Marcelo Diamand advertía que un dólar “barato” favorecía al agro por su excepcional productividad natural, pero condenaba a la industria manufacturera a la pérdida de competitividad. Hoy, con Vaca Muerta y el boom exportador primario sosteniendo el ancla cambiaria de Milei, el concepto revive con fuerza: la economía crece en lo primario pero se desindustrializa, cierra fábricas y concentra la desigualdad regional y social.

Por Andrés Asiain y Bernardo del Zorro. El ingeniero argentino Marcelo Diamand solía hablar de un dólar pampeano. El término hacía alusión a la elevada productividad de las actividades agropecuarias apalancadas en la fertilidad de la tierra de la Pampa Húmeda. Esas condiciones permitían a su producción primaria ser competitiva en los mercados internacionales aún con un valor del dólar relativamente “barato”.
En contraste, otros sectores como la industria manufacturera, que no gozaban de una fuente extraordinaria de productividad que les diera una ventaja comparativa (David Ricardo dixit), precisaban un dólar mucho más elevado para ser competitivos en los mercados internacionales.
Esa dualidad productiva entre industria y agro derivó en el concepto de Estructura Productiva Desequilibrada de Diamand, que tenía raíces en la idea de “heterogeneidad productiva” de los estructuralistas, al analizar economías periféricas donde conviven el carro tirado a caballo con drones de última tecnología.
Mientras Europa exhibe diversidad en la cancha pero mantiene el poder en los palcos, acusa de racismo a una Argentina que se atreve a desafiar el dogma woke y elegir su propio rumbo.
— Visión Liberal (@vision_liberal) July 24, 2026
Imperdible texto de @diegohhormazaba https://t.co/UBTieLHf5x pic.twitter.com/ceqP9fqE9y
Sin embargo, el concepto del argentino polariza las diferencias de productividad entre sectores productivos, que aún cuando usen tecnologías de punta, tienen distintas capacidades competitivas porque uno dispone de una fuente de productividad excepcional basada en cualidades naturales. Se asemeja al concepto de “enfermedad holandesa” que la literatura de los países centrales acuñaría años más tarde para explicar la desindustrialización de Holanda a partir de su desarrollo gasífero.
Estos conceptos vuelven a la vida en la Argentina de Milei, de la mano de su dólar barato apoyado ya no sólo en la productividad del sector agropecuario, sino también minero y, especialmente, de los hidrocarburos de Vaca Muerta. El desempeño productivo de esos tres sectores permitió un imponente crecimiento de las exportaciones primarias en los últimos años que fue clave para sostener el “ancla cambiaria” del programa de estabilización de precios.
La madurez de Vaca Muerta ya revirtió el histórico déficit energético de nuestro país y proyecta aportar divisas netas en montos similares a los del tradicional complejo cerealero-oleaginoso de acá a unos años. Tal como predecía el ingeniero, el dólar pampeano-neuquino no permite sobrevivir a nuestra industria nacional, ahogada por las importaciones.

La producción manufacturera se encuentra en mínimos históricos, el cierre de fábricas y los despidos en el sector son moneda corriente, y el desempleo y la informalidad crecen en los grandes centros urbanos donde históricamente se desarrollan esas actividades.
Se consolida así una economía dual, que las estadísticas reflejan en una economía casi estancada donde convive un fuerte crecimiento de las actividades primarias y un retroceso en las manufactureras. Una dualidad que amplifica la desigualdad en la distribución de los frutos de la economía entre la población y entre las regiones geográficas del país.



