La rebeldía de Ayn Rand: celebrar la riqueza, rechazar el bien común

Las contribuciones de la filósofa Ayn Rand a la causa del liberalismo son enormes. La solidez de sus reflexiones sobre el capitalismo, los derechos individuales, el gobierno limitado, y las libertades políticas y económicas han vuelto sus libros una lectura obligada para todos aquellos que amamos la libertad, y sus frases e ideas han sido parafraseadas tanto por políticos como por empresarios de la talla de Paul Ryan o Mark Cuban, por citar apenas dos ejemplos.

En un artículo titulado “Ayn Rand and the Fight to Limit Government” (“Ayn Rand y la lucha por limitar al gobierno”) Don Watkins y Yaron Brook señalan cuatro principios emergentes de la gran obra randiana que a su juicio resultan esenciales. Si bien los autores centran su atención en los Estados Unidos, el análisis tiene validez universal. 

¿Cuáles son esas cuatro “lecciones” a tener presentes?

  1. Celebrar los negocios

Antes de que el gobierno empezara a intervenir en la economía por doquier, el sistema del libre mercado que reinaba en los Estados Unidos brindaba a los emprendedores vía libre para experimentar, innovar y competir. Este sistema fue lo que permitió que Estados Unidos se convirtiera en la “locomotora” del mundo.

Sin embargo, la opinión pública actual luce en general recelosa de los hombres y mujeres de negocios. Sobre todo aquellos que son extremadamente exitosos aparecen en el imaginario colectivo poco menos que como encarnaciones satánicas. Se los tilda de manipuladores, cínicos, codiciosos, inescrupulosos. Tal el discurso dominante y tales también sus caricaturas, que en consonancia con dicha imagen circulan con frecuencia en medios periodísticos y redes sociales.

Asi pues, visto y considerando semejante catálogo de vilezas, la única “solución” que se vislumbra es “controlar a los empresarios”. Licencias, regulaciones, inspecciones, restricciones.

Por cierto existen empresarios prebendarios, buscadores de privilegios, corruptos amigos del poder. Pseudoempresarios en realidad, porque los auténticos son verdaderos benefactores sociales. Como escribió Ayn Rand allá por 1961 al respecto, “el hombre de negocios es el gran libertador que en apenas un siglo y medio ha soltado a los hombres de las ataduras de un trabajo penoso que a cambio de  dieciocho horas diarias de trabajo solo alcanzaban a atender sus necesidades más elementales, los ha liberado de hambrunas, enfermedades, pestilencias, los ha sacado del estado de desesperanza y de terror en que habían transcurrido sus existencias hasta entonces, durante la era precapitalista, y en la que todavía habitan quienes todavía viven en sociedades no capitalistas“.   

Atacar a los empresarios es atacar al propio espíritu de un país. Por eso, primera premisa, en vez de vilipendiarlos, celebrar los negocios y aplaudir la empresa.

  • No disculparse por querer obtener lucro:

Detrás del ataque a los negocios se esconde el ataque al motivo que lleva a hacer negocios, esto es, el ánimo de lucro. Los sistemas educativos repiten hasta el hartazgo que ese deseo de obtener ganancias es fuente de conductas execrables, mentira, engaño, robo. La que en cambio suele aparecer “pura y bendecida” es la pobreza. 

Tremenda farsa porque tal como señala Rand una y otra vez, sobre todo en esa maravillosa novela que es La rebelión de Atlas, el lucro es la medalla por la producción. El lucro evidencia que efectivamente se ha acertado en satisfacer las necesidades y expectativas de nuestros semejantes produciendo algo que ellos estiman valioso. Un auténtico empresario (en un mercado libre de injerencias gubernamentales que le asignen indebidos privilegios), solo puede llegar a ser “rico” si es efectivamente elegido como tal diariamente en el mercado por todos aquellos que en ese plebiscito cotidiano adquieren sus productos o servicios. Y pueden dejar de hacerlo al día siguiente.

Ciertamente, si Steve Jobs se hizo rico, no lo logró “metiéndole la mano en el bolsillo” a sus clientes como un ratero vulgar. Lo que Steve Jobs hizo para hacerse rico fue “poner iPhones en el bolsillo de sus clientes”, que pagaron encantados por tenerlos.

El combustible del capitalismo no reside en las acciones de los Al Capone o de los Bernie Madoff que saquean a la gente. Reside en aquellos que han sido capaces de crear riqueza.

Como afirma el personaje de Hank Rearden en “La rebelión de Atlas”, teniendo en cuenta que su riqueza como industrial ha sido lógica consecuencia de intercambios libres, “Me rehúso a disculparme por mi habilidad, me rehúso a disculparme por mis logros, me rehúso a disculparme por mi dinero”

Dejemos de pedir entonces que los exitosos se disculpen por su éxito. Y dejemos de pedir disculpas por nuestros propios éxitos.

  • Huir de cualquiera que pregona el “bien común”.  

Aquellas personas que defienden el intervencionismo gubernamental pretenden frecuentemente  brindar sustento a su prédica apelando a la difusa noción de “bien común”. Concepto nefasto si los hay.

Y sobre ese concepto nefasto cabe sumar todavía algo más peligroso: defender al capitalismo como “el mejor camino para concretar el bien común” en lugar de hacerlo desde su única justificación legitima, que es que el capitalismo es el único sistema moral, porque es el único que basa sus premisas en el derecho de cada individuo a conducir su propia vida, ejercer su libertad y buscar su felicidad. Nada de ello tiene que ver con ningún derecho colectivo ni “bien común”. 

Es imperativo deshacernos de la idea de que los individuos existimos para servir a algún tipo de objetivo social de orden “superior”. Ningún individuo ha de ser víctima sacrificial. Cada individuo es dueño de su vida y, por ende, un fin en sí mismo.

  • Rechazar los mecanismos de “redistribución” de la riqueza

Es este uno de los segmentos en que Rand se muestra particularmente rotunda. Por supuesto, en una sociedad capitalista, los individuos son libres de usar su dinero para ayudar a los demás si lo desean con lo que estarían de alguna manera “redistribuyendo riqueza”. Pero cuidado. La necesidad de esos semejantes no les otorga “derechos”. Porque ello implicaría una autorización a avasallar paralelamente los derechos de su prójimo y transformarlo en su siervo.

Pero hay más aún. Y es que si asignamos a alguien, burócrata o entidad, el poder de “redistribuir” riqueza, sacando a unos para darles a otros, la pregunta inmediata que surge es: Entonces, de quién es la propiedad? Ya no lo sería del “saqueado”, obviamente, sino del burócrata, del estado, del gobierno … Y en esto no habría diferencia alguna con un sistema comunista que ha abolido la propiedad privada. Podrá ser, en todo caso, una mera cuestión de grado, pero el principio es el mismo. 

A modo de cierre.

Para concluir, parafraseando a nuestra “filósofa del día”, debemos luchar por el capitalismo, pero no por meras razones prácticas o económicas, sino por su fundamento y raigambre moral.

La típica dicotomía que reina hoy en la sociedad señala que “el colectivismo es un ideal de bondad, solo que impráctico”, en tanto que “el capitalismo logra sus objetivos, pese a su “inmoralidad””. Tal cosa es una falacia de punta a punta y como tal debe etiquetársela con todo énfasis. No se trata de elegir entre lo práctico o lo moral, porque tal disyuntiva no existe. El capitalismo es práctico, por cierto. Pero además es moral. Y es el único sistema moral.

La defensa de la libertad no admite “medias tintas”. Y en tal sentido, desde la perspectiva moral, Rand nos proporciona “munición gruesa” para defender el capitalismo, defensa que en última instancia apunta nada menos que a proteger nuestra libertad. Leámosla, y releámosla. Seguramente nos dejará un pequeño John Galt alojado para siempre en un rincón de nuestro corazón.

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