¿Prohibir al que prohíbe garantiza la libertad? ¿O la cercena aún más?

Prohibamos, prohibamos, prohibamos.

Si algo tienen en común la extrema izquierda y la derecha radical es su recalcitrante autoritarismo.

Así pues, ambas tendencias procuran, en una especie de “cultura de la cancelación” a nivel partidario, eliminar de cuajo la simple existencia del partido que les resulta antipático.

¿Debate de ideas? No, gracias.

¿Libertad de expresión? Menos.

¿Libertad de asociación? Ni imaginarlo!

En esta tónica, Eslovaquia ha aprobado una ley que declara “organización criminal” al Partido Comunista y prohíbe la utilización pública de sus símbolos. Con ello se une a un coro de naciones que ya han adoptado análogas disposiciones.

Y en los últimos días, sobre todo a partir de una serie de muy desafortunadas frases de un grupo de militares retirados, algunos han empezado clamar por la proscripción del partido de ultraderecha español Vox.

¿Serán éstas medidas realmente efectivas para eliminar el peligro que un régimen autoritario implica? ¿Generarán tal vez un indeseado efecto secundario de simpatía hacia los “proscriptos”? Y quizás lo más importante: ¿son ellas compatibles con los principios rectores de la libertad de expresión, el derecho de asociación y el debate de ideas que caracterizan a las sociedades genuinamente libres? ¿No estaremos poniendo rumbo hacia un “neoautoritarismo” de sentido contrario?

Las resoluciones europeas

La Ley de Memoria Histórica dictada por el Parlamento europeo del 18 de septiembre de 2019 afirma que “deben mantenerse vivos los recuerdos del trágico pasado de Europa, con el fin de honrar la memoria de las víctimas, condenar a los autores y establecer las bases para una reconciliación basada en la verdad y la memoria”. Seguidamente subraya que la Segunda Guerra Mundial, fue “resultado directo del infame Tratado de no Agresión nazi-soviético de 23 de agosto de 1939, también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop y sus protocolos secretos, que permitieron a dos regímenes totalitarios, que compartían el objetivo de conquistar el mundo, repartirse Europa en dos zonas de influencia”. Y por último solicita a todos los Estados miembros marcar el 23 de agosto como Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo”.

En consonancia, pues, el parlamento eslovaco consideró que el partido que rigió los destinos de la República Socialista de Checoslovaquia entre 1948 y 1990 y su ramificación actual, el Partido Comunista de Eslovaquia serán tenidos por organizaciones criminales. Por lo tanto, se prohíbe la exhibición de sus símbolos, así como asignar a calles, plazas, o espacios públicos nombres de personajes representativos de dicha ideología.

La vecina República Checa tiene una norma análoga, vigente desde 1993. Otras naciones europeas que han seguido senderos similares, han sido las ex Repúblicas bálticas de Letonia y Lituania, quienes dictaron sus respectivas legislaciones prohibitivas en 1991. Entre las que lo hicieron más recientemente, Ucrania, en 2015.

¿Cómo lo justificamos?

En su liminar libro “Liberalismo”, Ludwig von Mises escribió: “sólo la tolerancia puede crear y mantener la paz social, sin la cual la humanidad recaería en la barbarie y en la penuria de los siglos pasados”.

A esa barbarie y penuria alude el premiado periodista Flemming Rose cuando dice: “En términos históricos, la tolerancia es una invención relativamente reciente.”

El proceso que condujo a la humanidad a comportamientos más respetuosos y tolerantes fue ciertamente largo y tortuoso.

Entre sus marchas y contramarchas se sumaron aportes como los de Voltaire, para quien la tolerancia es la consecuencia necesaria de constatar nuestra esencial falibilidad, y que perdonarnos nuestras mutuas insensateces es “primer principio” del derecho natural.

(Paradoja de paradojas, el “Tratado sobre la Tolerancia de Voltaire” de 1763, fue inmediatamente incluido por la Iglesia Católica en el Index de libros prohibidos)

Un siglo después de Voltaire, John Stuart Mill, por su parte, se enfocaba en los aspectos “utilitarios” de la tolerancia: el refinamiento en la precisión y el detalle que emerge de todo intercambio de ideas y la satisfacción que brinda poder efectuar las propias elecciones entre una amplia oferta de ideas disponibles.

Pero naturalmente, la cuestión no ha quedado zanjada. Primero, porque la tolerancia no es algo que a los humanos se nos dé de modo natural: baste observar el berrinche de cualquier infante ante la insatisfacción de un deseo para darnos cuenta de que no estamos innatamente preparados para la frustración.

Y segundo, porque el estudio de la historia reciente nos coloca frente al triunfo de regímenes totalitarios que han aplastado libertades en una escala que empequeñece ese primer ensayo de “solución final” que fue la masacre de los cátaros, llevada a cabo a iniciativa del papa Inocencio III con la colaboración de los muy católicos reyes Capetos en la Occitania del siglo XIII. 

La paradoja de la tolerancia.

Karl Popper, en su obra “La sociedad abierta y sus enemigos” expuso en 1945 lo que ha dado en llamarse “la paradoja de la tolerancia.” Consigna puntualmente el autor: “Si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes (…) Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley“.

Sin embargo, sostener que con esto se da sustento a legislaciones proscriptivas constituye una lectura recortada del auténtico pensamiento popperiano, del cual suelen omitirse estas otras citas, morigeradoras de aquella rotunda afirmación inicial: “Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, (lo hagan) mediante el uso de los puños o las armas“.

 
Ahora bien, si en pos de la defensa de una sociedad libre vamos a sacrificar las libertades de expresión y asociación, ¿no corren nuestras sociedades libres el riesgo de empezar a despeñarse por una pendiente que conduzca hacia un valle tan totalitario como el que estamos tratando de evitar?

En definitiva, el núcleo del problema no es la existencia de una plataforma política totalitaria, sino el hecho de que la gente la vote.

Argumenta al respecto Luis Ferrini que en una primera aproximación podría teorizarse que la gente vota autoritarismos porque no ha vivido bajo ellos, o bien es atraída por sus fantasías idealistas, o ha sido seducida por algún carismático gurú.

Sin embargo, hay otra idea que el autor encuentra más potente. Según Ferrini, así como en tanto individuos nuestra adquisición paulatina de libertades va de la mano con la asunción cada vez mayor de responsabilidades, existen también sociedades parcialmente responsables (que se corresponderían con los regímenes democráticos tradicionales) y sociedades plenamente responsables (asociadas con las propuestas libertarias).  Pero ese camino es “cuesta arriba”. Y las plataformas autoritarias, que proponen una vuelta idílica a la dependencia infantil, son en ese sentido mucho más atractivas.

Si a eso le sumamos, proscripción mediante, la irresistible “atracción por lo prohibido”, el efecto “boomerang” puede ser catastrófico.

Concedemos. Vox y su defensa de la tauromaquia, por tomar la que tal vez sea la más intrascendente de las 100 declaraciones de su plataforma, puede alterar ciertas sensibilidades.

Más aún, su invocación de la cultura “hispánica”, ya sea como base para delinear propuestas educativas o para pergeñar políticas anti-migratorias nos hace evocar de inmediato ese brillante texto de Alberto Benegas Lynch *(h) “Nacionalismo, cultura de la incultura” y su referencia a las culturas “alambradas”. 

El doble discurso de algunos conspicuos representantes de la derecha más recalcitrante de Europa Oriental nos subleva. El caso del eurodiputado húngaro cuyo discurso sobre la defensa de la familia tradicional y los valores cristianos colapsó estrepitosamente al encontrárselo tratando de escapar por un desagüe con éxtasis en su mochila cuando la policía se presentó en una fiesta de no menos de 20 hombres desnudos en Bruselas no puede sino generar consternación (y en todo caso cierta conmiseración por los efectos de la situación para su esposa, juez del máximo tribunal constitucional de Hungría). Se aclara: nada tenemos para decir sobre la orientación sexual del eurodiputado húngaro ni sobre su consumo de narcóticos o estupefacientes en la medida en que como actos privados no afecten derechos de terceros. Lo que señalamos es, en todo caso, el doble discurso donde se pretende imponer a una sociedad, desde el poder, valores y conductas que ni siquiera se sostienen en la propia.  

Pero insistimos, de allí a pretender proscribir y acallar hay una distancia. Más que una distancia: hay un abismo.

No. No se trata de prohibir. No se trata de acallar a aquellos con quienes discrepamos, aun cuando nuestras ideas estén en las antípodas.

Al contrario, se trata de estimularnos a discutir, a debatir. Se trata de asumir la defensa de nuestras ideas, de aprender a argumentar y a persuadir. Porque es el disenso, y no el consenso, la nota sobresaliente de la sociedad abierta.

Algunos llamarán a esto ingenuidad. Otros, batalla de ideas.

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