La falsa libertad que promueve el sentimentalismo político

La falsa libertad

Vivimos en una era donde las emociones le ganan a la razón, donde los sentimentalismos hacen más peso en las decisiones importantes y se impone un pluralismo selectivo en función de la “empatía”. Una parte considerable de la sociedad ha sucumbido ante esta tergiversación de “ponerse en el lugar del otro”, llegando a extremismos ridículos en el que tener consideración es imponer el silencio y controlar a los denominados “odiadores seriales”.

Nuevamente, nos enfrentamos a una sociedad polarizada: los buenos contra los malos, los opresores contra los oprimidos. Y además, el opresor, tiene ideología, partido político y nombre propio. Quizás, muchas de las personas que levantan como bandera estas creencias lo hacen con buenas intenciones y con el objetivo de lograr “un mundo más justo”.


Pero, ¿qué es un mundo más justo?¿es, acaso, una sociedad donde olvidamos la igualdad ante la ley para “igualarnos” en un entorno donde somos naturalmente diferentes?¿se trata de silenciar a los “malos” e imponer una determinada gama de valores, que un grupo de personas considera correcto?¿de imponer una ideología o creencia en las esferas de poder?¿no sería, en todo caso, mucho más fructífero fomentar una libertad real que abrace a todos los individuos?

Podemos hacernos muchas preguntas como las del párrafo anterior.

Podemos y debemos cuestionarnos, como miembros de una sociedad, qué es la libertad y qué implica respetarla.

Porque si la libertad fuera desconsiderada, el totalitarismo sería empático; si la igualdad ante la ley fuera en contra del pluralismo, la monotonía sería la clave de la diversidad; si la censura nos hiciese libres, el silencio sería el eje de nuestros debates. La falsa libertad del sentimentalismo político no sólo es hipócrita, es inviable.

Más allá de la crítica, es necesario defender el derecho natural de cada individuo a vivir y actuar acorde a su criterio, sus valores, sus principios, sus creencias, etc.

Es preciso defender la libertad y levantar la voz frente a aquellos que pretenden arrebatarla.

No podemos quedarnos de brazos cruzados a esperar que venga alguien a salvarnos, y mucho menos podemos permitir que avancen por sobre nuestras libertades solo por el miedo a un enfrentamiento. Este debate es una lucha de ideas, es una batalla de valores y es una cuestión cultural.

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