Regular redes sociales, controlar contenidos, decretar la verdad… ¿están seguros que eso es defender la libertad?

Regular redes sociales, controlar contenidos, decretar la verdad… ¿están seguros que eso es defender la libertad?

Reflexiones sobre la regulación de las redes sociales

A luz de la nueva iniciativa del gobierno nacional cabe realizar una pequeña reflexión sobre la libertad de expresión. Tan aclamada y declamada esta libertad, este derecho humano; este principio tan básico de la democracia. Toda libertad ciudadana, todo derecho civil comienza por la libertad de expresión; ante la restricción de tal norma básica de convivencia, se atenta directamente sobre los fundamentos de la vida en sociedad.

Todos los individuos de una sociedad son personas diferentes con pensamientos diferentes y opiniones diferentes. Los contextos sociales, culturales y económicos en los cuales nos criamos y desarrollamos marcan trascendentalmente nuestro razonamiento. Esto, a su vez, se ve afectado por las diversas experiencias que acontecen en nuestra vida, y que nos permiten un aprendizaje diferente al de otro individuo.

Individuo que, marcado por su experiencia de vida y sus aprendizajes, piensa y razona de manera distinta. Al realizar este pensamiento sucesivamente, nos encontramos con el hecho que la sociedad es un conjunto de individuos que conviven en un espacio de intersubjetividades que se trastocan diariamente mediante los contactos entre estos mismos individuos. Así, se van conformando las nociones de pueblo. Pero, ahora bien, ¿representa este una unanimidad sin fisuras? En palabras de John Stuart Mill en On Liberty ‘[…] la voluntad del pueblo significa, prácticamente, la voluntad de la porción más numerosa o más activa del pueblo; de la mayoría o de aquellos que logran hacerse aceptar cómo tal’. Tal es así que dentro de una sociedad es imposible concebir un pensamiento único y absoluto; todo está sujeto a interpretaciones que derivan en opiniones disimiles y que encarnan verdades parciales sujetas a los entornos de nuestro desarrollo.

Tomando en consideración la intrínseca separación que rige en la unidad del pueblo, se vuelve necesario concebir la parcialidad de la verdad; dada en su primigenia por la finitud del conocimiento y la falibilidad humana.

En torno a esto, Mill afirmaba que ‘Negarse a oír una opinión, porque se esta seguro de que es falsa, equivale a afirmar que la verdad que se posee es la verdad absoluta’.

La parcialidad de la razón se condice con la parcialidad de la interpretación que hace cada individuo sobre una misma circunstancia, la cual, por más objetiva que sea, contiene matices y aristas que llevan a diferentes conclusiones. Es aquí donde aflora la siguiente cuestión, y en relación más directa a lo que hoy nos convoca, ¿acaso alegar tener la correcta verdad no es lo mismo que discriminar entre ‘buen uso y mal uso’ de la opinión? ¿No se estaría tomando una verdad parcial y elevándola unilateralmente al grado de absoluta? Esto, es lo que busca realizar la nueva iniciativa del gobierno. Tomar el hilo conductor que nos lleva a creer en la verdad absoluta, en la unanimidad de opiniones, no hace más que afirmar la más completa ignorancia del individuo.

A la par que se concibe una verdad absoluta que debe ser aplicada invariablemente y respetada sin espacio a ‘malos usos’, esta administración, se respalda alegando que piensa en términos de bienestar común del pueblo y el respeto por el espíritu de la democracia, salvándola de la ‘intoxicación’. ¿No es acaso el pluralismo un fundamento básico de la democracia, la ‘toxina’ que le da su esencia? ¿Acaso no es el demos, el pueblo, distinto en su base más profunda? ¿Cómo es entonces que concebimos un bienestar común en individuos que no son iguales entre sí? Siguiendo de la primera cita de Mill y tratando de comprender un pensamiento en estos términos, ‘[…] el pueblo, por consiguiente, puede desear oprimir a una parte de sí mismo’.

La elocuencia es total. La opresión de una ‘porción’ del pueblo sobre otra por sus expresiones políticas constituye la peor de las tiranías; la más abominable de las dictaduras.

Constituye, en suma, el vasallaje a las peores formas de fanatismo y barbarización de la vida pública, del debate público.

¿Por qué entonces, desearía una ‘porción’ del pueblo oprimir a la otra? ¿Por qué buscaría destruir la esencia de la democracia sobre la cual fundamenta esta iniciativa? La respuesta, por supuesto, no es unánime. ¿Será porque aquello a lo que más temen los autoritarios es a la competencia de narrativas? ¿Será acaso la total y absoluta falta de argumentación y razonamiento? ¿No los transformaría eso en ‘negacionistas’? ¿Acaso tendrán miedo de confrontar visiones? ¿O será que debido al fanatismo desmedido han quedado cegados e imposibilitados de discutir las sagradas palabras de su líder? Dejaré aquí que el lector haga uso de su libertad y razón y tome la respuesta que considere más apropiada.

Finalmente, he de reflexionar lo siguiente. La instalación de una narrativa oficial y sin cuestionamientos, fruto de la cancelación de alternativas ‘nocivas’ y el refuerzo de una propaganda incesante, es el primer paso hacia la consecución de una dictadura. Una vez más, Mill es elocuente en este punto; acaso la peor de las tiranías es la tiranía social, pero que viene acompañada necesariamente de una vocación tiranizante del gobierno. ‘[…] cuando es la sociedad misma el tirano, sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que puede realizar por medio de sus funcionarios políticos.’ Y continua, ‘La sociedad puede ejecutar, y ejecuta sus propios decretos, […] ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas [..].’ Palabras espeluznantes que me llevan a concluir; la condición sine qua non para que muera definitivamente la república, que se suma en la oscuridad de la tiranía y el autoritarismo, es que perezca la libertad de expresión, y con ella, la disidencia de la opinión.

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