Formosa, abuso de poder y las reglas no escritas

“Pediré al Congreso el único instrumento que queda para enfrentarse a la crisis: un amplio poder ejecutivo para librar una batalla, equivalente al que se me concedería si estuviéramos siendo invadidos por un enemigo”.

Estas fueron las palabras inaugurales de Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión por la que atravesaba Estados Unidos, tras la crisis financiera mundial que  tuvo efectos devastadores en casi todos los países – ricos y pobres – donde la inseguridad y la miseria se transmitieron como una epidemia.

El crac del ´29, la más catastrófica caída del mercado de valores, se viralizaba en todo el territorio americano, afectando el comercio internacional, el precio de las cosechas, paralizando la industria, las construcciones, produciendo quiebras en cadena y un aumento imparable del desempleo y la pobreza.

Para Estados Unidos era necesario y urgente reinventarse, realizar las reformas imprescindibles para recuperar sin demoras ni mayores pérdidas los recursos más importantes de un país: los humanos, los económicos y los productivos.

Desarrollaron un ambicioso programa de gobierno denominado New Deal (Nuevo trato) y fue entonces que Roosevelt solicitó al Congreso poderes extraordinarios – y controversiales- ya que un amplio sector los consideraba atributos necesarios para una guerra pero excesivos para afrontar una crisis doméstica.

No conforme con ello – a dos semanas de haber asumido el segundo mandato- Roosevelt presenta una propuesta para ampliar el Tribunal Supremo aprovechando una laguna en el artículo II de la Constitución que no especifica la cantidad de miembros que integran el alto tribunal. Necesitaba una base legal consistente para llevar a cabo los objetivos del New Deal y la propuesta le permitía colocar seis jueces en reemplazo de seis magistrados mayores de 70 años. Sin embrago y por más comprensibles que resultaran los motivos del presidente, hubo una tenaz oposición, no solo de los republicanos; también la prensa, constitucionalistas, abogados y jueces destacados, así como una gran cantidad de demócratas miembros de su propio partido entendieron que la propuesta de Roosevelt dejaría sentado un precedente peligroso porque el tribunal quedaría hiperpolitizado y las reglas de selección y tamaño quedarían, con ese precedente, sujetas a una manipulación constante de los mandatarios de turno.

Ninguna de estas barreras democráticas debilitaron al poder ejecutivo, por el contrario, el presidente llevó a cabo el programa New Deal y Estados Unidos recobró el equilibrio y la senda del progreso mucho antes que otros países.

La moraleja es que lo americanos hicieron valer la regla fundamental, la que establece que los presidentes no deben debilitar a los otros poderes y con ello, preservaron ese contrato prínceps entre ciudadanos, la Constitución Nacional, un marco jurídico que parece intangible pero que tiene la inmensa capacidad de regular, aún con sus lagunas, las relaciones entre las personas que habitan una nación.

Con esa madurez cívica en ejercicio de parte de distintos sectores sociales y políticos, una decisión ejemplar en medio de una gran crisis, le dio consistencia a los cimientos de un país: su gente y sus intereses. Si los americanos permitían que Roosevelt llenara el alto tribunal de jueces propios, se habría hecho de la coyuntura de la Gran Depresión, una peligrosa costumbre para gobiernos venideros que no demorarían en caer en el autoritarismo y el populismo, tal como ocurre en Argentina desde hace décadas.

Psicología del poder

La tentación totalitaria no es sólo una cuestión ideológica, es antes que nada un rasgo constitutivo del ser humano que aumenta con los grados de poder que se le conceden a un individuo. Esto producirá una alteración de la imagen de sí mismo y de la realidad (de ser humano a dios) y una obstinada negación de las evidencias.

Muchas son las razones por las que tantos líderes populares o religiosos han sido investidos de poderes que rebasaron su capacidad natural para administrarlos y tras el consecuente desequilibrio emocional, arrastraron naciones enteras a destinos inimaginables.

Así se refería el reconocido psiquiatra vienés Adolf Adler en relación al poder: “(…) no ignoramos que este deseo se halla profundamente enclavado en la naturaleza humana. Si se examina más de cerca este deseo –al que Nietzsche denominó “Voluntad de poder”– y se observan sus formas de expresión, se comprueba que en el fondo no es más que una fuerza compensadora especial, destinada a poner término a la inseguridad interna común a todo hombre.

Con la ayuda de una fórmula rígida, que de ordinario alcanza a la superficie de la conciencia, el neurótico procura darse un punto fijo y firme para mover el universo.”
En suma, la debilidades, los complejos, los miedos y las propias fallas se ven en gran medida compensadas en los lugares del poder; allí donde los galardones, las insignias y medallas, allí donde sobran homenajes, una corte de dependientes y la alfombra colorada cumplen la función de tapar la falla humana y hacer realidad –lo más que se
pueda- las ficciones que el ego necesita para creer que la vida no es tan dura, ni que somos tan vulnerables.

No hay instituciones que valgan cuando es tan abismal la ficción del poder y la cotidiana realidad de la sociedad. Ahí tenemos Formosa y a quienes lo avalan con las mismas ansias, con la misma sed de poder.
Las sociedades mas sanas son aquellas que respetan e incluso admiran a los mandatarios por sus logros, por el trabajo, la alta responsabilidad y la gestión sin duda compleja que deben realizar. Pero a la misma vez son sociedades conscientes de que el poder ciudadano es inclaudicable y que no se agota en el acto de votar o manifestar sus reclamos.

El ciudadano que se siente dueño de su vida, de su salud, de su educación y de sus bienes, no dá en el voto más que un voto temporal de confianza, no un permiso para que el gobierno disponga de sus bienes, propiedad, de su capital o ganancias, sino la dosis justa de confianza ( que no es amor ni fanatismo) puesta en quien se supone apto, idóneo y capacitado para garantizar a los ciudadanos la oportunidad de crecer, aumentar su patrimonio y su autonomía.
Una sociedad libre, plural y con plenos derechos exige gestiones inteligentes y eficaces en el tiempo.
La experiencia de Roosevelt y otras más, nos enseñan que los americanos también vivieron la política sin barreras en sus comienzos, que la solidez de la normas democráticas no nacieron espontáneamente sino que fue una conquista social y política con la que hoy se beneficia la inmensa mayoría.

La constante animosidad ideológica, la retórica conocida como “agitar la camisa ensangrentada” y el poder narcisista demoran la posibilidad de una convivencia legítima.
Legítima en los términos que establece la Constitución y más aún, en las “reglas no escritas” de la Constitución.

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