12/05/2026

El mercado es Dios y a Dios no se lo puede regular (pero el Estado es soberbio)

En mi opinión, el Mercado es Dios, el Estado es soberbia.

En los últimos tiempos, potenciados por la música electoral, los argentinos debaten una de las cuestiones más importantes pero muy poco discutidas en la política: la moralidad. Luego de que varios miembros del poder ejecutivo se encontraran violando las mismas normas restrictivas que ellos mismos sancionaran por decreto, que robaran vacunas para inmunizar a los suyos primero y que -entre muchas otras inmoralidades- fundieran, mediante sus retrógradas disposiciones, a millares de PyMEs sin jamás reducir sus privilegios, exponentes del liberalismo comenzaron a criticar desde la filosofía el accionar político y a buscar la restauración de la moralidad en política.

Así, aprovechando el contexto, me pareció entre provechoso y necesario discurrir, también desde la filosofía, sobre el valor filosófico y antropológico del Mercado, tema hoy mínimamente tratado pero indispensable para el entendimiento íntegro de la economía. Es de mi entender que el Mercado es autárquico y no necesita ninguna intervención externa; así como que toda intervención externa por parte del monopolio legal de la violencia se basa en la soberbia y la arrogancia.

Los romanos adoraban a Mercurio, herencia del Hermes griego y del Turms etrusco.

Mercurio era la divinidad del Mercado y el comercio y la simbología que lo rodea nos es muy útil para entender el Mercado. Dotado de sandalias aladas que representan su velocidad, los romanos nos enseñan que entendían a Mercurio como un ágil y efectivo mensajero, capaz de llevar y traer información, expectativas, noticias, regulaciones y precios.

Con su caduceo, aquella vara separadora de litigantes serpientes y mal confundida con la médica vara de Esculapio, nos muestra su habilidad para pacíficamente llevar al equilibrio a fuerzas en pugna y discordes. Así, Mercurio, las riñas empresariales y tensiones bursátiles, resuelve con comercio, ya que, recordemos, recibe su característico caduceo luego de la voluntaria transacción con Apolo, a quien le entrega la siringa, instrumento por el cual conocemos la armonía de la música divina. Esta parábola sería bien entendida por Frédéric Bastiat en la formulación de su máxima: “Donde entra el comercio, no entran las balas”. Además, Mercurio era reconocido como mensajero entre los vivos y muertos, a entender, entre aquellas empresas productivas y serviciales que merecen crecer y aquellas que por ser deficientes en su calidad o precio, quiebran; entre aquellos Estados con fuertes instituciones, donde invertir es un placer y aquellos, donde prima la corrupción y burocracia, donde invertir es un lujo. Mercurio era, para los romanos, el mensajero que anunciaba el equilibrio entre la oferta y la demanda, quien indicaba qué conviene producir y qué no.

Si bien la simbología de los dioses mercantiles es harto jugosa para desmenuzar, al fin de no vulnerar la paciencia del lector, pasemos a una comparativa con la acertadísima metáfora del padre de la economía moderna, Adam Smith, quien propuso -justamente, en su Teoría de los Sentimientos Morales de 1759- una mano invisible divina que ordenase armónicamente los incentivos de los inversores. Pero más aun, como más tarde lo comprobamos, erraba Smith en su teoría del valor-trabajo, ya que el precio en un Mercado libre se determina únicamente por la oferta y la demanda y no por el valor del trabajo. Por lo tanto, esta mano invisible no sólo equilibra los incentivos de los inversores, sino también la oferta y la demanda y todas las variables económicas en un libre Mercado no intervenido.

Entonces, si nos es lícito definir a Dios como cierta energía armónica que dota de orden y equilibrio a las cosas y condena o premia los libres actos de los individuos, vemos cuán bien innumerables filósofos hayan visto en el Mercado su divinidad.

Así, vemos también cuán bien Dios organiza el mundo y el universo. Nadie osaría criticar la armonía divina en otros ámbitos, como en los ciclos de las estaciones, los materiales en existencia o las leyes físicas. Pero, por el contrario, parece para algunos sensato cuestionar las leyes de la economía. Lamentablemente, resulta necesario recordar que las leyes económicas no fueron inventadas por ningún hombre, sino por Dios, para luego ser descubiertas, entendidas y aplicadas por la humanidad. No podemos regular la ley de la gravedad, sólo podemos contrarrestarla al ejercer una fuerza de igual magnitud en sentido contrario al peso. Así, tampoco podemos regular el Mercado sin causar innumerables y gravísimos efectos negativos en la economía. No podemos regular a Dios, sólo ignorarlo.

Sin embargo, la soberbia de algunos humanos o, como le gusta a Hayek, su fatal arrogancia, les hace creer que un grupo de burócratas puede superar a Dios a través del cálculo económico. Recordemos, pues, que el cálculo económico, para que funcione, debe contar con todos los datos históricos, presentes y futuros y si hay alguien que puede calcular de manera omnisciente las variables del Mercado no es un burócrata de turno, sino la armonía autárquica y divina del Mercado, la armonía económica para Bastiat, la mano invisible para Smith, el mensajero Mercurius para los romanos, en definitiva, Dios.

Los mismos griegos tenían un claro concepto para describir a quienes actuaren contra la voluntad divina, la hybris: la soberbia y desmesura de creer que el hombre puede superar o engañar a Dios. Tanto los griegos como los romanos acumularon un acervo cultural literario de ejemplos que ilustraban los malos resultados que la hybris siempre trae: Ícaro, Atlas, Edipo, Aracne son sólo algunos. El cristianismo, por su parte, no dejó de incorporar la hybris a su doctrina y nos lo enseña en el libro Génesis a través de Adán y Eva o de la Torre de Babel. Siempre estuvo claro para occidente que no conviene ir en contra de las leyes divinas.

Y no sólo están del lado liberal la filosofía y la teoría económica, sino la misma empiria: observemos cualquier índice bursátil y veremos cómo, en agregado, responde cayendo ante regulaciones y creciendo ante la apertura económica. El Mercado sabe cómo funciona la economía. El Mercado es liberal.

Me conformaría con creer que en este escrito hemos revisado, al menos de manera muy compendiosa, la visión milenaria de aquellos que entendieron el valor filosófico, moral y divino del Mercado, así como algunos de los problemas que aparecen cuando un político arrogante se piensa superior al orden divino. Y por si mi tosco palabrerío hubiere entorpecido la clara comprensión del mensaje, lo voy a reiterar sin anestesia: En mi opinión, el Mercado es Dios, el Estado es soberbia.

Compartir:

Más publicaciones