Mal que nos pese y pese a los discursos, el cambio climático existe

Estamos pifiando

Estamos pifiando se aleja en demasía de lo que se podría pensar adecuado para una titulación correcta de un texto de índole académica, más aún, cuando estamos en la búsqueda de los intersticios de un mundo desconocido para el liberalismo en cualesquiera de sus vertientes. No solamente aceptaremos la crítica, sino que explicaremos el porqué de semejante elección, que tanto tufillo inquisitorial provoca en los lectores como primera impresión retiniana. Estamos pifiando es la síntesis de dos sentimientos profundos que emergen desde lo profundo de mi ser: primero, es la oposición al “estamos ganando” del autoritarismo típico del Ministerio de Propaganda de Goebbels; segundo, es la aceptación necesaria de nuestra derrota lingüística-comunicativa, empírica y realizadora en todos los ámbitos de requerimiento ambiental. Por tal motivo, es condición sine qua non que iniciemos nuestro periplo con tal auspicio.

En efecto, los liberales nos alejamos del necesario y adecuado tratamiento de los tópicos de discusión de algidez tratativa en el presente, de la manera que deberían desarrollarse. El ambientalismo, el cambio climático, el calentamiento global y otros, no solamente no son la excepción, sino que son la materialización más palpable de tal realidad. Vamos por partes.

En primer lugar, los liberales no estamos inmiscuidos en los conceptos teóricos y en el conocimiento necesario de las ciencias de la tierra, las disciplinas geográficas, las ciencias sociales, las ciencias de la atmósfera y la relación interdisciplinaria de tales ámbitos realizadores. No merece mayor desarrollo tal idea, porque es una concreción que sobrepasa nuestra propia objeción ególatra. Es una realidad que los liberales osamos utilizar conceptos errónea y descaradamente, al mismo tiempo que no solamente caemos en tal “pifia”, sino que además cuestionamos desde el afuera la black box académica, en lugar de entrar al barro.

Los liberales tenemos que estar en esos ámbitos y dar la “batalla cultural” (Moreno, 2020), desde el adentro; ser un yo más en un mundo de ellos. En tal sentido, creo adecuado recuperar un concepto propio: “uno de los ámbitos donde el liberalismo ha perdido y de manera clara la batalla cultural, fue y es sin duda alguna lo relativo las ciencias sociales. Las ciencias blandas donde más debemos poner el foco, más allá de la economía, resultan ser una de las ramas más desastrosas del árbol liberal” (Pierini, 2020). Hoy lo sostengo más que nunca y, no solamente porque yo estudio geografía y he ganado varios premios con tal disciplina, sino porque creo que debemos salir del academicismo y de la soberbia comunicativo-argumentativa; más en este caso, en donde “perdemos por goleada”. A esto, le sumo otra frase de dicho artículo: “por eso  mismo, resulta de vital importancia que los liberales comprendamos la imperiosa necesidad […] de nutrirse de una mirada que ponga en jaque el castillo de naipes falsos sobre los que se levanta el castillo anti-liberal” (Pierini, 2020).

En segundo lugar, no tiene ningún asidero negar el cambio climático que existe día a día y que acontece de manera constante como un devenir sin freno. Por un lado, porque no resiste ningún análisis serio cuando, justamente, no se observan liberales que tengan formación y áreas de estudio en tal sentido, sino que podríamos encasillarlos como meros comentaristas que socavan lo más concreto del pensamiento liberal. Así, y aunque más tarde centraremos aún más nuestro análisis, el cambio climático es un proceso que, fuera de estar “inventado por el marxismo cultural y los medios aliados al poder económico del socialismo internacional”, como he llegado a escuchar, acontece como hito primigenio y seral (concepto de la ecología) de la historia de la Tierra. Por otro lado, porque el eje de discusión debe ser partícipe de un enfoque distinto: el debate argumentativo, la contrastación empírica y el mecanismo de generación idearia deben centrarse en la comprensión de ciertos aspectos, aristas y tópicos de interés diversos con el axioma existente de un cambio concreto. Debemos reubicar nuestra desorientación que persigue por detrás una luz difusa, hacia un objetivo concreto: demostrar que el liberalismo es aliado del mundo en materia de calidad ambiental, comprender que el avasallamiento de los derechos naturales y el (no) respeto por el proyecto de vida del otro son materia de compresión lejana de las concepciones liberales y, que es necesario terminar con nuestra divergencia insulsa y destructiva con el mero fin de sintetizar coherente y lógicamente el mundo tal y como es, el ser en tanto ser.

El cambio climático existe. Hay que grabarse esa idea a fuego que sin sentido ni base empírica hemos tratado de refutar, aun cuando los datos, tan aliados de nuestro discurso diario, refuerzan una y otra vez, esta primigenia idea que hace más de 200 años que es motivo de comentarios de pasillo y análisis de diversos organismos a lo largo del globo. Tampoco nos centraremos en el texto que estoy escribiendo en sintetizar toda la información existente al respecto, pero lo que sí haremos, será citar solamente algunos sitios de menester citación y pertenencia de los más destacados estudios al respecto. La NOAA (Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica) de EE.UU., el IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), los estudios del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) y una multiplicidad de organismos, centros de estudio, organizaciones no gubernamentales, investigadores privados y una enormidad de diversos mecanismos de verificación empírica, han robustecido estos conceptos que hace 2 siglos eran poco comprendidos.

Sigamos. El cambio climático existe, simplemente, porque sin él nunca hubiéramos existido como tales. No merece demasiada especialización y estudio comprender la aparición del homo sapiens como resultado de diversas adaptaciones al medio circundante, a medida que este se transformaba, desde los orígenes mismos del planeta Tierra, hasta hoy; ergo, primera conclusión: el cambio climático no solamente existe, sino que debemos comprenderlo como necesario. Vamos a realizar un pequeño paréntesis sobre algo que, si bien ahondaremos sobre el final de este artículo, creo más que necesario, esbozar ahora. Siempre hemos negado el cambio climático, a modo de mera confrontación con los partidos verdes y los gobiernos de izquierda que enarbolan dicha bandera. Estamos pifiando. Lo que debemos hacer es girar 180°, agarrar nuestro megáfono y decir: el cambio climático nos hizo tal y como somos; ahora es el tiempo de creer en el cambio climático. Es momento unívoco e imprescindible de emancipación liberal, aseverar que el cambio climático existe, pero que lejos de ser algo negativo, es fundamental para nuestra propia existencia y la adaptación a los cambios (Sarmiento, 1982) (Thompson, 2011).

Está claro que la pregunta que se desprende o, mejor dicho, la objeción que hará la comunidad internacional será la siguiente: muy bien, pero ese cambio antes era natural y ahora es antropogénico. Vamos a parar la pelota y desarticular filosóficamente ese recorte parcial de la realidad, porque si no existen hechos y sólo existen interpretaciones, como diría Nietzsche, la mera enunciación de palabras remite a palabras y las cosas quedan en un vacío injustificable. Como aseveran Saulo, et al (2019):

Los investigadores que comenzaron a documentar las primeras evidencias del cambio climático sospechaban que el clima, tal como lo conocían, no había sido siempre el mismo, sino que había sido completamente diferente unos cuantos milenios atrás. Con los años, se fue descubriendo que tenían razón, en particular se encontraron indicios de que habían existido períodos glaciales e interglaciales, cambios en los que el hombre no había tenido ninguna injerencia. Hoy también se sabe que los cambios en el clima pueden ser provocados por forzantes naturales externos del clima, es decir sin la intervención humana, como por ejemplo, por la variación de la órbita terrestre alrededor del Sol o por procesos geológicos que modifican la geografía global (separación de continentes, surgimiento o hundimiento de cordilleras), entre otros (p. 9).

Punto número uno entonces: el cambio climático existe independientemente de las acciones humanas. Si tomamos en cuenta dicha afirmación de especialistas en Ciencias Ambientales, Ciencias de la Atmósfera y otros especialistas, queda en claro que no es una imaginación de un genio maligno cartesiano o algo similar de este humilde servidor. Alguno podrá acusar de falacia de apelación a la autoridad el mero hecho de suponer como cierto un axioma, meramente porque sujetos x con determinada especialización académica decidieron tal cosa y tienen razón. No obstante, como se enunció anteriormente, este trabajo no busca discutir la existencia o no del cambio climático, sino simplemente comprender cómo pararnos ante él, discursiva, filosófica y empíricamente. En todo caso, se sugiere investigar en las páginas seleccionadas y en la bibliografía presentada.

Volviendo a nuestra desarticulación, creo más que conveniente que pensemos, usted y yo, juntos.

El cambio climático existe independientemente del accionar humano; ello implica que más allá de nuestra existencia o de nuestro cambio de modelo productivo, el clima de la tierra seguirá modificándose.

Algunos científicos consideran que esto es cierto, pero que, de manera opuesta a toda la historia de la humanidad, ahora los cambios acontecen en un frenesí de tiempos instantáneos y diversos, mientras que antes eran largos períodos diferentes. Primero: los períodos considerados en función de la extensión temporal son dogmatismos que suponen que un cambio en un tiempo x1, menor a un tiempo x2, es peor o más destructivo. Eso es una consideración contrafáctica y una apreciación con determinados parámetros que para nuestro entendimiento suponen inferioridad o amenazas mayores (volveremos con el concepto de amenaza más tarde). Segundo: creer que los cambios “se dan” en tiempos mayores es un error que desde la física y desde la lógica se pueden rebatir instantáneamente. Supongamos que yo tengo una piedra y decido ubicarla, convenientemente, debajo de una canilla que gotea 1 vez cada 20 segundos en promedio. Si nos apegamos a conceptos de la geografía física, estaríamos hablando de meteorización de la roca. Como asevera Fritschy (2020): “es el resultado de la disgregación o descomposición de las rocas que se encuentran por encima o en las cercanías de la superficie […]. Esto ocurre tras su contacto con la atmósfera, biosfera, hidrosfera o determinados agentes biológicos” (p. 115). Y si decidimos adentrarnos más en tal clasificación, deberíamos pensarlo como meteorización química: “se genera una pérdida de la unión de la roca. Las variaciones atmosféricas, el oxígeno, el dióxido de carbono y el vapor de agua inciden en él. La meteorización química comprende varias fases” (p. 117). Por último, los cambios pueden ser realizados por humanos, objetos inanimados, y también por animales. Por ejemplo: los GEI pueden ser emitidos a la atmósfera tanto por actividades antrópicas (productivas, por ejemplo), como por desastres naturales, como por meros procesos metabólicos de los animales (excreción). En todo caso, más allá de las mediciones sobre la incidencia de cada proceso en dicha emisión, no hace falta estudios a fondo que permitan demostrar que, antes de la existencia del humano e, incluso antes de la Revolución Industrial, los procesos naturales y los mecanismos metabólicos de los humanos ya emitían gases de efecto invernadero. De esta manera, queda claro que el problema no es el cambio y que acontece más allá de nosotros. No nos adentraremos en las fases de la meteorización, ni profundizaremos sobre tal especialización académica. Lo que es el objetivo último de quien escribe es que, en líneas generales, se comprenda que los cambios acontecen independientemente del tiempo geológico o generacional que queramos considerar. El ejemplo de la roca es un tipo ideal[1] y una abstracción que nos permite acercarnos expositivamente a la consideración correcta pero, aun así, no debe ser tomado como prueba de la realidad (en cuyo caso, avalaríamos el accionar que criticamos). Lo que sí quiero que se haga carne y se grabe a fuego en sus pensamientos últimos, es que, no solamente es contrafáctico decir que sin los seres humanos los cambios climáticos de hoy en día serían más lentos, sino que no tiene validez lógica considerar la bondad o maldad de determinado proceso por creaciones en términos de medida del tiempo que los mismos humanos hacemos.

Volveré a insistir con esto:

somos nosotros los que tenemos que adentrarnos en el mundo de las disciplinas geográficas para poder contrarrestar con argumentos sólidos y consistentes, los cientos de falacias que todos los días se afirman en los medios […]. Debemos comprender que hay puntos donde perdemos por mucho y es ahí donde tenemos que enfocar nuestros esfuerzos (Pierini, 2020).

Vamos a suponer por un momento que utilizamos la famosa palabra resiliencia para comprender los procesos que se llevan a cabo en el ambiente. Como sabemos, o por lo menos como se puede demostrar empíricamente (piensen en los incendios en Córdoba o en la erupción del Volcán Puyehue), tras determinado desastre natural o acontecimiento particular que modifique las condiciones sustanciales de determinado ecosistema, los mismos pueden presentar resiliencia; entendiendo a la resiliencia (o elasticidad) como capacidad de volver al mismo estado inicial de equilibrio después de una alteración (Holling, 1973 en Sarmiento, 1982). No obstante, vamos a enunciar someramente algunos considerandos que ponen en jaque las falacias de generalización apresurada al respecto de este concepto. En primer lugar, hay un umbral de cambio o de saturación donde eso ya no es posible (Thompson, 2011). Algún otro texto podrá discutir si eso es bueno o malo, pero el punto es que no siempre y en todo lugar se puede volver al anterior estado o clímax clementiano de la sucesión ecológica (Sarmiento, 1982). En segundo lugar, porque si en la historia de la Tierra todo hubiera tenido resiliencia, no estaríamos donde estamos; los dinosaurios aún caminarían post meteorito y la selección natural no tendría demasiado sentido. Además, en última instancia, los humanos y los seres vivos nos adaptamos a los cambios, más allá de si el origen de estos es propio o ajeno. ¿Cuál es el motivo de tal abstracción ideológica que estamos llevando a cabo? A esto quiero llegar: ya dimos algunas razones para afirmar que no se trata de negar el cambio climático, sino de cómo respondemos ante él; ya dimos por sentada cuasi verdad religiosa, no sólo su existencia, sino su materialización de manera independiente a nuestro propio entendimiento y accionar como agentes que construyen su espacio geográfico (Santos, 1986); ahora nos toca ver el cómo nos paramos filosófica, discursiva y materialmente sobre su propia existencia.

Antes creo conveniente que tengamos en cuenta y, una vez más, supongamos axiomáticamente, afirmaciones como la siguiente:

La evidencia recolectada durante este último siglo y medio indicaría que el factor antropogénico está íntimamente relacionado con el calentamiento observado. De acuerdo a simulaciones hechas con modelos numéricos climáticos, el aumento de la temperatura media global provocado por este aporte extra de CO2 es mucho más rápido que si hubiese sido provocado solo por el CO2 natural (Saulo, et al., 2019, p. 9).

En efecto, aunque el potencial “indicaría” deja abierta la posibilidad a mayor investigación, vuelvo a insistir que no es nuestro rol discutir eso. Nuestra obligación es encontrar nuestro marco de acción.

Los liberales debemos volver sobre conceptos básicos de todo nuestro ideario. Para tal fin, creo conveniente que recuperemos ciertas aristas que se pueden haber difuminado en el contexto de la producción escrita y de la lectura por parte de usted. Es de público conocimiento que, desde la escritura del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil de John Locke, hemos transmitido y enarbolado como propios que la vida, la libertad individual y la propiedad privada no solamente son derechos naturales sino que son inalienables y son motivo de reprimenda por avasallamiento de ellos[2]. También enunciamos someramente que es de mayúscula importancia, otorgar un valor preponderante a la definición de Alberto Benegas Lynch (h) sobre la esencia del liberalismo, sobre lo ontológico del mismo, esencialmente, sobre el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo. En tal sentido, creo importante recordar conceptos propios en otro artículo de similar pero no congruente objetivo porque, efectivamente, estamos pifiando:

tenemos que ser nosotros los que mostremos que las estrategias de adaptación son las más adecuadas para que no se produzca una vulneración sobre nuestros derechos, sobre nuestra propiedad privada, sobre nuestra libertad individual y sobre nuestra vida, porque si hay algo que nos molesta a los liberales es que alguno de los 3 puntos sea atacado, violentado y reducido en el pleno ejercicio de los mismos (Pierini, 2020)

No hay nada que nos moleste más a los liberales que la vulneración de algunos de esos derechos naturales. Por tal motivo, vamos filosóficamente a tal consecución. Si determinada situación de polución, afecta nuestra vida, los liberales buscamos no solamente la adaptación, sino el pleno ejercicio de nuestras facultades individuales para lograr que nuestras acciones satisfagan dicho deseo. Si determinada construcción estatal vulnera nuestra propiedad privada (no solamente como tierra, sino también en términos de tránsito vehicular o el ejemplo que considere adecuado), ejercitaremos no solo acciones legales, sino nuestra propia libertad individual como respuesta a dicha acción institucional. El problema reside justamente en que las únicas respuestas que se han brindado para lograr mitigar los efectos del cambio climático y adaptarnos correctamente a él (no volver a un estado anterior), han venido en forma de restricciones estatales. Déjeme decirle más. Los liberales, en lugar de proponer alternativas, sólo se han dedicado a negar el cambio climático y por eso, justamente por esa razón, todavía estamos pifiando.

En tal sentido, vamos a concentrarnos en las soluciones que se plantean históricamente al calentamiento global y las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Resumiré de manera lo más breve y concisa posible las 2 vías de solución que día a día se proponen y que van de la mano una con otra, casi como una sola solución con dos aristas. Por un lado, se plantean a grandes rasgos, cuestiones relacionadas con el desarrollo, el progreso y el crecimiento económico. Estos grupos afirman, básicamente, que la única manera de mitigar las fluctuaciones climáticas es reduciendo el crecimiento económico al mínimo, imponiendo trabas a la producción o, incluso decreciendo económicamente. No hace falta decir por qué esto es una aberración, porque simplemente con una lectura rápida se puede comprender su miríada y estrafalaria locura (sic). Claramente, una reducción del progreso derivaría en un aumento de la pobreza y la tan querida desigualdad por parte de estos grupos. Esa reducción de la calidad de vida de la población derivará en un claro olvido de las políticas medioambientales porque, como sabemos, los deciles más bajos solo se preocupan por satisfacer sus necesidades básicas y no tienen, lastimosamente, tiempo ni recursos para ponerse a pensar o elegir entre energías renovables y fósiles. Del mismo modo, pero desde el lado empresarial y productivo, una reducción del crecimiento económico derivaría en un cierre de empresas entre las que se pueden encontrar aquellas que usen energías renovables o, incluso, de aquellas que son las responsables del desarrollo y construcción de energías renovables. Además, incluiremos otro condimento a tal situación: dada que la contaminación no es un fenómeno exclusivo acontecido en el capitalismo (hay evidencias de contaminación del aire en 1300 en Inglaterra y 1400 en España), la preocupación por algo que no sea más que propia conservación de la especie, no comenzará hasta bien consolidado el capitalismo[3]. Por otro lado, y realizando una crítica que no se ha realizado muchas veces respecto a este tópico, nos centraremos en la capacidad de los funcionarios para resolver las cuestiones relacionadas a los desastres medioambientales. Siempre se dice que el Estado debe aumentar su presencia en la arista medioambiental imponiendo nuevas y más regulaciones, impuestos, destinando funcionarios y recursos, entre otros mecanismos de aumento de intervención estatal, suponiendo que esto será beneficioso para el ambiente. Más de uno, quiero creer, ha podido darse cuenta de la falacia de causa falsa que esto trae aparejado. Además, los datos demuestran que la presencia del Estado suele ser mala en (casi) todos los ámbitos de la vida, con lo cual tampoco tendría ni un centímetro de validez lo enunciado. Pero volviendo a los mecanismos del Estado, si los datos demuestran que las economías más libres son las que poseen mejor rendimiento ambiental, la presencia del Estado solo va en contra de la premisa enunciada anteriormente. Por último, si tomamos en cuenta la ecuación del riesgo, nunca se deja entrever que el Estado es el que debe realizar todo el proceso. La ecuación del riesgo, cuyos componentes explicaré a continuación, enuncia que el riesgo es igual a la amenaza por la vulnerabilidad sobre la mitigación más la prevención. Parece otro idioma, pero juro que no lo es.

Según Cardona (1993) el riesgo es definido como la probabilidad de daño o pérdida esperada que, a su vez, está relacionada con la convergencia de probabilidad de ocurrencia de un evento peligroso y la vulnerabilidad de los elementos expuestos a tal amenaza.  La vulnerabilidad es entendida por Wilches Chaux (1993) como la incapacidad de una comunidad para auto ajustarse frente a los efectos de un determinado cambio en su medio ambiente. La amenaza (o peligrosidad) es definida por Cardona (1993) como un peligro latente o factor de riesgo externo de un sistema o de un sujeto expuesto. En tanto que Lavell (s/f) puntualiza que se trata de una posibilidad de ocurrencia de un evento físico que puede causar algún tipo de daño a la sociedad. El mismo puede ser originado por la naturaleza, por las interrelaciones entre la naturaleza y las prácticas humanas o por las actividades humanas en sí mismas (antropogénicas). Como dice su nombre, esta es una manera aproximada que los geógrafos, climatólogos y geólogos poseen para poder determinar cómo tendremos un desastre natural de manera estimativa. Algunos dirán que no solamente el cambio climático tiene que ver con desastres naturales y es cierto, pero por lo pronto quería detenerme en este punto. Aquí se observa que la amenaza (ej: volcán) multiplicado por la vulnerabilidad (las condiciones de un lugar, ej: infraestructura resistente, posición respecto al volcán) sobre la prevención más la mitigación (mecanismos para prevenir y reducir los posibles daños) nos aproximará el daño de ese riesgo. Y el Estado no es el único que debe encargarse de eso. Las empresas y, sobre todo, los individuos, no queremos que un desastre destruya nuestro patrimonio, por eso queremos prevenir estos desastres y eso incluye, energías renovables y mecanismos para que no sea afectada nuestra propiedad privada al igual que la libertad y nuestra vida. Sin embargo, como se enunció, es imposible adaptar las condiciones de nuestra propia materialidad y devenir, ya sea a fenómenos que escapan de nuestro entendimiento y acción, como a aquellos que pueden atribuirse al accionar antropogénico, en economías donde las preocupaciones son mucho más concretas: comer y sobrevivir. Por lo tanto, la única manera de adaptarse es mediante economías con la capacidad de solucionar las problemáticas básicas del día a día y, recién ahí, concentrar esfuerzos en otras aristas. En este momento haga un ejercicio mental: ¿alguna vez escuchó a algún liberal decir esto en algún medio de comunicación?, ¿en alguna ocasión logró oír a algún intelectual plantear esto? Si lo hizo, es una aguja en un pajar. Si no lo hizo, comprenderá por qué digo que estamos pifiando. Aquí realizo otro paréntesis: no solamente no lo escuchó, sino que además es un tema denostado por liberales en partidos políticos y en otras ocasiones. Con el respeto que me merece: afirmar que el Acuerdo de París es una farsa, es una aberración. En todo caso, discutamos el cómo reducir emisiones o propongamos soluciones, pero no caigamos en el negacionismo que tan mal nos ha hecho.

Quiero dedicar ahora, un último punto antes de mi conclusión a meras aproximaciones ideológicas a la solución, esbozadas por algunos liberales. Juan Ramón Rallo, creo que resume a la perfección una mínima y sutil propuesta de la siguiente manera (2019):

Se hace imperativo que los liberales expongamos soluciones alternativas que, por un lado, sean eficaces a la hora de descarbonizar nuestra economía y que, por otro, sean eficientes a la hora de reducir los perjuicios sobre nuestras libertades y nuestra prosperidad. En este sentido, los resultados que debe lograr cualquier transición ecológica eficaz y eficiente son dos: por un lado, desincentivar el consumo de combustibles fósiles, especialmente en aquellos procesos que redunden en un menor incremento del bienestar de las personas; por otro, fomentar el descubrimiento a medio plazo de nuevas fuentes de energía que permitan reemplazar nuestra dependencia de los combustibles fósiles. En otras palabras: minimizar nuestras emisiones de CO2 hasta que dispongamos de tecnologías capaces de sustituir en sus muy distintos usos al petróleo, al gas o al carbón. La agenda estatista contra el cambio climático pretende alcanzar estos dos objetivos a través de la planificación centralizada […] Serán las propias familias y las propias empresas las que se verán incentivadas a exprimir su información propia tanto para limitar las emisiones de CO2 —al tiempo que se minimiza la merma de su bienestar— como para desarrollar nuevas fuentes de energía —al tiempo que se maximizan sus probabilidades de éxito—. Este marco institucional es el mejor antídoto frente a quienes sueñan con instrumentar la crisis climática para estatizar la economía.

Está claro que no es una propuesta que satisfaga, pero creo que los conceptos quedan claros. Por eso mismo creo que la conclusión se cae de maduro como fruta en su período de perfección y cosecha. Es necesario dejar de discutir la existencia o no del cambio climático y ponernos a enunciar el cómo hacemos para adaptarnos; le doy la respuesta: con liberalismo. Es necesario ir a los medios y comunicar las ideas. Es menester de este autor, no que coincida conmigo, pero sí que se vaya pensando, si le pude dejar algo, una idea que retumbe en su cabeza. Libertad y ambiente no son separados, son simbióticos, son amigos y hermanos. Es hora de comunicarlo, porque estamos pifiando.

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