Mientras el Gobierno avanza con un ajuste estructural inédito en medio de un contexto internacional cada vez más hostil, la clase media soporta el mayor costo sin ver alivio inmediato. A esto se suma la brecha entre el discurso de superioridad moral y ciertas prácticas de gestión, simbolizadas en figuras como Manuel Adorni. ¿Tiene Milei la inteligencia política para sostener el ajuste sin quebrar el pacto social?

Por Julio Iglesias. Por momentos, el gobierno de Javier Milei parece estar ejecutando una cirugía mayor en medio de un terremoto. Y no es una metáfora exagerada: mientras intenta ordenar una economía que venía estructuralmente deformada, el contexto internacional empieza a jugar un partido mucho más áspero de lo previsto.
La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un dato lejano. Impacta en precios energéticos, expectativas globales y flujos financieros. En paralelo, los movimientos políticos en Europa del Este, con elecciones clave como las de Hungría, reconfiguran alianzas, tensiones ideológicas y mercados. Traducido al llano: menos margen, más volatilidad, menos paciencia internacional.
Y en ese escenario, Argentina intenta algo que no hacía desde hace décadas: ordenar las cuentas en serio.
[@divoskus: “El debate dejó de ser sobre el kirchnerismo, es Milei sí o Milei no”]
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El consultor político y autor de su último libro, “Gobernicar” analiza la caída de aprobación del Gobierno (de 49% a 34-35 puntos), el desgaste del discurso anti-casta y asegura que la nueva… pic.twitter.com/mVwnJzqk2N
Ahora bien, seamos claros: la economía no “se está acomodando” de manera inocua. Se está acomodando con dolor. Y ese dolor tiene nombre y apellido: clase media. No los sectores más vulnerables, que reciben contención directa, ni los sectores más altos, que “tienen espalda”, sino ese núcleo que trabaja, paga impuestos, ahorra cuando puede y ahora siente que todo le cuesta más mientras ve poco alivio inmediato.
Ese es el punto crítico que el oficialismo parece subestimar.
El programa económico puede tener coherencia técnica. El déficit se reduce, la inflación desacelera, los precios relativos empiezan a ordenarse. Pero el proceso es políticamente riesgoso porque exige tiempo… y la clase media no vive en el largo plazo: vive en la factura de luz, en el alquiler y en el supermercado.

Ahí es donde el gobierno entra en su zona más vulnerable: la brecha entre la lógica económica y la percepción social. Y como si eso no fuera suficiente, aparece otro problema: la inconsistencia entre el discurso moral y ciertos episodios de gestión. Un gobierno que hizo de la superioridad ética una bandera no puede permitirse zonas grises sin pagar un costo más alto que cualquier otro. No alcanza con “ser mejor que los anteriores”. Prometieron ser distintos.
Y en ese punto aparece una figura incómoda: Manuel Adorni. No tanto por lo que dice, que muchas veces cumple su rol, sino por lo que representa. Adorni empieza a parecerse demasiado a ese adorno incómodo que nadie sabe dónde poner: ocupa espacio, no termina de encajar, pero nadie se anima a sacarlo porque tiene valor simbólico dentro del círculo de poder.
Es el típico objeto que no suma funcionalidad, pero que se conserva por afecto o por lealtad interna. Y en política, eso es un problema. Porque el Estado no es una repisa familiar: es una estructura que necesita precisión, no sentimentalismo.
[Del subsidio eterno al capital humano: Milei cambia la lógica de los planes sociales] por @edzablotsky
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El Gobierno reemplazará desde mayo los planes de $78.000 para cerca de 900 mil beneficiarios por vouchers de capacitación laboral.
Una política social que, por primera vez… pic.twitter.com/NqbHLb64Bj
El riesgo, entonces, no es solo económico. Es estratégico. Milei enfrenta tres frentes simultáneos:
- Un contexto internacional que puede complicar su programa.
- Una sociedad que empieza a sentir el costo del ajuste sin ver aún los beneficios.
- Una tensión interna entre el relato moral y ciertas prácticas de poder.
Si no logra alinear esas tres dimensiones, el proyecto puede perder legitimidad antes de mostrar resultados.
Pero también hay que decirlo sin rodeos: lo que está intentando hacer no es menor. Está corrigiendo distorsiones profundas que ningún gobierno anterior quiso, o pudo, enfrentar. Y eso, inevitablemente, tiene una fase incómoda.

La pregunta no es si el ajuste es duro. Eso ya es evidente. La pregunta es si el gobierno tiene la inteligencia política para atravesarlo sin romper el contrato social que lo llevó al poder.
Porque una cosa es ordenar la economía.
Otra, muy distinta, es sostener el poder mientras lo hacés.



