Lucifer, el feminista y la heroica gesta del “mensajero de luz”

El feminismo liberal -cuyas propuestas resulta hoy tan difícil hallar en los medios, plagados de extravíos colectivistas bajo esa denominación- tuvo en el siglo XIX de su lado a algunos hombres osados. Hombres cuya defensa de la libertad y la igualdad de la mujer, bajo parámetros netamente liberales, los convierten en figuras tan románticas como el arte que dominaba su tiempo. Y en tren de elegir uno de ellos como paradigma, es la figura de Moses Harman la que tal vez más admiración despierta, por su casi quijotesca batalla editorial contra la catarata de moralinas legislativas y judiciales que lo llevaron una y otra vez a prisión.  

 ¿Pero qué hizo Moses Harman para merecer la repulsa de esos circunspectos sectores de la sociedad que sólo aceptan la libertad de expresión si está de acuerdo con lo que ellos piensan? Pues primero y fundamental, ser propietario de una pequeña empresa familiar que editaba un periódico bajo el nombre de “Lucifer, el mensajero de la luz”, nombre ante el que aun hoy la ignorancia sobre sus orígenes mitológicos hace que “levantemos una ceja” al escucharlo. Pues en rigor de verdad Lucifer, etimológicamente “portador de luz”, es el antiguo nombre del planeta Venus, planeta cuyas erráticas órbitas hicieron que luego se lo asociara con la figura de Satán, “el ángel caído”. Y conste que la “estrella” aparece incluso en la ilustración que acompaña sus ediciones, pero ya con eso solo este buen hombre empezó a atraer “sospechas”.   

“Lucifer” se publicó, contra viento y marea, entre 1883 y 1907, con una línea editorial claramente favorable al feminismo individualista de raigambre liberal, enfocado fundamentalmente en el área de las libertades concernientes a la vida privada, y fue como tal objeto de una manía persecutoria tal que las portadas de las sucesivas ediciones llegaron a incorporar la fotografía de su propietario, acompañada de su edad, y la cantidad de días de prisión que iba contando.

¿Y cuál fue el “pecado capital” cometido por Moses Harman para merecer estos tratos, más propios de la Inquisición cordobesa del siglo XVI que del gobierno del Presidente Ulysses Grant en los Estados Unidos?

Pues que este señor “tenía muy claros” dos o tres principios liberales básicos, bajo los cuales enmarcaba su labor editorial en favor de la mujer. El primero de ellos era la separación entre iglesia y estado, o mejor, entre religión y política, el segundo un constante alegato por el límite a la intromisión estatal en los arreglos privados, y el tercero, una apasionada defensa de la igualdad ante la ley por parte de ambos sexos. Todo esto matizado con una feroz defensa de la libertad de expresión que lo llevó a rehusarse a “recortar de un modo políticamente correcto” las cartas que recibía de sus lectores, haciendo circular dicho material por vía postal al enviar los periódicos a sus suscriptores. Y eso, créase o no, era un delito. Grave.

En efecto, por obra y gracia del “villano” de esta película, Anthony Cormstock, denodado activista del “anti-vicio” dotado en cierto momento del poder de establecer legislación, éste logró imponer durante décadas sus propios criterios morales a sus semejantes. Existe incluso una palabra en inglés, “cormstockery”, acuñada por el New York Times en 1895, para designar tales cursos de acción. Y las “Hogueras de Vanidades” del dominico Savonarola en la Florencia de 1497 quedan chiquitas ante la destrucción de unas 15 toneladas de libros y los 4000 arrestos, redondeando claro, realizados bajo las leyes que llevan su apellido.    

Así pues, las Cormstock Laws, que no marcaron precisamente el momento más brillante en la historia de las libertades individuales imaginadas por los padres fundadores, penalizaron la circulación de cualquier material “obsceno” (concepto por cierto elusivo de toda definición concreta en la susodicha legislación), incluyendo referencias a medios anticonceptivos, juguetes sexuales, e incluso “horror de horrores”, criminalizando también la correspondencia privada dotada de contenido o información sexual. No queremos imaginar a Cormstock teniendo que lidiar en nuestros días con nuestras modernas plataformas de citas o nuestras aplicaciones de mensajería instantánea: las ciudades estarían desiertas y la mitad de la población estaría en la cárcel.

Ahora bien, conste que Moses Harman distaba de llevar una vida susceptible de ser calificada como “disoluta”. Ni remotamente. Todo lo contrario. Pero su publicación de una carta en la que se atrevió a plantear, en 1886, el álgido tema de la posibilidad de violación dentro del matrimonio lo marcó como una “diana” ante los “negacionistas” de entonces, y en cuanto no se rindió a las presiones, debió lidiar con ello por el resto de su vida. Los cargos en su contra se multiplicaban (y estamos hablando de cifras contadas por centenas) y fue incluso condenado, a los 75 años, a trabajos forzados consistentes en romper rocas en el hielo.

Sin embargo, Moses Harman es una figura excluida del relato corriente en el feminismo actual, un feminismo de sesgo “estatista” que olvida sistemáticamente las heroicas gestas individualistas que marcaron sus orígenes. Y al olvidar a este pionero, olvidamos simultáneamente la historia y los tiempos en que el Estado tuvo el poder de enviar a prisión a la propia hija y al yerno (y coeditor) de Moses Harman por la felonía (sic) de convivir “ilegalmente” como marido y mujer sin otra base que su consentimiento, sin haber realizado ninguna ceremonia religiosa ni civil.

Si esos tiempos nos parecen hoy superados, y hasta nos generan indignación, se lo debemos sin duda a estos adalides de las libertades que desde un periódico familiar llamado Lucifer y sin más fuerza que la de sus convicciones lograron escandalizar y movilizar a la sociedad de su tiempo, y a quienes tal vez deberíamos recordar un poco más seguido.

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