El arzobispo de Buenos Aires llamó a la dirigencia a abandonar la confrontación y apostar al diálogo y la reconciliación. El Presidente evitó la respuesta agresiva habitual, valoró el mensaje y optó por gestos de unidad en el 25 de Mayo. La moderación durará lo que resista su estilo.

Por Pablo Sirvén. La homilía del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, dejó una consigna incómoda para toda la dirigencia política: bajar el tono, abandonar la lógica de la confrontación permanente y animarse al diálogo, al encuentro y a la reconciliación. Fue un mensaje general, dirigido a la clase dirigente en su conjunto, pero con un destinatario: Javier Milei.
La primera reacción del Presidente, al menos por ahora, fue la de hacer buena letra. No hubo estallido en redes sociales, ese territorio donde suele encenderse la hoguera política y donde sus palabras alcanzan con frecuencia varios metros de altura. Por el contrario, Milei se mostró tranquilo en Instagram y en X, reposteó escenas de su contacto con la gente, saludos en Plaza de Mayo y dentro de la Catedral, y repitió varias veces una imagen que pareció impactarlo: el saludo a un granadero montado a caballo.
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También habló en una entrevista radial y evitó la confrontación. “No tengo nada de qué quejarme”, dijo sobre la homilía. Incluso valoró que una autoridad religiosa intente abrir un diálogo y mediar en medio de la tensión política. No es un dato menor. En la Casa Rosada leyeron el mensaje de García Cuerva como crítico, sí, pero también como componedor. Y, por ahora, la decisión parece ser no pelearse con la Iglesia.
Hay una razón política evidente. Está en danza la posibilidad de una visita del Papa León XIV, y sería una torpeza abrir un conflicto con el Vaticano justo cuando esa posibilidad empieza a tomar forma. Hubo ya algún cortocircuito diplomático por el apuro del canciller Gerardo Werthein al referirse al tema, y la presencia de Sandra Pettovello ante el Papa puede leerse también como un gesto para recomponer o cuidar ese vínculo.

La homilía fue interpretada por muchos como un mensaje duro hacia el Gobierno. Sin embargo, el tono de García Cuerva fue más bien moderado y genérico. Habló contra la división, la polarización y la violencia verbal. No apuntó exclusivamente contra Milei, aunque es evidente que el Presidente se sintió aludido, especialmente en la referencia a las redes sociales. Allí está una de las grandes espadas de La Libertad Avanza y también una de las zonas más sensibles del estilo presidencial.
Milei intentó responder con gestos. Se abrazó con Jorge Macri, a quien un año atrás había dejado sin saludo. Caminó hacia la Catedral rodeado por sectores enfrentados de su propio oficialismo. Buscó mostrar recompuesto el famoso “triángulo de hierro” con Karina Milei y Santiago Caputo, aunque también dejó lugar para Martín Menem, otro vértice de la interna libertaria. En el balcón de la Rosada, además, invitó a Patricia Bullrich a sumarse al saludo, después de días de cortocircuitos por la declaración jurada de Manuel Adorni y las versiones sobre una eventual candidatura de la ministra.
Fue una escenografía cuidadosamente política. Abrazos, fotos, saludos y señales de unidad en un oficialismo atravesado por disputas internas. Milei pareció comprender que el 25 de Mayo no admitía otra postal que la de la concordia, aunque sea provisoria.
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El Presidente tiene una relación intensa, casi constitutiva, con la confrontación. Su liderazgo se alimentó del choque, de la denuncia contra la “casta”, de la polarización y de una comunicación sin filtros. Pero gobernar exige otra musculatura: administrar tensiones, contener impulsos y elegir cuándo conviene callar.
García Cuerva “dejó una tarea para el hogar”. Vale para todos, pero golpea especialmente en la puerta de la Casa Rosada: dejar de alimentar la división y construir una dirigencia capaz de dialogar. Milei, por ahora, parece haber tomado nota. La duda es cuánto durará esa disciplina. En su caso, la moderación no se mide en semanas ni en meses: se mide minuto a minuto, tuit a tuit.


