Suicidios, depresión, tristeza: el (otro) lado oscuro del confinamiento forzoso

El altísimo precio de perder la libertad

A principios de este 2020 infernal que estamos terminando de transitar, una enorme mayoría de la población mundial apoyó los confinamientos severos como estrategia en la lucha contra el coronavirus. Aquellos pocos países que, como Suecia, fueron contrarios a estos métodos fueron tratados de ingenuos, de irresponsables o de egoístas.


Tras ocho largos meses, el tiempo nos dio la razón a todos aquellos que cuestionábamos estas medidas de corte totalitario: los costos del encierro fueron inmensamente superiores a los que la sociedad tal vez inicialmente imaginó.

Entre ellos, en particular, las consecuencias en materia de salud mental: ansiedad, depresión, y suicidio, especialmente entre los más jóvenes.

A modo de ejemplo, estudios estadísticos realizados en los Estados Unidos evidencian que la mitad de la población de entre 18 y 24 años presenta síntomas de depresión moderada, y en algunos casos, severa. Y ocho estudios de gran alcance concluidos entre abril y octubre registran un preocupante incremento en la ideación suicida en ese mismo segmento etario. (ver fuentes)

En el mes de octubre la tasa de ideación suicida entre los jóvenes ascendía a un 36.9%. El centro de control y prevención de enfermedades (CDC) informó que un cuarto de la población de entre
18 y 24 años había contemplado la posibilidad de suicidarse durante el mes previo.

Estas son las consecuencias que muchos anticiparon pero los gobiernos se negaron tozudamente a evaluar. Y la prolongación de los lockdowns solo conducirá a deterioros aun mayores. Ya desconectados de sus pares en los ámbitos educativos y laborales, deben también lidiar con toques de queda a las diez de la noche y aforos máximos a la hora de socializar.

Los medios cargan las tintas sobre “la responsabilidad de los jóvenes de “cuidar a sus abuelos”. Ahora, ¿qué tal la inversa? ¿Por qué no preguntarles a los abuelos si prefieren minimizar su propio riesgo de contagio a costa de la salud mental de sus nietos? En definitiva, ello implicaría respetar las decisiones de todos y apelar a la responsabilidad individual. Tal vez uno de los principios más importantes en economía sea que, al tomar una decisión, se debe mirar no solo sus efectos inmediatos en una única área, sino todos los que le seguirán, y en las áreas más diversas, hasta donde se pueda imaginar.

Dejemos de mirar solamente el pretendido efecto positivo de los confinamientos en supuestas “vidas salvadas”, lo cual no deja de ser un argumento contrafáctico. Los efectos posteriores ya dejaron de pertenecer al futuro: los efectos posteriores ya están aquí.

Nuestros gobernantes han cometido el clásico error del mal economista. Y en este caso, el error es mortal.
Por eso, no podemos caer en la trampa simplista de “si se salen de control los contagios, todos a casa”. Debemos ser creativos para generar alternativas que no impliquen pisotear las libertades.

Fuentes

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