El fuego en Corrientes reveló hasta dónde llega la solidaridad y también, la apatía ante la catástrofe

LOS INCENDIOS EN CORRIENTES HAN INSPIRADO A MUCHOS

Empatía en tiempos de tragedia

Ante la catástrofe los individuos reaccionan apelando a una amplia gama de posibilidades. Algunos se solidarizan con el sufrimiento ajeno, mientras que otros siguen con su vida como si nada pasara. 

La calamidad se hizo presente y en muchos casos fue en primera persona. Todos, de una u otra manera, padecen esta pesadilla a veces directa o por conocer a quienes también están angustiados y atraviesan este drama de un modo singular.

A partir de allí cada familia y cada comunidad ha tratado de canalizar su impotencia recurriendo a algún mecanismo. Algunos fueron al frente de batalla a darle pelea al fuego, otros prefirieron rezar acudiendo a la fe como un instrumento útil. Tampoco faltaron a la cita los que se organizaron solidariamente para aportar recursos, mitigando de esta manera el impacto que ha ido generando el fuego con su paso firme y feroz.

Los que no se movilizan ante este desmadre, esos que no se han sensibilizado también tienen su derecho. Después de todo, nadie está obligado a sentir lo mismo ante un hecho. Instalarse en el foco del conflicto, poner el cuerpo, donar dinero no son obligaciones. Se trata de una decisión personalísima e intransferible, que nadie debería juzgar.

Claro que cada uno tendrá su opinión al respecto y eso tampoco es un problema. Los ciudadanos pueden plantear su mirada sobre el asunto con completa libertad, criticar a los que hacen y a los que no también. Lo que parece reprochable es la incapacidad para ponerse en el lugar del otro, para comprender lo que sucede a su alrededor. El punto no pasa por suspenderlo todo y flagelarse como sociedad, sino de ubicarse y “estar” en un trance que a todas luces se presenta como único y difícil.

Las celebraciones son siempre bienvenidas, pero el entorno que rodea a las mismas no puede ser el de siempre. No solo es importante lo que se hace, sino que además hay que tener cuidado cuando se diseña como se hace.

En este brete todos esperan gestos. Especialmente los que están soportando las consecuencias de una situación inusitada y que no demandan nada en particular sino más bien un acompañamiento.

El país palpita al ritmo de esta hecatombe. Los canales de televisión actualizan la información al instante, los comentarios abundan y la prensa afortunadamente ha tomado el asunto como algo central.

Millones de argentinos que ni siquiera conocen la provincia aportan lo que está a su alcance para sentirse parte de esta épica. Salvar a un habitante de este suelo, darle una mano en esta transición, contribuir con su recuperación, todo suma y la gente quiere ser protagonista de esta cruzada.

No solo se valora lo material, sino por sobre todas las cosas, ese ademán de estar pendiente de lo que sucede, del mensaje que llega por las redes sociales, el llamado telefónico o la consulta por medios electrónicos para saber cómo están transitando los lugareños esta odisea que no da tregua.

La política lamentablemente tuvo actitudes tardías, ineficaces y poco pragmáticas. La agenda partidaria, un exceso de optimismo y cierto ninguneo a la temática derivaron en mayores inconvenientes.

Hoy ya tomaron nota. No es este el tiempo para profundizar este debate. Ya se abrirán luego los ámbitos para esa conversación necesaria que permita revisar los errores. Ahora la prioridad es salir de este inconveniente rápidamente y con la menor cantidad de daños que resulte probable.

Todas las jurisdicciones están abocadas a resolver o, al menos, a paliar este descontrol. Los municipios, la provincia, la nación, y hasta países vecinos colaboran para que la tragedia no tenga magnitudes mayores. El balance, frío y desapasionado, se hará después y ahí sí se asumirán las responsabilidades que se deban registrar.

En esta coyuntura vale cooperar, con lo que se tenga a mano, con lo que se pueda, pero por sobre todas las cosas brindando respeto por los que sufren en carne propia las pérdidas más duras, las del hogar y sus propiedades, la de sus empleos y sus ingresos, la de sus sueños y su futuro.

Dicen que en los momentos complejos es cuando aparece la verdadera personalidad de los seres humanos. 

Su templanza ante los escollos es lo que los define y no su palabra vacía sin acción concreta. 

La inmensa mayoría de los correntinos está en estado de alerta, viviendo este infortunio con congoja, esperando un desenlace veloz y en sintonía con eso viene poniendo lo mejor de sí mismo para que sus deseos se hagan realidad.

Otros, los menos, por cierto, se muestran despreocupados, desconectados del suceso, minimizando su existencia y haciendo de cuenta que se trata de algo casi de rutina. Es una pena, podrían sumarse a los miles de ciudadanos que están haciendo lo que pueden para ayudar en estas instancias.

No es esta la hora de enojarse con los rebeldes, en todo caso si es menester invitarlos a la reflexión, esa que permite descubrir los desaciertos propios y dar paso a la luz que indica el camino óptimo a recorrer.

La provincia necesita de ciudadanos comprometidos. Esta crisis pone en el tapete una oportunidad que puede constituirse en una bisagra. Dependerá de la capacidad de cada persona para empatizar ante esta circunstancia.

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