¿La “pasión” o un “contrato social”?: el dilema de Hayek que ordena la sociedad

Para entender la política de hoy hay que analizar los pensadores de ayer. ¿Por qué? Porque las ideas apoyadas en sustento científico maduran pero no cambian. Por eso los liberales de hoy pueden citar a Hayek como éste citaba a los pensadores griegos: hay vigencia en la historia que convalida los enunciados de un autor que nació en 1899.

Una de las teorías que explican el fenómeno social y los ciclos económicos es la escocesa, la del orden espontáneo. La otra, la francesa, sostiene exactamente lo opuesto: que el orden social es cognoscible y por lo tanto, planificable.

En esa cornisa caminan y equilibran hoy las ideas desarrolladas por Hayek y otros precursores de la Escuela Austríaca de Economía. Y sobre esos tópicos disertará Walter Castro, convocado por UCEMA

Esa sociedad según la Ilustración escocesa brota de lo que Adam Smith y otros llamaron simpatía: la gente se acerca a los demás buscando su relación y aprobación. Simpatía no es afecto, sino ponerse en el lugar del otro, moderando así nuestras pasiones. Los franceses, en cambio, pensaban que el cemento de la sociedad no es el sentimiento moral sino el Contrato Social.

El debate promete ser apasionante, más con la coordinación del filósofo Gabriel Zanotti, quien será el encargado de moderar y avivar las diferencias que condimentan y mejoran el debate.

Los escoceses creían que la moral es lo que modera la conducta mediante juicios reflexivos; el hombre tiende a juzgar lo que sucede a su alrededor, y el juicio de los imparciales es el sentimiento moral. Las normas perduran si resuelven problemas, si permiten que la sociedad evolucione porque contienen las pasiones antisociales.

Para los franceses la moral es utilitaria y constructivista, no evolutiva: el resultado es lo que cuenta, no el proceso. Hay reglas externas a la evolución de la justicia (tipo Rawls), y podemos definirlas.

Los escoceses pasan de la moral y la justicia al mercado, que no funciona sin justicia, y que no depende de la benevolencia. El papel de la razón no es oponerse al sentimiento sino reforzarlo en un proceso de adaptación: eso es la civilización. En dicho proceso la razón es un instrumento, pero con limitaciones, y por eso Adam Smith previene contra el man of system que pretende reorganizar la sociedad como quien dispone las piezas en un tablero de ajedrez. Para los ilustrados galos la pretensión del conocimiento es mucho mayor, y se puede actuar sobre el mercado para lograr óptimos cognoscibles.

El impacto político de todo esto es evidente: la Ilustración escocesa es reacia al intervencionismo en órdenes complejos, y llama a la mesura; si hay que hacer cambios constitucionales, deberán buscarse reglas, y no resultados; debe haber pocas leyes, y claras. La Ilustración francesa, en cambio, abogó por muchos controles y muchas leyes; pero no por los controles internos para moderar las pasiones. Una fue plural y otra colectivista. Para los escoceses, en efecto, no hay fines colectivos sino personales: la sociedad no tiene fines y por tanto no debe tenerlos el Estado.

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