Aristóteles, Mises y la felicidad: ese largo camino que parte de uno mismo

¿Cómo conseguir ser felices desde una visión liberal?

Muchos han sido los personajes icónicos que a lo largo de la historia se han preguntado sobre la naturaleza y la motivación del hombre. Llegado a nuestros días podemos concluir que todos los hombres, apelando a la generalidad del concepto, persiguen, como fin último, la felicidad. El mismo economista austríaco, Ludwig von Mises, en La Acción Humana, tiene un apartado en el que escribe sobre la felicidad, a pesar de su reluctante posición sobre el tema.

El filósofo griego, conocido por “el Estagirita”, Aristóteles, nacido en Macedonia en el 384 AC, trató el tema de la felicidad en una de sus tres obras más importantes que contiene la Moral de Aristóteles: Moral, a Nicómaco.

Algunos pasajes de la obra guardan cierta relación con la concepción liberal, entre ellos, el rol que ocupa el esfuerzo individual para la concreción de sus objetivos.

Según Aristóteles, la felicidad es el bien supremo de todos los hombres.

Éste es el objeto de todas nuestras aspiraciones y la felicidad “la buscamos siempre por ella, y nunca con la mira de otra cosa”.

Para Aristóteles existen tres géneros de vida:

  1. Los que creen que la felicidad es el placer, el goce de los bienes materiales. Para el filósofo, es el más vulgar y grosero modo de vida.
  2. La vida política o pública. Para éste grupo la felicidad la encuentran en la gloria. Según Aristóteles, son espíritus distinguidos y verdaderamente activos.
  3. La vida contemplativa e intelectual.

El filósofo griego define a la felicidad como “una cosa definitivamente perfecta y que se basta a si misma puesto que es el fin de todos los actos posibles del hombre”. Para él, la felicidad del hombre es la actividad del alma dirigida por la virtud, y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y perfecta de todas.

Los actos de virtud son los que conforman la felicidad y deben tener un carácter de durables, o sea, el hombre requiere manejar cierta perseverancia en sus acciones. Dichos actos necesitan ser “conservados durante toda la vida del hombre, a pesar de los accidentes de fortuna que pueda sufrir éste.”

Por ejemplo, supongamos que Pedro se hace de una pequeña fortuna a los 20 años, si los llega a perder a los 30 la virtuosidad que Pedro pueda llegar a poseer no debería verse afectada por éste hecho ya que es una característica trascendental a determinados hechos puntuales. Es más, Aristóteles enaltece la resiliencia del sujeto como condición necesaria para la virtuosidad del mismo. Por ende, su felicidad dependerá de la capacidad del individuo de sacar siempre de las circunstancias el mejor partido posible. Pedro es feliz si logra mantener durante toda su vida actos virtuosos y responde con “sangre fría” –tal como señala Aristóteles- a los hechos del azar –que se encuentran fuera de su alcance-.

Posteriormente, Aristóteles define la virtud humana como la virtud del alma, la cual es amiga de la moderación. La virtud es la media entre el exceso y la carencia. Por ejemplo, Pedro practica la virtud del valor si no son en extremo. Es decir, si Pedro goza de todos los placeres de la vida es un intemperante; en cambio sí huye de todos los placeres es un insensible.

Aquí es fundamental porque Aristóteles remarca que la virtud nace del hábito y de la costumbre. Según él, no existe en la naturaleza del hombre, sino que la naturaleza lo vuelve susceptible a las virtudes y es el hábito el que las desenvuelve y la perfecciona en él.

Es más, para el filósofo la felicidad se consigue a través del esfuerzo, dependiendo del hombre poder alcanzarla. Ésta noción de felicidad se relaciona mucho con los valores que promulga el liberalismo.

Por su parte, Mises remarca la idea de que el accionar humano se puede definir como la búsqueda de la felicidad, así que no se contrapone a la idea de Aristóteles. Además, para Mises la acción implica pasar de un estado a otro de mayor satisfacción y eso implica que el hombre debe ser un individuo activo, es decir, es necesario que gaste energía, tiempo y esfuerzo en ello.

Por lo tanto, a pesar de que el economista austríaco también describe que, para la ciencia, específicamente, no interesa hallar qué es lo que hace feliz a cada hombre porque esto depende de las valoraciones subjetivas de éste.  Lo cierto es que refuerza la idea de Aristóteles que centra al individuo como único partícipe de su propia felicidad.

Lamentablemente, esta concepción aristotélica se ha desvirtuado hoy en día en nuestro país. Nos encontramos viviendo en una sociedad en que la mayor parte de sus ciudadanos cree que la felicidad se da even a broken clock, como algo fortuito y que no depende del individuo, ni mucho menos de sus esfuerzos.

 Es más, algunos otros creen, en mi opinión erróneamente, que la felicidad se consigue satisfaciendo los placeres mundanos en un determinado momento. Pero, éstos mismos carecen de una visión de largo plazo. La felicidad no es éxtasis que te provoca el placer de satisfacer ciertas necesidades en ciertos instantes, sino de encontrar la línea recta que proporcione un estado de bienestar constante, más allá de los vaivenes del azar. Es la capacidad que debe encontrar uno de exteriorizar lo temporal e interiorizar lo permanente. No obstante, nuevamente, eso se consigue con un esfuerzo diario por parte del individuo.

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