El panfleto que cambió la mentalidad y transformó a una nación

El fósforo que encendió la mecha que incendió la furia de las trece colonias inglesas de Norteamérica fue un panfleto. Si, un simple panfleto de dieciseis palabras bastó para que, en 1776 y en Filadelfia, ardiera un cambio de mentalidad que transformaría a una nación.

El panfleto decía:

“La sangre de los muertos, la llorosa voz de la naturaleza grita, es hora de romper”

Se tituló Common Sense (Sentido común) y su autor fue Thomas Paine, el primer súbdito que responsabilizó a un rey, Jorge III, no al Parlamento, de la opresión absolutista contra los gobernados de ultramar.

Fue una frase lapidaria de aquella página histórica que sintetizó el malestar que se desató contra el imperio. Miles de copias circularon entonces con la complacencia de los intelectuales, políticos, comerciantes, granjeros y sirvientes. George Washington aseguró que el panfleto de Paine había cambiado el pensamiento de esos pueblos, porque les hirvió en la sangre el grito emocionado de “Revolución”. Richard Henry Lee y Sam Adams los instaron a unirse y declararse libres, y John Adams y Thomas Jefferson plantearon la necesidad de constituir un gobierno basado en la teoría contractualista de Locke.

La declaración que contenga ese planteamiento –gritó John Hancock– debe tener unas letras tan grandes que el señor Jorge III pueda leerlas sin espejuelos. Estados libres e independientes. Cuatro palabras que sacudieron la temblorosa soledad de un rey que contemplaba cómo la oligarquía insaciable que lo rodeaba se comía los recaudos de los impuestos y las rentas que el fisco inglés recibía de América. Lo asustó, por consiguiente, el salto inopinado de unos vasallos que suspendieron los salmos y el catecismo para empuñar los machetes y las tercerolas de una revolución libertadora, madre de todos los derechos y placenta nutricia de una sociedad nueva con un régimen de libertades.

El compromiso de triunfar con ella estaba ya en manos del Congreso. Se perderían muchas batallas pero se ganaría la guerra. El mismo día en que se votó la Independencia los casacas rojas británicos (los Morillos del imperio inglés) cayeron sobre la isla Staten con el propósito de tomarse New York en agosto. Los hombres del general Howe casi matan a Washington en Long Island, donde dividieron a las fuerzas rebeldes, salvadas por una tormenta que les facilitó la retirada hacia Manhattan. La moral se les fue a los pies. ¿Qué pasaba con el voluntario inglés del Common Sense? Estaba escribiendo otro panfleto: The American crisis (La crisis americana), en el que exhortó a los norteamericanos desmoralizados a continuar la lucha. Estos son los tiempos que ponen a prueba el espíritu de los hombres, sentenció en uno de los apartes. Y las milicias y los regimientos de línea, con la ayuda de unas emisiones de papel moneda autorizadas por el Congreso y las autoridades de los estados, recobraron el coraje y las ganas de asestar los zarpazos definitivos.

La palabra y el genio de Paine aceleraron una revolución reflexiva. Esa fue la gracia de sus panfletos, los dos citados y los demás, antes de que la hazaña de los patriotas en Saratoga finiquitara el dominio de los británicos sobre sus colonias del Norte. La palabra y el genio de los textos de El Federalista esperaban turno para engrandecer un Estado liberal, libre y poderoso. Es decir, otro imperio.

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