¿Otro impuesto a las tarjetas? ¿Nunca intentarán otro camino?

¿Bajar el gasto jamás, no?

 “Hay cuatro clases de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y Argentina”.  Esta frase del Premio Nobel de Economía 1971, Simon Kuznets, nos afecta especialmente a los argentinos.

En efecto, no sólo somos “caso atípico” sino que estamos del “lado oscuro” del espectro: mientras que el Japón post Hiroshima se volvió una potencia económica mundial, pionera en tecnología y robotización, la Argentina tomo un rumbo de permanentes déficits fiscales, emisión a mansalva, destrucción de signos monetarios y empobrecimiento constante.

Lo más impresionante del caso argentino es que, en vez de “modelizar” casos exitosos, siempre decidimos apostar a contramano, y esta semana hemos sido testigos de una más de las perlas que todos los días nos regalan los autoproclamados expertos gubernamentales que supimos conseguir. 

Hace unas semanas el gobierno nacional anunció modificaciones en la distribución de los porcentajes de coparticipación impositiva, perverso sistema por el cual las provincias eficientes financian a las ineficientes y que hace el federalismo una caricatura. Soslayando las connotaciones políticas subyacentes a la decisión, lo cierto es que la rica ciudad de Buenos Aires se verá privada ahora de otra buena parte de sus fondos, que serán ahora asignados a otros destinos y menesteres.

El pobre Rodríguez Larreta corre así el serio riesgo de quedarse sin fondos para sus festivales del asado y maratones de bicicleta con que solía regalarnos.

Para compensar entonces esa reducción de su “caja” el gobierno porteño contempla a estas horas, entre otras medidas, aplicar un nuevo impuesto a las tarjetas de crédito, con el que calculan recaudar unos $19.700 millones “extra”.

No sabemos si habrán hecho esos cálculos pensando que vamos a seguir usando las tarjetas como hasta ahora.  Así como los cheques desaparecieron prácticamente del panorama cuando se implementó el “impuesto a los débitos y créditos bancarios”, tal vez los argentinos optemos por minimizar nuestras transacciones con tarjeta y volver a cargarnos los bolsillos de nuestros pintorescos papelitos pintados.

Eso sí, teniendo presente que nuestro actual billete de mayor denominación es equivalente a apenas 6 dólares con 25 centavos (a cotización blue de la fecha) vamos a precisar billeteras grandes. Tal vez ya haya empresarios del sector que vislumbren este nicho de mercado.

La medida, a todas luces, se da de bruces con el objetivo de impulsar la bancarización. Si imagináramos un metafórico “Juego de la oca” mundial , claramente nuestros gobernantes han caído en la casilla de “retroceda cinco casilleros”. La “cashless” society donde las transacciones se hacen a través de tarjetas de débito, crédito, PayPal, o criptomonedas, se nos torna cada vez más borrosamente lejana.

Amén de eso, la medida es también un dislate en lo que se refiere al control de la pandemia. Mientras en otros países se procura evitar el trasiego del papel moneda de mano en mano para minimizar posibilidades de contagio, aquí, si por cada 1000 pesos de gasto con tarjeta se nos cargarán 12 de impuesto de sellos, seguramente volveremos al pasado e intercambiaremos papelitos, por supuesto previo paso por los cajeros automáticos, donde también toquetearemos entusiastamente los botones correspondientes. Unos genios. 

Como de costumbre, ante cualquier problema, la única solución que se les ocurre a los políticos es aumentar los impuestos de las formas más diversas y creativas.

¿No sería tal vez más sensato bajar el gasto público? ¿No se animarán a intentarlo alguna vez, ver cómo resulta, a modo de experimento, aunque sea por curiosidad?

No te pierdas las últimas noticias de Visión Liberal. Súmate a nuestro newsletter.

Loading Facebook Comments ...
0 Comentario

Dejar una respuesta