La Revolución Gloriosa: los gritos de libertad que escuchó el mundo

Las Revoluciones de las Ideas. 1: Revolución Gloriosa

La Modernidad presenció dos acontecimientos que son grandes responsables del devenir del gobierno limitado y los derechos individuales en el mundo occidental: la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra, y la Revolución Americana que desembocó en la independencia de los Estados Unidos en 1776.

El término “Revolución” se apadrina con cambios, y estas revoluciones trajeron aparejadas renovaciones. Aun así, no son del tipo de revolución que se acostumbró a alentar en el siglo XX, conducentes a estados dictatoriales o totalitarios, como la Revolución Cubana o la Revolución Islámica de Irán.

En la Revolución Gloriosa y la Revolución Americana no se impusieron cambios pagando cualquier precio, ni se recurrió a la violencia sin medida de las turbas. En estos dos acontecimientos revolucionarios, el protagonismo principal fue reservado a las ideas -a cuyo amparo se tejieron las reformas-, y específicamente, a ideas de libertad.

Los efectos revolucionarios en términos de limitación del poder y reconocimiento de derechos individuales no fueron más que coherentes derivaciones de sus premisas fundamentales.

Por todo ello, el examen de ambas revoluciones resulta ser muy importante si el objetivo es la comprensión de las estructuras institucionales que empezaron formateando Inglaterra y Estados Unidos y luego desparramaron la influencia anglosajona y norteamericana por otras tierras del mundo civilizado.

En contemplación del orden temporal -y la evolución intelectual- de los episodios, se abordará en primer lugar a la Revolución Gloriosa, y luego se procederá a hacer lo propio con la Revolución Americana.

La Enciclopedia de Historia de Grudemi sintetiza la trama de la Revolución Gloriosa en estos términos:

“La Revolución fue propiciada por el Parlamento inglés, que veía con gran preocupación los intentos absolutistas del rey [Jacobo II] y sus intentos de re implantar el catolicismo en una sociedad mayoritariamente protestante.

(…) Supuso el fin de la monarquía absolutista y la consagración de la monarquía parlamentaria [asumiendo el poder monárquico María II y su esposo Guillermo III de Orange].”[1]

La Revolución Gloriosa fue mayoritariamente pacífica, y si bien cierta violencia fue ejercida -principalmente en Irlanda y Escocia-, resulta claro que ésta no fue el móvil determinante ni el medio predilecto. El proceder pacífico se congració con los ideales sostenidos: se buscaba delimitar la acción política y para ello no se recurrió a la acción política ilimitada; se buscaba protección para los derechos individuales y para ello no se arengó a la abolición de los derechos. Al contrario, se tejieron acuerdos políticos estratégicos de equilibrio, se propulsaron actas de garantías jurídicas, y se extendieron libertades civiles.

El espíritu de la Revolución no se manchó por un violento e irreverente deseo completamente refundacional de cortar todo lazo con el pasado (lo que sí se intentó en la Revolución Francesa); tampoco por la instigación a eliminar físicamente la percibida oposición al nuevo orden (lo que sí sucedió en Europa ya comenzado el siglo XX). En cambio, la Gloriosa pretendió abandonar viejas malas prácticas de la política, y respetar visiones ya existentes que nutrían su nuevo proyecto de libertad civil y tolerancia religiosa.

George Macaulay Trevelyan describe el modo en que se buscó la estabilidad en la combinación entre lo conservado y lo nuevo:

“Whigs y tories, habiéndose levantado juntos en rebelión contra Jacobo, aprovecharon el fugaz momento de su unión para establecer una forma a la vez antigua y nueva de gobierno, que en la historia se conoce con el nombre de Ordenamiento de la Revolución. Bajo este Ordenamiento, Inglaterra ha vivido en paz consigo misma hasta el presente. (…)

La expulsión de Jacobo fue un acto revolucionario; y, sin embargo, el espíritu de esta extraña Revolución era opuesto a todo intento revolucionario. No quiso destruir las leyes, sino confirmarlas contra un rey que las vulneraba. No quiso obligar al pueblo a someterse a un patrón en lo político y lo religioso, sino darle la libertad bajo la ley y por la ley. Fue al mismo tiempo liberal y conservadora; la mayor parte de las revoluciones no son una cosa ni otra, sino que primero destruyen la ley y después imponen un modo único de pensar. En nuestra Revolución los dos grandes partidos, así en la iglesia como en el estado, se unieron para defender las leyes y la tierra misma de la destrucción con que las amenazaba Jacobo; habiendo procedido así, y habiendo de ese modo llegado a ser solidariamente dueños de la situación en febrero de 1689, ni el partido whig ni el partido tory estaban dispuestos a permitir que sus afiliados estuviesen por más tiempo sujetos a persecuciones, ya procedieran del poder real o del otro partido. En tales condiciones, la nota dominante del Ordenamiento de la Revolución fue la libertad personal bajo la ley, lo mismo en religión que en política.”[2]

La visión de contención política y tolerancia ciudadana que recorrió el ideario revolucionario, acorde a los estudios de Trevelyan, tendió por un lado al equilibrio de fuerzas y distribución de poder, y por otro al aseguramiento de libertades individuales, incluso en la faz práctica, cuando no en la ley. De lo primero: aún como fuente de la autoridad ejecutiva, el Rey fue sometido a la ley; la interpretación de esta reposó en el criterio independiente de jueces inamovibles; y su modificación quedó en la decisión del Parlamento. De lo segundo: se abolió la censura y se reforzó la libertad de opinión; se rechazó la obligación de que los súbditos del Estado debían serlo también de la Iglesia del Estado; se reconoció libertad religiosa (pero no igualdad política completa) para protestantes disidentes, y fácticamente (pero no jurídicamente) se extendió a católicos romanos.[3]     

Como suele suceder en emprendimientos humanos donde participan distintas fuerzas, hay ideas nuevas en gestación y otras ya evolucionadas, y yace una mixtura en el corazón de la gesta, ciertos resultados disvaliosos aparecen al lado de las bondades. En palabras de Trevelyan: 

La Revolución hizo tanto por los elementos legales, mercantiles y populares de nuestra vida nacional, como por los aristocráticos. El peor resultado permanente de la Revolución no fue el aumento de poder de la aristocracia, sino el excesivo conservadurismo que se prolongó a través de todo el siglo XVIII. El resultado de la reacción contra las innovaciones de Jacobo II fue acentuar el deseo, en los años que siguieron, de perpetuar las instituciones en la misma forma que entonces tenían”.[4]

Para provecho de su monarquía y del catolicismo, Jacobo “había reformado las corporaciones municipales, invadido la libertad de las universidades y de la iglesia e intentado anular la Cámara de los Comunes”.[5] La Revolución no se animó, no supo, o no quiso, dar marcha atrás respecto de ciertos elementos que dejó el absolutismo proyectados en municipalidades, universidades, iglesias y Parlamento, y allí triunfaron los elementos conservadores. Lo cual, para fortuna de toda la empresa revolucionaria, no evaporó los otros elementos liberales que le sirvieron de sostén.

Como último punto, se plantea una discusión entre historiadores acerca del carácter de la Revolución Gloriosa en lo referido a la participación del pueblo: ¿Fue una Revolución popular?

La Enciclopedia de Grudemi menciona a quienes dicen que no lo fue: “Para algunos autores fue más un golpe de Estado que una auténtica revolución, ya que se originó en una conspiración de los nobles del Parlamento, con muy poca participación de la mayoría del pueblo”.[6]

Trevelyan se para en la vereda de enfrente:

La Revolución ha sido tildada de aristocrática. En realidad, fue llevada a cabo por toda la nación, por la unión de todas las clases; pero en una sociedad todavía principalmente agrícola, cuya estructura económica y social hacía de los grandes terratenientes los jefes naturales y aceptados de la población campesina, nobles e hidalgos (squires), como los tories Danby y Seymour y los whigs Devonshire y Shrewsbury tomaron la dirección cuando hubo que improvisar la resistencia contra el gobierno. Verdaderamente, la nación no conocía otros jefes que pudieran guiarla en semejantes circunstancias.[7]

Más allá de la discrepancia entre los estudiosos del tema sobre la activa, escaza o nula participación del pueblo, cabe preguntarse sobre “lo popular”, no siempre bien definido.

Si por popular se toma en cuenta meramente la participación de la gente, entonces a un acontecimiento donde participe todo, la mayoría, o una sustanciosa parte del pueblo, podría caberle el rótulo de popular.

Si, en cambio, por popular solamente se considera la participación de personas de clase baja, estamentos del “pueblo llano”, o sectores carenciados, que se asocian directamente al “pueblo” y se generalizan como encarnadores de este, en contraposición a sectores aristocráticos, privilegiados, o simplemente económicamente pudientes que quedan excluidos de la referencia, entonces “lo popular” será una representación parcial de la totalidad que compone al pueblo.

Ahora bien, si se muda de criterio y no se toma en cuenta el nivel de participación sino los destinatarios o beneficiados de los objetivos del proyecto, entonces la visión puede cambiar. “Lo popular” puede ser lo que impacta de lleno en el pueblo, por caso positivamente, y considerado a este en toda su extensión sin asimilarlo a sector determinado. En este último caso, la Revolución Gloriosa, independientemente de su conducción, podría ser considerada como una Revolución popular, por limitar considerablemente al gobierno de cara a todos y por proteger derechos reconocidos a todos.

A modo de conclusión, ha de ponderarse la visión intelectual que implementó la Revolución Gloriosa y las consecuencias jurídico-políticas que generó. Las ideas de la libertad fueron esparcidas y sus beneficios disfrutados por la nación inglesa. Se eliminaron arbitrariedades del sistema, se logró cierto equilibrio de poder, y se reconocieron derechos individuales. Todo ello generó un clima propicio para la estabilidad política, la vida civil pacífica, la libertad religiosa y el crecimiento económico.

A los incrédulos les explica que grandes resultados pueden conseguirse sin transformarse en lo que uno decide combatir, y sin recurrir a cúpulas que engañan masas para direccionarlas por un sendero violento con la excusa de reivindicaciones populares.

Y a los personalistas les demuestra que cuando se habla de ella, generalmente se lo hace aludiendo al acontecimiento “Revolución Gloriosa” sin reducirla al liderazgo de un rebelde devenido en dictador, o al rostro de un supuesto mártir convertido en símbolo por violadores seriales de derechos y partidarios del estado omnímodo.          

Por algo la energía de sus premisas se revitaliza en obras como las de John Locke, piezas fundantes del Liberalismo Clásico, y no en manifiestos revolucionarios de hacedores de dictaduras.


[1] Revolución Gloriosa (2019). Recuperado de Enciclopedia de Historia (https://enciclopediadehistoria.com/revolucion-gloriosa/).

[2] Trevelyan, George Macaulay; La Revolucion inglesa: 1688-1689, traducción de Florentino M. Torner, Fondo de Cultura Económica, México, 1951

[3] Ibídem

[4] Ibídem

[5] Ibídem

[6] Revolución Gloriosa; op. cit.

[7] Trevelyan; op. cit.

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