28/07/2026

No necesito que el pasado me indemnice

Un día, pensando en el precio de la comida y el alquiler, comprendí que la causa histórica más emotiva del imaginario argentino ya no ocupaba lugar en mi vida. Las Malvinas son argentinas, pero ninguna bandera baja el dólar, crea empleos ni construye futuro. Es hora de dejar de alimentar la identidad con símbolos y derrotas, y empezar a construir con resultados concretos.

POR: Andrés Palladino

El día que comprendí que ya no me interesaban las Malvinas fue un día cualquiera.

No hubo banderas, discursos ni anuncios oficiales. Fue una comprensión silenciosa, doméstica, casi invisible. Estaba pensando en el precio de la comida, en el alquiler, en el trabajo, y de pronto advertí que aquella cuestión que durante años había ocupado un lugar central en la identidad argentina ya no organizaba ninguna parte de mi vida.

Las Malvinas son argentinas. La afirmación puede sostenerse mediante argumentos históricos, jurídicos y geográficos. Pero esa certeza no modifica aquello que necesito para vivir.

No reduce el precio de la comida. No paga un alquiler. No cura a nadie. No construye una escuela. No crea un empleo. No publica un libro. No financia una investigación. No permite que una pareja forme una familia con alguna confianza en el futuro.

La bandera es un símbolo. Y yo, en algún momento de mi vida, dejé de alimentarme de símbolos.

No creo que eso me haya vuelto menos argentino. Quizá me volvió menos disponible para ciertas ceremonias de la identidad. Comprendí que un país no se construye mediante gestos de resistencia, sino mediante actos de creación. Y que la Argentina lleva demasiado tiempo confundiendo una cosa con la otra.

Resistir puede ser necesario.

Pero resistir no es construir.

Recordar no es producir.

Tener razón no es prosperar.

El fútbol no es una excepción a esa confusión.

Es uno de los lugares donde mejor puede observarse.

El fútbol argentino funciona como un laboratorio emocional de la cultura nacional. Allí aparecen, concentradas, muchas de las obsesiones que organizan nuestra vida pública: la necesidad de un enemigo, la épica de la resistencia, el consuelo de la queja, la sospecha frente al éxito, la convicción de que el mundo nos debe algo y la facilidad con la que convertimos cada derrota en una prueba de nuestra superioridad moral.

En la Argentina, pocas cosas son tan tranquilizadoras como una derrota bien explicada.

La explicación permite conservar intacta una imagen ideal de nosotros mismos. No perdimos por nuestras limitaciones: nos perjudicaron. No dejamos de hacer: nos impidieron hacer. No renunciamos: comprendimos que aquello que buscábamos no era, después de todo, tan importante.

La derrota admite una narración confortable.

La victoria, en cambio, plantea preguntas incómodas.

Obliga a preguntarse qué hicimos bien, cómo podemos sostenerlo y por qué aquello que funciona excepcionalmente no consigue transformarse en una estructura duradera. Ganar no sólo exige llegar. Exige permanecer, administrar, repetir, construir sobre lo conseguido.

La derrota permite volver al relato.

La victoria obliga a hacerse cargo de la realidad.

Quizá por eso nos resulta tan natural convertir los símbolos en sustitutos de los resultados. Los símbolos no deben administrarse. No requieren presupuestos, continuidad, instituciones ni evaluación. Basta con defenderlos.

Una bandera nunca fracasa.

Fracasan las escuelas, los hospitales, las empresas, los gobiernos y los proyectos. Las banderas permanecen indemnes, disponibles para ser agitadas nuevamente cuando la realidad se vuelve demasiado difícil

Eso fue lo que creí ver durante el Mundial.

No una conspiración. No un plan secreto. No una instrucción arbitral destinada a producir determinado resultado

Vi algo más antiguo: una sociedad depositando una enorme cantidad de energía emocional en la derrota de un adversario cargado de significado histórico.

Inglaterra no era solamente un rival deportivo. Era 1982. Era el colonialismo. Era la guerra. Era la humillación. Era todo aquello que un partido de fútbol no puede reparar y que, sin embargo, insistimos en colocar sobre los hombros de once jugadores

La polémica por la bandera de las Malvinas terminó de sobrecargar la semifinal. Ya no se trataba sólo de llegar a la final de una Copa del Mundo. Se trataba de dignidad, memoria, soberanía, reparación y orgullo nacional.

No importa aquí si la retirada de la bandera respondió a una presión de la FIFA, a una decisión institucional, a una medida preventiva o a una estupidez burocrática. Lo importante fue el efecto que produjo.

La escena convirtió el partido en algo más grande que el propio torneo. Y ganamos.

Entonces ocurrió algo difícil de medir, pero fácil de reconocer: el país celebró como si hubiera saldado una deuda. La victoria deportiva adquirió la intensidad de una reparación histórica. Durante unas horas, pareció que algo había sido restituido.

Pero el pasado no se resuelve con un partido de fútbol. No se resuelve con una bandera. No se resuelve con una consigna.

Y cuando un obstáculo se carga con un significado superior al objetivo que viene después, aparece un riesgo evidente: que la energía emocional se consuma antes de tiempo.

No afirmo que Argentina perdiera la final exclusivamente por eso. El fútbol es demasiado complejo para reducirlo a una explicación psicológica. España podía ser mejor. Podían pesar el cansancio, la táctica, el estado físico, las decisiones individuales y las contingencias propias de cualquier partido.

Pero antes de la final yo había señalado una estructura: la posibilidad de que Argentina confundiera la victoria simbólica con el cumplimiento de la misión real.

La semifinal era el obstáculo. La Copa era el objetivo. Durante unas horas, una parte del país pareció olvidar la diferencia.

Por eso no me alegra haber tenido razón.

Habría preferido equivocarme. Habría cambiado estos artículos por una fotografía de Messi levantando otra Copa del Mundo. Habría preferido descubrir que una selección podía atravesar el partido más cargado de sentido de todo el torneo, recuperarse emocionalmente y disputar la final sin que el pasado pesara más que el futuro.

No ocurrió. Pero tener razón tampoco modifica nada.

No mejora una institución, no crea una empresa, no publica un libro y no permite que una familia viva con mayor tranquilidad. Tener razón es, demasiadas veces, el consuelo privado de quien ha comprendido un mecanismo sin haber conseguido intervenir en él.

Yo ya no quiero ese consuelo.

No quiero convertirme en el hombre que contempla una catástrofe y encuentra satisfacción en haberla descrito correctamente. No quiero vivir diciendo «se los advertí». No quiero que la lucidez sea apenas una forma sofisticada de la impotencia

Quiero ganar. Quiero que mi país gane. No solamente partidos.

Quiero que gane tiempo, estabilidad, conocimiento, instituciones y futuro. Quiero que la gente pueda formar una familia sin que cada proyecto dependa de una nueva emergencia. Quiero que la ambición deje de parecernos una forma de traición. Quiero que el éxito no sea inmediatamente sometido a un juicio moral.

Quiero que un chico nacido en un barrio pobre no necesite una epopeya nacional que le explique por qué su vida es difícil. Quiero que disponga de herramientas concretas para que deje de serlo. No quiero que le entreguen un símbolo. Quiero que le entreguen posibilidades.

La Argentina parece sentirse más cómoda defendiendo aquello que perdió que construyendo aquello que todavía no existe. El pasado ofrece enemigos reconocibles. El futuro, en cambio, exige responsabilidad.

Para defender el pasado alcanza con conservar una posición. Para construir el futuro hay que decidir, arriesgarse, equivocarse, corregir y trabajar con personas que quizá no compartan nuestra identidad, nuestras consignas ni nuestro relato. El pasado divide con claridad.

El futuro obliga a cooperar. Tal vez por eso la Argentina discute tan bien las deudas históricas y administra tan mal las oportunidades presentes. Poseemos una extraordinaria capacidad para explicar quién nos hizo daño, pero muchas menos herramientas para acordar qué queremos construir después

La identidad se vuelve entonces un refugio. Cuando la realidad no ofrece seguridad, la pertenencia ofrece una compensación. Podemos estar empobrecidos, desorganizados y enfrentados, pero seguimos perteneciendo a una comunidad imaginada como noble, heroica e injustamente castigada. El problema no es recordar. Un país sin memoria es un país disponible para repetir sus peores errores.

El problema comienza cuando la memoria sustituye al proyecto. Cuando el dolor heredado vale más que la obra futura. Cuando una sociedad prefiere obtener dignidad de una derrota antigua antes que asumir el riesgo de construir una victoria nueva.

No propongo olvidar las Malvinas. Propongo dejar de utilizarlas como una indemnización emocional.

No sé si alguna vez aprenderemos a sostener una victoria sin convertirla en revancha.

No sé si podremos perder sin transformar la derrota en identidad. No sé si lograremos desear algo sin pedir inmediatamente disculpas por nuestra ambición. No sé si podremos contemplar el éxito sin sospechar de quien lo alcanza.

Pero sé que ya no puedo participar de ciertas ceremonias.

No puedo seguir esperando que una bandera resuelva aquello que sólo pueden resolver el trabajo, el conocimiento y unas instituciones capaces de sobrevivir a sus dirigentes. No puedo seguir creyendo que la justicia de una causa garantiza la eficacia de quienes la invocan. No puedo seguir aceptando que recordar sea suficiente.

Tampoco quiero despedirme de la Argentina. Esa sería otra forma de simplificación. La Argentina de las consignas convive con otra Argentina: la que trabaja, investiga, enseña, crea empresas, escribe libros, cuida, produce y vuelve a empezar después de cada fracaso.

Esa Argentina no suele aparecer agitando banderas. Está demasiado ocupada haciendo cosas. A ella sí quiero pertenecer.

No me interesa haber acertado una derrota. Me interesa comprender qué hacemos con aquello que comprendemos.

Los dos artículos anteriores fueron escritos mientras los acontecimientos todavía estaban abiertos. En el primero intenté pensar la excepcionalidad de Messi y las conspiraciones construidas para negarla. En el segundo advertí sobre el peligro de considerar cumplida la misión después de derrotar al rival que concentraba toda la carga emocional.

Este texto no pretende cerrar esa serie demostrando que yo tenía razón. Pretende cerrar otra cosa. La expectativa de que el pasado pueda compensarnos por el presente.

No necesito que el pasado me indemnice.

Necesito que el futuro llegue.

Y ninguna bandera puede hacerlo por nosotros.

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