Los derechos del hombre, de la Antigüedad a hoy

El estado y los derechos en la antigüedad y la contemporaneidad



En la Edad Antigua no existía el concepto de derechos individuales como lo conocemos hoy en día. Si bien tenemos un formidable período histórico para el conocimiento humano donde entre otras cosas se desarrolla el pensamiento político, con asiento en la Grecia considerada – no sin merecerlo- como “cuna de la civilización occidental”, resulta imprudente, anacrónico e impreciso sostener que en Atenas se hablaba de los derechos inalienables a la vida, libertad y propiedad para todos los hombres, reconocidos por ley e inviolables por el gobierno.

Sin restarle valor intelectual a los antecedentes y -parafraseando a Newton- a los hombros de gigantes donde se paran dignos sucesores, los derechos individuales de acuerdo a nuestro entendimiento actual son una contribución de liberales que vino más adelante en la historia, acompañada y profundizada por libertarios y objetivistas a partir del siglo pasado.


Pero aun sin un concepto tan vigoroso para respetar la esfera de acción individual y limitar el poder gubernamental, existe el pensamiento de que la Antigüedad no era un mundo de perdición para las libertades. Al contrario, personas y grupos gozaban de ciertos espacios ajenos a la voluntad de dominio estatal.

Al respecto, Germán Bidart Campos señala:

“Aun el estado absoluto del mundo antiguo, y el que fue su imitación resurgida en la época moderna, se despreocupaban de múltiples aspectos de la vida individual y social. Quizás no podamos afirmar que todo ese margen de actividades que el estado no reivindicaba para sí y que quedaba librado a los hombres y a los poderes sociales, fuera un ámbito de libertad jurídica o de derecho, porque el estado absoluto ignoró que existieran a favor del individuo limitaciones jurídicas para el poder político. Pero lo cierto es que ese remanente que él no absorbió para sí, quedó de hecho a cargo de otras fuerzas; y que aunque éstas no se le oponían invocando un status de derecho, o un derecho subjetivo, estaban allí, manejando determinadas competencias que al estado no se le ocurría asumir1.


El planteo no se explica a partir de un enfrentamiento de poder entre el celoso estado y la aguerrida comunidad en la cual esta última le marca los límites infranqueables al primero.

En ausencia de explícitas vallas, simplemente a la política no le interesaba meterse en ámbitos que bien aprovechados estaban en manos particulares. Pero eso cambiaría siglos después. Ciertos autores estudiosos de la Revolución Francesa, sean historiadores o filósofos, no la encuadran como un evento unidireccional basado en un conjunto singular de ideas, sino como un evidente quiebre histórico en cuyo seno destacaron distintas corrientes de pensamiento, dominantes en diversas etapas, hasta la consolidación de la más vigorosa: la jacobina

Encargados de llevar el Terror rojo a las calles francesas guillotinando contrarrevolucionarios, opositores y sospechosos, los jacobinos se impusieron y le dieron la peor dirección a la Revolución. Ese fue el marco para que se irguiera un poderoso estado represor, con la “salud pública” como excusa y la violencia como método de ejecución.

Sea que se clasifiquen etapas dentro de la Revolución Francesa, sea que se la conciba de manera uniforme, la intelectualidad no puede dejar de lado en su análisis el componente violento que se impulsó mediante el aparato público. Componente que no murió con la Revolución, sino que sirvió como modelo para los autoritarios de otras latitudes que vendrían a continuación.
Bidart Campos carga parte de la responsabilidad por el desmesurado incremento del poder estatal precisamente en la Revolución:

…en la plenitud de nuestra edad moderna, en parte con el impulso de la revolución francesa, el poder estatal ha acusado un crecimiento monstruoso, hasta el punto que aun los estados democráticos ejercen una extensión de competencias mucho mayor que los estados absolutos de la antigüedad. Quiere decir que no obstante la afirmación actual de que la persona y los nucleamientos sociales tienen “su” derecho por imperio del derecho natural, el poder político ha aumentado en cantidad. De donde, mientras el hombre y los grupos sociales ostentan un título jurídico para administrar su margen de libertad también jurídica, el área de competencias del poder político irrumpe sobre esa libertad, reduciéndola y controlándola2.”

Entonces, en la actualidad nos encontramos con un escenario renovado que, visto rápida y despreocupadamente desde una perspectiva jurídica, podría lucir mejor que el propuesto por el “antiguo régimen”, pero sobre el cual de recaer una segunda mirada- saltarán preocupantes alarmas.


Se piensa que las sociedades democráticas han superado cualitativamente a la polis griega y demás ciudades emblemáticas del pasado como la romana, porque reconocen más derechos y brindan más protecciones a su ejercicio, sobre todo teniendo en cuenta el antiguo esclavismo explícito (económica y filosóficamente justificado por hombres aclamados). Lo que, si bien en sí mismo pinta como un argumento considerable, no puede considerarse fuera de contexto, desprovisto de la contracara: el desproporcionado aumento del poder estatal, en medios y zonas de influencia otrora en poder de particulares, que pueden tornar los derechos en meros
permisos o licencias para actuar.

Hoy en día es una imagen común dentro de los estados occidentales, por ejemplo en los latinoamericanos, la burocratización extrema, el peso de las regulaciones sobre el sector privado, y la estatización de ámbitos que respondían adecuadamente desde la sociedad civil (y quizás por eso el estado decidió coercitivamente quedárselos). Un nivel de dominio que muchos en la Antigüedad no imaginaban ni tuvieron que soportar.
Si dan a elegir entre vivir en la Antigüedad y vivir en la Contemporaneidad, seguramente un gran número de votantes optará por la segunda, donde aparecen un liberalismo evolucionado en reconocimiento de derechos individuales, un capitalismo pujante en productividad material y avances científicos y tecnológicos, y una calidad de vida infinitamente superior aun sin lucir títulos monárquicos. Mas no puede dejar de atenderse el preocupante asunto del crecimiento del poder estatal que atenta contra los propios principios que edifican la civilización occidental liberal.

Karl Popper reconoció méritos en la democracia al permitir cambios sin violencia y remoción pacífica de gobernantes3. Pero cuando hablaba del marco institucional que repudia la violencia y de los checks and balances que fundaban la organización norteamericana, pensaba en algo similar a lo que nosotros identificamos como República.

La democracia sin el marco institucional republicano degenera fácilmente en la regla de la mayoría y el gobernante tiene vía libre para acumular poder desmedido. Es este marco que aporta la República el que otorga herramientas para -con mayor o menor éxito- mantener el poder a raya.

Por ende, un desafío impostergable para la filosofía política y la corriente jurídica liberal, será desechar lo malo de cada época y encumbrar lo bueno, llevándonos al siguiente nivel en experiencia de vida sin restricciones evitables y con frescas posibilidades de crecimiento individual, no estatal. Traducido en términos aquí enunciados: fortalecimiento de derechos individuales y límites al poder gubernamental; y rechazo a cualquier variante del estatismo que con máscaras -a veces solamente con antifaz- intenta reinventarse para ofrecer la misma coerción.

Referencias

1 Bidart Campos, Germán J.; Grupos de Presión y Factores de Poder, Editorial A. Peña Lillo, Buenos Aires,
1961, p. 33, 34

2 Ibídem

3 Suárez-Iñíguez, Enrique; Popper y su filosofía política, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales,
UNAM, Vol 37, No 150 (1992)

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