El valor de la vida no se puede medir. ¿La vida de quién?

El valor de la vida es inconmensurable.

El valor de la vida es tan grande que no se puede medir, suele decirse. Bueno, no es tan así. Por supuesto para cada uno de nosotros la vida de nuestros seres queridos y la propia gozan de un gran valor, acaso incalculable en dinero. Nuestra vida es inviolable, nadie tiene derecho a quitárnosla.

Pero esto no significa que haya que gastar todos los recursos en salvarla ni que la muerte de cualquiera sea un problema para el resto.

Adam Smith en su Teoría de los Sentimientos Morales (Alianza Editorial) plantea el caso imaginario de una persona que se entera de que hubo un maremoto en China que mató a millones. La persona acaso reflexione un poco sobre la calamidad, las consecuencias políticas y económicas, la finitud de la vida. Pero luego, dice Smith, el sujeto seguirá su vida como si nada. Comerá y dormirá tan bien como si nada hubiera pasado. Ahora bien, si al mismo sujeto se le informa que al día siguiente le van a cortar el dedo meñique, acaso no duerma por la tristeza y la preocupación. Smith no hace una apología del egoísmo ético (no es un egoísta, a pesar de la caricatura que han hecho de él) pero sí advierte que lo que tenemos cerca es lo que nos afecta.

Es un error hablar del valor de la vida en abstracto porque la vida en abstracto no existe. Existe, sí, la vida de Laura o de Gonzalo. Para los parientes de Laura y de Gonzalo acaso haya que gastar todos los recursos del país en salvar sus vidas si corren peligro. Pero para Martín y Josefina acaso esto sea injusto. Después de todo, ellos también son parte de la sociedad, contribuyen a mantener el Estado y tienen en mente otras ideas u otros destinatarios para los recursos.

Los recursos son siempre escasos y las necesidades siempre infinitas. Si no fuera por esto no necesitaríamos de la economía. Y dado que hay escasez necesitamos establecer prioridades. El desperdicio, la ineficiencia, es una forma de injusticia, consideran los utilitaristas. Y aunque el utilitarismo es una doctrina no exenta de críticas, hay una intuición utilitarista que anida en nuestro pecho y que abona al sentido común muchas veces.

¿A qué costo salvamos vidas? ¿Cuántas vidas se perdieron por salvar las vidas que salvamos? ¿Cuántas vidas salvamos? ¿Y cuánto tiempo de vida? ¿Y qué calidad de vida? Estas eran preguntas relevantes al principio de la pandemia y lo siguen siendo ahora.

Y aunque a alguno le revuelva el estómago, hay decenas de metodologías para mensurar el valor de una vida (insisto, no el valor sentimental). Por ejemplo, la vida humana tiene un valor estadístico o financiero mediante el cual los jueces y los tribunales establecen un monto indemnizatorio en un caso de un accidente de tránsito o laboral, por ejemplo. Hay tablas, incluso, con el valor de cada tipo de persona.


Una metodología es la de capital humano, algo en desuso. Se calcula por médicos legistas según los siguientes parámetros: 1) expectativa de vida de la persona, 2) capacidad de generar ingresos y 3) calidad y cantidad de sus lazos afectivos.


Otro método es el VEV (Valor Estadístico de una Vida). Es el valor monetario de una reducción de riesgo de ocurrencia de una fatalidad que prevendría una muerte estadística. Es una estimación de cuánto las personas están dispuestas a pagar para reducir el riesgo de muerte. O de un modo alternativo: cuánto están dispuestas las personas a pagar por seguridad. Se usa, por ejemplo, para evaluar la eficiencia de intervenciones en seguridad o de asignaciones de recursos. Por ejemplo, si una intervención en seguridad vial para salvar una vida estadística tiene un coste monetario que supera el VEV, se trata de una intervención que no debería realizarse (lo mismo si es una intervención para salvaguardar 1000 vidas estadísticas cuyo coste supera el valor de 1000 vidas estadísticas).

Para pensar cuánto vale una vida acaso convenga pensar qué se pierde con la muerte. Lo que se pierde es el tiempo que media entre el momento actual hasta el punto de expectativa de muerte. Pero, ¿cada año de vida tiene el mismo valor? No, necesariamente. Por ejemplo, el Instituto de Salud y Excelencia Clínica del Reino Unido se guía por el QALY, es decir el año de vida ajustado según su calidad (quality-adjusted life year), para estimar el valor de una intervención.

Y la calidad de cada año de vida se mide considerando 5 dimensiones de la salud: movilidad, autocuidado, posibilidad de desarrollar actividades usuales, dolor e incomodidad, y ansiedad y depresión.

¿Son las intervenciones por la pandemia eficientes? ¿El costo de implementarlas ha sido inferior o superior al beneficio obtenido? ¿Alguien cuenta las muertes que se produjeron a causa de las cuarentenas? ¿No son estas muertes estadísticamente relevantes? A sabiendas de que los recursos son escasos y la vida sí tiene un valor, la pregunta no es menor. Por supuesto, una mirada basada en la ética de los derechos no requeriría hacer cálculos utilitaristas, sino anclarse en si las personas tienen o no derecho a circular, a trabajar, a comerciar libremente.

O si el contagio califica dentro del principio de agresión. No obstante, apunto estas metodologías porque desde un comienzo esto se planteó livianamente como una cuestión utilitarista (la salud es más importante que la economía, la educación, etc.) y colectiva, cuando ni siquiera en estos términos
la posición es vulnerable a críticas.

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