Peligro: si no se frena el delirio del pase sanitario, avanzarán hacia el siguiente escalón

UNA PREOCUPANTE TENDENCIA QUE SE VIENE CONSOLIDANDO

La delirante idea del pasaporte sanitario

El mundo ha empezado a coquetear con esta retorcida modalidad, lo que debería ser una alarma para quienes creen que la libertad individual es un valor que se debe preservar. 

Los argumentos esgrimidos hasta aquí para explicar esta clase de avances desproporcionados han sido realmente de una enorme pobreza y hacen gala de un autoritarismo inconcebible en estos tiempos.

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Los rebrotes de coronavirus detectados en el hemisferio norte habilitaron una discusión que se inició primero sutilmente y que luego fue creciendo hasta que ciertos gobernantes tomaron nota y se apropiaron de esta herramienta nefasta.

No menos cierto es que muchos ciudadanos convirtieron sus temores en una desesperada demanda de mayor vigilancia por parte del Estado. En ese contexto la aparición del pasaporte sanitario se constituyó en uno de esos instrumentos dedicados a entorpecer la libre circulación.

Bajo esa lógica las variantes han sido muchas y prometen ser más. Esa suerte de identificación personalizada viene sirviendo para restringir el tránsito entre países o regiones y hasta para prohibir el acceso a lugares públicos y también privados.

La vacunación ha sido la matriz elegida por los burócratas del poder para llevar adelante esta etapa. A medida que pasan los meses se perfecciona la intrincada dinámica de este perverso experimento social.

Es que no solo exigen una inmunización específica, sino que obligan a pautas de esquema completo y hasta seleccionan cuáles son las autorizadas y cuáles otras no, haciendo uso de un temerario y discrecional método.

Los gobiernos suelen intentar controlarlo todo. En realidad, eso subyace en su configuración, sobre todo en la de aquellos que no han comprendido aún que se trata de una organización social destinada a garantizar derechos esenciales y no a crear nuevos a cada instante.

La pandemia puso otra vez en el tapete este asunto central con más fuerza que nunca en la historia reciente. Los amantes del control social encontraron en esa inusitada coyuntura una fuente inagotable de inspiración y una oportunidad fabulosa para manipularlo todo.

Por eso no sorprende esta escalada, sino que, en todo caso, llama la atención el silencio cómplice de los que sí entienden el trasfondo y la docilidad con la que una sociedad mansa acepta los atropellos sin chistar.

Cuando se iniciaba esta calamidad, a comienzos del año pasado, los gobiernos, asustados ante un fenómeno desconocido, implementaron cuarentenas. Esa peculiar medida sólo pretendía evitar un “cuello de botella” en el sistema de salud que derivara en millones de fallecidos.

Se podrá discutir si esa percepción fue la correcta, si se cayó en una exageración desmedida sin elementos a la mano o simplemente fue la reacción ante una comunidad espantada. Lo concreto es que, aun sin justificar, se trataba de algo absolutamente excepcional y transitorio.

Una vez resuelta la crisis y la emergencia, es decir unas pocas semanas después, y habiendo preparado suficientes profesionales, hospitales, respiradores, etc, la continuidad de ese disparate ya no tenía sentido.

La ciencia ha demostrado en un lapso breve su talento para mejorar tratamientos, aprender de los errores y hasta crear vacunas que minimizan, sin eliminar, las cifras de contagio, hospitalización y muerte.

A estas alturas ya no existe razón alguna para insistir con normativas de ningún orden. Son los individuos, los que deben evaluar su situación asumiendo sus propios riesgos. Abunda información para poder decidir adecuadamente bajo las creencias de cada uno.

Mucho menos admisible es aún utilizar a estos “pasaportes” como un modo de intimidar conductas y para forzar a los aun no vacunados a cambiar de opinión amenazándolos con impedirles actividades o desplazamientos.

Los gobernantes no sólo no son dueños de las personas, sino tampoco del uso de los espacios de todos. Establecer regulaciones para imponer sus criterios es un despropósito que debe ser denunciado.

Es importante separar este debate de los “pases” con la controversia entre los promotores y los opositores a la aplicación de vacunas contra el covid-19. Estar a favor del uso de la inmunización disponible no convierte a nadie en defensor de las restricciones.

En este devenir se han mezclado los conceptos. Una batalla ideológica en torno al origen del coronavirus, a las intenciones detrás de su aparición para algunos deliberada y hasta la idea de un complot internacional son parte del menú, pero no tienen nada que ver con esta polémica sobre la libre circulación.

Va siendo hora de que la humanidad evite caer en la trampa de enamorarse de la idea de decidir por los demás. No importa el hecho, la circunstancia o el suceso que dispara esta compulsión. Los individuos deciden sobre sus vidas y los gobiernos no tienen entidad para tomar decisiones que no le competen. Después de todo los supuestos iluminados también son humanos y su margen de error no es menor que el del resto de los mortales.

Conferirles poderes especiales a los gobernantes es siempre peligroso, avalarlos tácitamente también, por eso amerita resistirse a este tipo de experimentos. Si los que creen mandar no encuentran freno alguno avanzan hacia el siguiente escalón. Más vale ponerles el límite antes de que sea tarde. En esa dirección manifestarse públicamente es un imperativo.

Publicado en El Litoral, Corrientes

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