Los médicos pueden tener la primera palabra, pero no la última

Los médicos tienen la última palabra.


Bueno, no. El médico observa la lesión pulmonar en una radiografía y concluye que el consumo del
tabaco produjo el daño, el ingeniero civil analiza el diseño de una autopista y concluye que podrá
soportar determinado peso, el meteorólogo observa los cambios de presión atmosférica y concluye
que probablemente llueva por la noche. Pero el médico no decide si el consumo de tabaco debe
prohibirse, regularse o permitirse, el ingeniero no es autoridad para definir si la carretera tendrá
cabinas de peaje, ni el meteorólogo decide si esta noche pondremos la mesa en el patio.

El plano descriptivo y el valorativo son bien diferentes. En casos de salud, como el coronavirus, los médicos tienen la importante primera palabra, al describir el fenómeno (cosa que han hecho no sin grandes vacilaciones, dada la novedad del caso). }

De ellos esperamos que nos den datos, cifras, información emergente del método científico.

Características del virus, comparación con otros virus,
evidencia que respalde distintas formas de prevención, simulaciones que intenten aproximarse a los
distintos escenarios posibles, ventajas y desventajas de las distintas vacunas, entre infinitas otras
cuestiones. Es eso lo que la ciencia médica debe poner a disposición de la sociedad en un caso
como éste.

Ahora bien, alimentada la sociedad civil y los gobiernos de la ciencia que médicos y científicos ponen sobre la mesa, la decisión de qué hacer con aquello es una cuestión valorativa, y por lo tanto más de la filosofía, de la ética, del Derecho y de la política que de la medicina. Un médico puede decir “si no se toma el curso de acción A, ocurrirá el evento B”, pero quien decide si hay que elegir el curso A o B es la sociedad y sus representantes, dentro de un marco legal. Por usar un ejemplo remanido y falaz, si hay que priorizar salud a economía o economía frente a salud, y en qué medida, no es cuestión del médico sino de la sociedad. La ciencia médica puede tener la primera palabra en una pandemia, pero nunca la última, más allá de que varios periodistas presionan para que los médicos den menos evidencia y datos duros, y en su lugar opinen sobre restricciones y suspensión de derechos (y que no pocos médicos están encantados con este versión del “filósofo Rey” de Platón, hoy “epidemiólogo Rey”).

Se llama falacia naturalista o ley de Hume al mandamiento que establece que está prohibido pasar de una premisa descriptiva a una conclusión prescriptiva. Haciendo una interpretación blanda, podemos decir que no es que no se pueda pasar del ser al deber ser, sino que esta nueva relación “ha de ser observada y explicada”, como señala el escocés en su Tratado de Naturaleza Humana.
Si un epidemiólogo sostiene, por ejemplo, que a cierta tasa de contagio observable estima que se producirán cierta cantidad de muertes (descripción) y concluye que entonces es necesario realizar
una cuarentena intensiva (valoración), está dando un salto sin justificarlo.

Por ejemplo, ¿es el costo de evitar dichas muertes socialmente menos oneroso que el costo de realizar una cuarentena?

Puede que sí, puede que no. La ciencia no clausura el debate valorativo, lo abre. El médico cuando describe es un galeno, pero cuando opina sobre cómo balancear medidas sanitarias con otros valores (económicos, éticos o constitucionales, por ejemplo) hay que imaginarlo sin guardapolvos ni estetoscopio. Con derecho a opinar, claro, pero sin considerar su opinión como excluyente.

Su merecida autoridad se ciñe a los confines del plano descriptivo. En el plano valorativo, son sólo un
jugador más.

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