Noticias falsas: la otra pandemia que se multiplica con un solo clic

Quizás el reto mayor no sea encontrar la vacuna contra el Covid-19 sino contra la estupidez humana, ese virus que muta en forma de memes, videos, placas, audios, mensajes o “estados” que agobian desde el indiscriminado uso de las redes. ¿Inofensivos? ¿Graciosos? formatos para liberar las toxinas del aislamiento que saturan la red como “antes” saturaban los autos la Panamericana en horas pico.

Lo más peligrosos de estos mensajes son los que portan, en diferentes dosis, riesgos de muerte. Si, la desinformación provoca pandemia. Los “médicos”, “especialistas”, “cardiólogos”, “bioquímicos” (la mayoría de otros países, claro) que dicen tener datos reales o consejos infalibles sobre el virus que nos tiene hasta la coronilla se reproducen a la velocidad del clic. Y el que quiera creer, que crea.

Según estos mensajes, por ejemplo, las gárgaras con vinagre o masticar ajo son eficaces curas del coronavirus. Otro asegura que rociarse el cuerpo con alcohol o pasarse el secador de cabello (¡!) hace impermeable el cuerpo al contagio. Y el más temerario, el youtuber Jordan Sather quien recomendó consumir un “suplemento mineral milagroso”, llamado MMS (un componente es el dióxido de cloro). En este caso, con un agravante: Sather tiene más de 130.000 seguidores en Twitter, lo que hace que su mensaje se convirtiera rápidamente en peligrosa pandemia.

El sentido común alcanzaría para desestimar estos consejos. Pero buena parte de ellos son viralizados en boca de “prestigiosos” especialistas que nadie conoce pero tampoco duda de sus credenciales. Y retuiteado por una legión de seguidores, usuarios de whatsapp y consumidores frenéticos de información que malgasta horas del día (y más en tiempos de reclusión) en leer cuanto llega a sus ojos.

Los videos de médicos hablando desde otros países de lo que la pandemia provocó son, cuanto menos, cansadores. Audios donde se transmite un clima de guerra (¿de ahí vendrá la compulsión a vaciar supermercados? ¿es el miedo a una guerra lo que convirtió este simple aislamiento en un encierro en hogares-bunker?).

Lo cierto es que médicos e instituciones tuvieron que salir a desmentir que eran ellos los que hablaban y deslindar responsabilidades.

Es fácil cuando la identidad del supuesto médico no es la real. Pero hay mentiras más sofisticadas.

Como el bulo que circuló de la médica González Ayala, miembro del Comité Institucional de Revisión de Protocolos de Investigación del Hospital de Niños Sor María Ludovica.

En esa cadena de whatsapp ella supuestamente citaba una serie de consejos que son absolutamente inocuos, como por ejemplo que cualquier barbijo detendría al virus o que una persona infectada, si estornuda a tres metros de distancia, hará caer el virus al suelo e impedirá el contagio o que hay que beber líquidos constantemente porque quien tiene la garganta húmeda no se contagia.

Todos datos absolutamente falsos, menos la identidad de la médica. Lo peligroso, en este caso, es que se usó un nombre real para desparramar una información falsa. Incluso se comprobó que idéntico mensaje se propaló en otros países adjudicándoselo a médicos reconocidos de cada una de esas ciudades.

Peligrosa también resultó la “noticia” de que un médico argentino descubrió la vacuna salvadora y la estaría probando en España (otros dicen en China y otros dicen que no fue un argentino, pero la idea es la misma: ya existe la vacuna). No es verdad, claro. Pero, ¿a quién le importa una vez que lo leyó y lo reenvió a sus contactos?

Por otro lado, aparentemente menos inocuos, llegan fotos de una Venecia de aguas cristalinas o de elefantes borrachos que, ante la ausencia de controles “humanos”, se emborracharon con alcohol de trigo y durmieron “la mona”. Falso, todo falso. La propia National Geographic puso claridad al asunto explicando que el hecho de que no circulen góndolas “apisonó” la tierra (de ahí que el lago de Venecia pareciera más azul) pero que no hay cisnes ni delfines. Y mucho menos se ven los “monstruos marinos” en el fondo, como señala una foto viral.

Fue tanta la cantidad de archivos que se intercambiaron en los primeros días de cuarentena que las redes colapsaron con mensajes que pedían … no colapsar las redes con mensajes. La onda expansiva de la otra pandemia (la de quedar incomunicados sin internet) provocó más pánico todavia.

Entonces aparecen los todólogos que abonan a teorías conspirativas y ahí el aire comienza a enrarecerse. Peligrosa es la palabra, entonces, cuando no se miden sus impactos. El mismísimo Donald Trump debería tomar nota que llamar “virus chino” al COVID19 no sólo es agraviante sino, además, falso. El mandatario norteamericano pasó de llamar “simple gripe” e “invento demócrata” al coronavirus a cambiar el discurso y hablar de una crisis sanitaria sin precedentes. En el medio, Estados Unidos es uno de los países más golpeados por el virus (que es del mundo entero, a esta altura)

La intencionalidad política está clara. Los efectos en el discurso, no.


El presidente Donald Trump llamando “virus chino” al COVID-19 y un ¿inocente? meme al respecto. Todo es mensaje

¿Cuál es el sentido de tanta desinformación? Pareciera que el aislamiento social provocó el tumulto virtual. Que los contenidos se viralizan con el mismo criterio que la enfermedad (ver nota) y que el pánico cunde en las calles y en los móviles. Y mientras más silencio hay en las primeras, más ruido en los segundos.

De un día para otro las redes tuvieron neumonía. Se colapsó la memoria de los celulares. Se congestionó whatsapp. Alertas mundiales pidieron bajar un poco los decibeles porque también iba a comenzar a fallar internet (¡Dios nos salve de tamaña calamidad!).

Y más siempre es menos. Y el camuflaje de las fake news las hace pasar desapercibida. Pero poderosamente influyente. El escritor israelí Yuval Harari, autor de Sapiens, valoriza sustancialmente el rol de la información en tiempos de aislamiento. En un reportaje que concedió a El País de España (via correo electrónico) subraya: ” Para saber cómo aislarte de una epidemia en particular, primero necesitas información fiable sobre sus causas. ¿La producen virus o bacterias? ¿Se transmite por los fluidos corporales o del aliento? ¿Pone en peligro a los niños o a los ancianos? ¿Hay una cepa o varias que han mutado?”.

Claro. El problema surge cuando no existe el trabajo de separar la paja del trigo y todo lo que llega a un número de whatsapp o se lee en twitter no tiene ningún filtro antes de ser reproducido. Porque lo que no es verdad puede propagar la enfermedad más rápido que el estornudo.

¿Quién gana con estos mensajes falsos? Pocos en términos de dinero, aunque hay algunos bulos que pueden ser generados para comprar más barbijos (por ejemplo) son los menos. Algunos tienen propósito manifiestamente político (el falso decreto del presidente Alberto Fernández sobre las prohibiciones del coronavirus confundió y provocó largas réplicas en las redes). Pero la mayoría solo busca el propósito de mantener a los lectores alertas, sumar retuit o “likes”. Tener protagonismo, ese mal tan conocido enfrentando hoy el anónimo aislamiento.

Siempre hay un interesado que puede viralizar un mensaje para encarecer un producto determinado o abrir la posibilidad de consumirlo. O para que la oposición cuestione o el oficialismo avale acciones de gobierno y hasta algún oportunista busque acomodarse. Todo puede ser. En México, por ejemplo, una cadena de whatsapp alertó sobre una “medida” de gobierno que consistía en rociar desinfectantes por ciertas ciudades durante la noche, desde un helicóptero, para que la gente no salga a la calle. Obviamente, es falso, un disparate. Sin embargo, fue una de las fake news más difundidas.

https://twitter.com/pajarocantor007/status/1241450445559795713

Son mensajes aceptados sin chistar porque la mayoría corrobora temores previos. El gran valor de una noticia falsa es que no es objetada por quienes ya tenían preconceptos al respecto. Porque después de todo, si una noticia confirma una sospecha, no hay razón para pensar que no es verídica.

https://twitter.com/Colcheck/status/1241769860050432002

Y reviralizarlos es una forma de desahogo también. “Mirá esto, estamos en este barco todos, te comparto lo que pasa porque es terrible”. Esa sensación de amenaza se afloja cuando depositamos en otros la noticia que provoca alarma.

Es tanta la confusión y la alarma que se reproduce que la OMS ha tenido que invertir buena parte de su esfuerzo en desmontar los mitos del coronavirus. Es decir, confrontar con datos reales las “verdades” indemostrables de esos mensajes. En medio de la pandemia, un trabajo adicional y tan necesario como las medidas preventivas de cada hogar.

No hay barbijo que detenga a las fake news. No hay antídoto contra la mentira en tiempos donde la verdad no importa.

Estamos a un estornudo de diseminar el coronavirus. Y a un clic de desparramar, sin piedad, el germen de la estupidez humana.

Para ninguno de los dos hay una vacuna efectiva.

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