La derrota de Orban en Hungría y los resultados en Francia dan alivio a Europa, pero no frenan el avance de los extremismos. Ante las presidenciales francesas, las generales españolas y las federales alemanas, urge un diagnóstico honesto del malestar social y respuestas serias —no gasolina— a la inmigración y la globalización, sin diluir las líneas entre liberalismo y populismo.

La reciente derrota de Viktor Orban en Hungría significó un respiro en la Unión Europea, como sucedió en las municipales francesas por la victoria en las grandes ciudades de la izquierda moderada. Pero sería precipitado interpretar estos resultados como un cambio —un frenazo— en la tendencia de penetración en la opinión pública y avance electoral que experimenta el populismo y los extremismos en buena parte de Europa, España incluida y no solo, pero también, por los pactos del PP con Vox. Francia, con las presidenciales o las generales en España, ambas el próximo año, y las federales en Alemania dentro de tres años serán más que auténticos test. Representarán una prueba de hasta dónde corre riesgo de desmoronamiento el sistema de convivencia política y cívica, que marcaron las democracias liberales.
Los autoritarios en este mundo están ganando el juego, aseguraba el escritor y analista político norteamericano David Rieff. Lo formulaba en un número monográfico de Letras Libres, bajo una portada de ‘Planeta autoritario’. En enero de este año, la misma publicación dedicó un dosier al malestar en las sociedades liberales.
Estados Unidos con Trump se ha pasado al planeta autoritario: al ejercicio autoritario e imperialista. Uno de los países que fue referente de la democracia liberal para el mundo está sometido hoy a discusión. Tanto interna como externamente se cuestiona si merece o no tal calificativo. Unos interrogantes y una crítica que se formulan no solo desde posiciones de izquierda y del antiamericanismo crónico en algunos sectores.
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Hay una cuestión clave, señor director, ante lo que pueda suceder en España, pero también en Francia o Alemania. Habría que aclarar si quienes se declaran defensores de las democracias liberales trabajan o no por desactivar en las masas las creencias iliberales, xenófobas o ultranacionalistas, cada vez más instaladas. Convendría también aclarar el error, a veces por comodidad mental y con frecuencia interesado, de incluir en el liberalismo posiciones ultras y populistas que poco o nada tienen que ver con los valores que dieron estabilidad a las democracias liberales. Más bien son antiliberales. Si se tiene claro con la extrema izquierda, habría que aplicar el mismo criterio con la extrema derecha.
La tolerancia fue la única alternativa en Europa frente a las guerras de religión o las persecuciones por razones religiosas y por eso sitúan ahí algunos, en la Reforma, el arranque del liberalismo. España históricamente quedó a un lado.
No van por el fomento de la tolerancia los ultras actuales de ambos extremos. Incluso al nacionalismo económico que defienden los populismos se le cuestiona su encaje liberal. Estamos ante un fenómeno de reacción frente a la política, la cultura y el sistema de libertades que marcaron lo que se llamó Mundo Occidental. Frente a los excesos de la globalización. El cuestionamiento y los ataques no son únicamente por la derecha populista y nacionalista. Desde la izquierda hubo reacción tras la crisis de 2007, y las que siguieron. Ante una cura en falso que llevó a cabo el ‘Sistema’ de los males que desencadenaron las crisis, esos movimientos alternativos por la izquierda obtuvieron resonancia e incluso éxito electoral. Llegaron hasta el Gobierno de España, con un socialismo que olvidó frente a qué nació la socialdemocracia.

Ni la proclama de alarmas mitineras ni la difusión de consignas —píldoras— de descrédito en la estrategia partidista frente al oponente son respuesta a ese crecimiento del populismo que se alimenta del malestar en las sociedades liberales. ¿Cuáles son las causas de este malestar? Algo va mal, por apropiarme y resumir en un título de Tony Judt. La crisis actual exige alcanzar consensos en el diagnóstico sobre los desencadenantes del malestar. Sería tarea a impulsar por los diferentes poderes. Luego, lógicamente, las respuestas serán plurales y diferentes, pero no deberían incluir, se supone, convertirse en compañeros de viaje de quienes ven un enemigo en las democracias liberales.
Negar la existencia del problema —el malestar en la sociedad— equivale a cerrar los ojos a las transformaciones sociales: cuando los hechos cambian, vuelvo con títulos de Tony Judt, no vale regresar a soluciones que fracasaron.
En este contexto, insisto, señor director, habrá que examinar cuál es el comportamiento de los grupos o partidos que se suponen liberales en su credo político y cuál es el mensaje y pedagogía política que practican frente al fenómeno ultra que, lo admitan o no, les incluye en el origen de los males en la sociedad: derechita cobarde o socialdemócratas como establishment. El rechazo de portavoces políticos y opinadores en lo que se consideraba derecha liberal a las críticas que reciben desde la izquierda por los flirteos con los ultras, equivale una vez más a olvidar que la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero. El antisanchismo, sin más contenido, no es un programa alternativo.
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En el debate, si es tal, la derecha niega autoridad política y ética a la crítica desde izquierda. El argumento es un y tú más. No se justifica por los oídos sordos cuando le recuerdan a los socialistas su viaje en compañía del extremismo de izquierda y secesionista.
La cuestión actual de la regulación de los sin papeles es una muestra de que se diluyen, se borran, las líneas de diferenciación entre la derecha populista y ultranacionalista y la derecha liberal clásica. El pacto de PP y Vox en Extremadura que, según la información no desmentida, supondría negar a Caritas las subvenciones oficiales por la ayuda de esta organización católica a los inmigrantes, llama la atención y sorprende. Es tan escandaloso como lo puede ser la instrumentalización de la figura de Cristo por Trump para insultar al Papa. Los inmigrantes y los movimientos migratorios en general son una de las banderas, —con el euroescepticismo, el nacionalismo económico, la identidad—, que enarbola el populismo para explicar muchas de las carencias y del malestar en la ciudadanía, también por las listas de espera, y a las que no dan respuesta las formaciones y los gobiernos de las democracias liberales. Hay coincidencias
con el extremismo de izquierda.
La inmigración pide y exige respuestas más allá del buenismo político de unos o de la tarea de organizaciones confesionales y humanitarias. Sobre todo pide programa frente a la instrumentalización racista de quienes defienden nacionalismos étnicos. La diversidad étnica y cultural que llega como realidad imparable necesita políticas válidas de integración en la realidad social y cultural a la que llega el inmigrante para desactivar riesgos de conflicto social xenófobo y como respuesta a la alarma y los temores que siembra el populismo. Es un reto para España y para Europa. La respuesta de “inhumana, insegura e insostenible” como calificó el líder popular, Alberto Núñez Feijóo, la medida del Gobierno para ‘normalizar’, más que propuesta de alternativa positiva al problema de los sin papeles y a la integración de una mano de obra que se necesita, parece gasolina para que se produzca el incendio que algunos desearían para ver cumplidas sus profecías apocalípticas.



