RSE Un adefesio conceptual como herramienta de marketing
Un concepto particularmente indignante para el ideario liberal pulula en el mundo empresarial y académico: la “responsabilidad social empresaria”. Por empezar, ya el agregado del adjetivo “social” constituye una primera señal de alerta. Desde la icónica “justicia social” hasta la prosaica “garrafa social”, el añadido permite olfatear colectivismos a distancia.
El dislate es grave. Y lo es porque el argumento que suele utilizarse para justificar el requerimiento de tales acciones “caritativas o benéficas” por parte de las empresas, es que ellas deberían “devolverle” a la sociedad “algo” de lo que han ganado.

Desafortunadamente muchos degluten ingenuamente tal afirmación, con lo que terminan admitiendo una presunta “obligación moral” absolutamente aberrante.
Pues como con todo ímpetu y claridad explicara brillantemente Johan Norberg en una conferencia dictada en el Cato Institute, publicada bajo el título “Cómo los empresarios cambiaron al mundo”:
“¿Devolverle algo a la sociedad? ¡Como si el empresario hubiese robado algo que le pertenecía a la sociedad, lo cual ahora tiene que devolver! Las ganancias no son algo por lo cual nos tenemos que disculpar. Las ganancias son una muestra de que el capitalista le ha dado algo a la sociedad que esta aprecia más que la riqueza material que el empresario ha recibido.”
Por supuesto excluimos de estas consideraciones a los “pseudoempresarios” o como diría Gloria Álvarez, “empresaurios”, léase, aquellos que reciben privilegios gubernamentales de todo tipo, desgravaciones impositivas, aranceles a la importación -que excluyen la competencia y les permiten “cazar en el zoológico”-, créditos subsidiados bancados por los sufridos contribuyentes, y otras prebendas de similar tenor.
Pero también existen auténticos empresarios, a cuya labor dedicaron paginas brillantes Mises, Hayek, Kirzner, Lachmann, Schumpeter. Empresarios cuyos atributos esenciales -perspicacia, sagacidad, creatividad, tenacidad, resiliencia- han llevado a la humanidad a disfrutar hoy de un standard de vida impensable para los estratos más acomodados de la sociedad de hace 200 años atrás.
¿Y son los empresarios los que “deberían estar agradecidos”? ¿No será al revés?
Citando nuevamente a Norberg:
“Pienso que nosotros, como sociedad, deberíamos estar agradecidos con el empresario y con los hombres de
negocios por lo que ellos hacen. Los empresarios son los héroes de nuestro mundo —a pesar de los riesgos, el trabajo duro, la hostilidad por parte de la sociedad, la envidia de sus vecinos, y las regulaciones estatales, ellos
continúan creando, produciendo y comerciando. Sin ellos, nada estaría ahí.”
Tal vez lo más preocupante sea que ante el ataque colectivista implícito en ese reclamo de “responsabilidad social empresaria” dirigido a las compañías más exitosas, éstas han tenido que responder afirmativamente.
Por supuesto, lo han hecho como “estrategia de marketing”, pero ello no deja de implicar una abdicación.

Cuánto más sincero hubiera sido en cambio formular un aserto exclamando: “Señores, si hemos obtenido ganancias ha sido justamente porque hemos acertado, porque les hemos satisfecho sus necesidades y cumplido sus expectativas, porque les hemos brindado innovación y mejorado su calidad de vida. Fueron ustedes quienes con sus decisiones libres nos eligieron en las
góndolas del supermercado o en las vidrieras de los negocios. No les apuntamos con un arma para que compraran nuestros productos o adquirieran nuestros servicios. Si detestan que ello nos haya hecho exitosos, devuélvannos lo que compraron, pero nosotros nada les debemos.”
Y aquí llegamos a lo que a nuestro juicio es, en esencia, lo más grave del caso.
Los empresarios, de nuevo, los auténticos, de alguna manera claudicaron ante este clamor de “justicia social” impregnado de tufos socialistas. Y han implementado programas de “responsabilidad social empresaria”,
destinándoles tiempo, esfuerzo, oficinas, personal, acciones y presupuesto. Y a lo sumo han podido “capitalizarlo” como estrategia de marketing, a tal punto ha penetrado el colectivismo en el entramado de la sociedad.
En términos metafóricos, han desviado el curso de la bala, pero no la han neutralizado. Y al contrario, con cada acción, por mucha excusa de marketing que le pongan, adhieren sumisamente y ratifican una implícita confesión de culpa que no deberían de ninguna manera aceptar.



