad científica (lo que, paradójicamente, es una afrenta contra la ciencia, además de incurrir en la falacia que describimos en el punto 1).

No son las únicas ideas dignas de repensar. He dejado afuera, por razones de lugar, la repetida idea de que “la Constitución no importa en pandemia”. Contesto sintéticamente: la Constitución siempre está primero. Y el respeto a la Constitución vale más, aunque duela, que la muerte de miles de argentinos. Para resaltar el carácter deontológico de la Constitución acaso cabe recordar, por ejemplo, que ésta prohíbe las torturas, sin importar la utilidad de la información que se le pueda sacar a alguien en un proceso de tortura. Incluso si dicha información ayudase a salvar vidas, la tortura sería inadmisible.

Es lamentable el manejo completamente inconstitucional que se llevó a cabo el año pasado, con un presidente legislando por fuera de su poder constitucional, y un Congreso y una Justicia que prefirieron dejar hacer para no cargar con la responsabilidad. Frente a esto, parte de la sociedad civil tuvo que apelar a la institución de la desobediencia, como explicó en su libro Desobediencia civil y libertad responsable (Sudamericana) Juan José Sebreli, uno de los más notorios desobedientes del 2020.

Este último argumento es el más verosímil que encuentro: “Hay que evitar que el sistema sanitario colapse”. Puedo entender este punto. Cuando el sistema colapsa ya no hay terapia intensiva para nadie, deba ser atendido por coronavirus o no. La línea punteada en la famosa curva que en marzo todo el mundo miraba era la del nivel de atención posible. Ahora bien, dos cosas al respecto. La primera, de un tiempo a esta parte ya no se habla de camas sino de muertos. Y son dos problemas bien distintos. Si el miedo es que se sature el sistema es una cosa. Ahora, si esa es la verdadera intención, uno no debería preocuparse más que por la ocupación de las camas. No importa si muere más gente. Lo que importa es el sistema, el “mal público”.

¿Realmente se piensa así? ¿O con la excusa de la curva nos comimos la curva? Porque durante meses las camas estaban vacías, los médicos de brazos cruzados y padecimos la cuarentena más larga del mundo. Nunca se llegó a
saturar el sistema (en pocos lugares del mundo sucedió) y sin embargo el miedo no dejó de generarse. Las autoridades mencionan a países donde sobran camas y respiradores (EE.UU. o Suecia, por ejemplo) como casos catastróficos.

¿Por qué? De nuevo, ¿se intenta que el sistema no se sature o que no muera gente por coronavirus? Lo primero puede justificar restricciones generales, lo segundo sólo cuidados por parte de los potenciales afectados.
Finalmente, cabe recordar que esto es Argentina. Aquí el sistema sanitario siempre está saturado.

Siempre la demanda supera la oferta. En hospitales públicos dan turnos a dos meses vista, faltan especialistas, insumos básicos y la infraestructura apesta. La gente deambula y espera como la desventurada Soledad Silveyra en La clínica del Dr. Cureta. La gente que está condenada a atenderse en hospitales sufre la saturación todo el tiempo y sus vidas se ven perjudicadas por esa atención dilatada o no atención. Todos sabemos cómo atienden a los ancianos en PAMI. No nos hagamos los distraídos. Toda la diferencia radica en que a los pacientes de coronavirus los estamos contado a tiempo real, todo el día, hace un año. Como si fuera nuestro principal problema. No lo es.

Termino. No creo transitar los distritos de lo correcto ni mucho menos. Como todo tema complejo – y apasionante- el coronavirus nos genera muchísimas preguntas y no son pocas las veces que uno ve desafiado su punto de vista. Lo que sí me resulta trágico es que no hayamos podido dar estos debates abiertamente. De entrada, la discusión se clausuró y quienes ponían matices u observaciones fueron rechazados como tanáticos pregoneros del caos. Pensar, incluso equivocadamente nunca daña. No agreguemos a la pandemia, el virus de la irracionalidad y la censura.

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