La revolución americana: así nació la república y evolucionó la libertad

Las Revoluciones de las Ideas. 2: La Revolución Americana

Como se estudió previamente, las Revoluciones de las Ideas son aquellas donde los acontecimientos se suceden de acuerdo a la firme guía de concepciones filosóficas e intelectuales, sin obedecer a impulsos irreflexivos de turbas o al mero deseo violento de un liderazgo manipulador al cual -aparentando o no ideales- le interesa prioritariamente el ejercicio del poder.  

En este tipo de revoluciones, el protagonismo lo tienen las ideas: las abstracciones que remiten a valores éticos, reflexiones filosóficas y posiciones políticas, sin caer en personalismos mesiánicos o vacuos simbolismos esgrimidos más como excusas que como sincero convencimiento. 

El primer ejemplo abordado fue la Revolución Gloriosa de 1688 acontecida en Inglaterra, la cual constituyó un hito político de gran impacto. Debido a su empeño en la abolición de arbitrariedades que manchaban el sistema, la consecución de un cierto equilibrio institucional en cuanto al ejercicio del poder político, y la saludable garantía de derechos individuales para la ciudadanía, la Revolución Gloriosa se anotó el mérito de producir un clima correcto para la estabilidad política, la vida civil pacífica, la libertad religiosa y el crecimiento económico.

Así, se convirtió en un faro cuya luz iluminó el camino de la siguiente revolución, surgida en las Colonias norteamericanas y -esta vez- en oposición a la política de la Corona británica en el Continente.

Entonces, el segundo exponente de las Revoluciones de las Ideas es la Revolución Americana, un alzamiento traducido no solamente en enfrentamientos contra las fuerzas británicas, sino en la exposición de sólidas posiciones intelectuales; y que contó no solamente con el liderazgo militar de George Washington, sino con las exposiciones magistrales de las plumas de Thomas Jefferson y Thomas Paine entre otros.

La Revolución Americana, en los hechos, consistió en la oposición rebelde de los colonos norteamericanos a las medidas adoptadas hacia ellos por Inglaterra, la cual -queriendo aumentar la recaudación de fondos para sostener su política imperial-, se extralimitó de lo considerado normal hasta el momento, hostigando de tal forma a las Trece Colonias con tributaciones, gravámenes y regulaciones que afectaban los derechos, las propiedades y el comercio.

Las nuevas normativas de la Corona se consideraron impropias y abusivas por parte de los colonos, y las relaciones de cordialidad y entendimiento con la metrópoli entraron en un estado de tensión, a partir del cual se averiaron, y con el correr del tiempo y de más reglas abusivas, terminaron por despertar el ánimo independentista de los norteamericanos.  

Al principio, los colonos no se mostraban en la faceta de independentistas. Más bien pretendían conciliar y normalizar sus relaciones con la metrópoli. Lo que sí demandaban era el regreso al statu quo sin atropellos.

Cristián Guerrero Yoacham indica las reacciones suscitadas en las legislaturas coloniales, críticas del proceder inglés:

Estas resoluciones sentaron la tesis, igualmente, de solicitar el debido respeto, por parte de la Corona y el Parlamento, a la autonomía colonial. Fue también en estas resoluciones donde comenzó a formularse pública y sistemáticamente las teorías constitucionales norteamericanas, productos de la experiencia y de la realidad vivida.

En general, la argumentación de las Legislaturas era muy simple: los ingleses que fundaron las colonias trajeron al Nuevo Mundo los derechos propios y naturales de los súbditos británicos, entre los cuales estaban el de ser gobernados y en particular, ser gravados con impuestos, única y exclusivamente por sus representantes. Por ello, no podían acatar la legislación del Parlamento, el cual representaba única y exclusivamente a los ciudadanos ingleses de la Gran Bretaña y no de las colonias, puesto que no había representantes coloniales ni en la Cámara de los Comunes ni menos en la Cámara de los Lores; en consecuencia, las colonias no estaban bajo la jurisdicción del Parlamento y las únicas asambleas que podían fijarles impuestos eran las Legislaturas Coloniales”.[1]

A partir del clima caldeado, las agitaciones y el endurecimiento británico, los colonos organizaron la discusión política en el formato de congresos.

Comenzado en 1774, el Primer Congreso Continental “tomó la posición de que los americanos poseían los inalienables derechos a la “vida, libertad y propiedad”, y todos los demás derechos heredados y constitucionales de los ingleses”.[2] En cuanto a Inglaterra, esta debía reconocer que “cada sociedad colonial, era soberana dentro de sus propios límites y que el Imperio Inglés era una federación de colonias soberanas, unidas por su nacionalidad común, por un monarca común y la administración de los intereses intercoloniales e intercontinentales comunes”.[3]

En consonancia, el reconocimiento de autonomía continuó en el centro de las demandas. Como respuesta, Inglaterra se mantuvo intransigente en su posición. La falta de acuerdo llevó a enfrentamientos violentos entre norteamericanos y soldados británicos, persecuciones de locales rebeldes a locales partidarios de la Corona, incautación de armas destinadas al alzamiento, detenciones, y confiscaciones de mercadería.

En 1775, el Segundo Congreso Continental mantuvo las quejas de las Colonias y, aún sin proclamar la salida del imperio, tomó determinaciones de cara a equipar fuerzas armadas para el conflicto bélico. Siguiendo el lineamiento, se aprobó una declaración escrita por Thomas Jefferson que “no manifestó por ahora la idea de independencia, pero señaló claramente que los americanos estaban prontos a morir antes que a vivir como esclavos”.[4] 

Al año siguiente, en enero de 1776, con las hostilidades en ebullición, comenzó a circular Common Sense (Sentido Común), un escrito de Thomas Paine -quien había nacido en Gran Bretaña, pero residía en las Colonias y se oponía a la política continental de la Corona-. En dicho panfleto, que se manifestaba explícitamente en favor de la independencia y denostaba a la metrópoli, Paine argumentó que la separación de Inglaterra traería paz, prosperidad y felicidad a los americanos, y que el interés de América debía enfocarse en la constitución de un gobierno republicano propio, el desarrollo del continente en calidad de hombres libres, la dirección del libre comercio, y las relaciones amistosas comerciales con los demás países.

Sumado a las circunstancias que rodearon su publicación, el fervor del escrito de Paine contribuyó a volcar definitivamente el ánimo público mayoritario hacia la posición independentista. Explica Guerrero Yoacham:

“Hasta la publicación del folleto de Paine, la idea de Independencia había sido sostenida solamente por los radicales más extremistas. Las acciones bélicas, la impopularidad de las medidas británicas y el Sentido Común, le dieron un cauce más amplio al concepto de que había de llegar el momento en que las relaciones entre las colonias y la Metrópoli debían cortarse, y la idea de Independencia se hizo entonces popular”.[5]

Confirmando la tendencia, el Congreso Continental se abocó expresamente al objetivo de la independencia, la cual se declararía durante el célebre 4 de julio de 1776. Las colonias se manifestaron libres del yugo británico, y desde allí emprenderían libremente y por cuenta propia el ansiado desarrollo del continente.

Como conclusión sobre este episodio, ha de decirse que la Revolución Americana, más los documentos jurídicos, las declaraciones políticas y los textos filosóficos que la rodearon, dieron soporte firme a las concepciones intelectuales heredadas de Inglaterra (y que supieron utilizar en su contra cuando esta se tornó irrespetuosa para con las Colonias), y de manera inédita presentaron al mundo el caso de un nuevo país nacido sobre la base de una perfeccionada filosofía, orientada sabiamente hacia el individuo como ser libre.

La consagración de la independencia ante la tiranía, el origen popular del gobierno, los legítimos poderes de una república constitucional, los derechos inalienables de personas creadas como iguales, y el paso definitivo de ser súbditos a ser ciudadanos constitucionalmente protegidos, dejó en la profundidad de sus huellas la senda a seguir para naciones e individuos que quisieran ser libres y vivir como libres.

No se olvida que a Estados Unidos todavía le tocaba seguir padeciendo los dañinos efectos de la Guerra Civil y el esclavismo; mas un paso sin retorno se había dado de cara a la subsanación de perjuicios en el orden nacional y la proclamación definitiva de la libertad de todos los individuos, procesos que continuarían hasta la finalización del choque interno y la abolición oficial de toda forma de esclavitud.  

Como conclusión sobre ambas experiencias revolucionarias, ha de expresarse que tanto la Revolución Gloriosa como su amiga intelectual la Revolución Americana, además de registrar cronológicamente la historia, sirven como parámetro para evaluar la evolución de las ideas y sus efectos en los acontecimientos políticos de las sociedades que las cobijan. La primera significó el paso de una monarquía más dura (absoluta) a una monarquía moderada (parlamentaria). La segunda se tradujo en la independencia respecto de la monarquía y el nacimiento de la república constitucional.

Ambas sirvieron para la reivindicación y popularización de los derechos: los derechos del pueblo como tal considerado, y los derechos de las personas individualmente consideradas.


[1] Guerrero Yoacham, Cristián; Las Causas de la Revolución Norteamericana y de la Declaración de Independencia. En: Sánchez G., Walter; Guerrero Y., Cristián (ed.); La Revolución Norteamericana, auge y perspectivas, Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1979

[2] Ibídem

[3] Ibídem

[4] Ibídem

[5] Ibídem

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