La próxima vez que tengamos en las manos un as de pica…

Uno de los episodios más pintorescamente representativos de la historia de la desigual lucha entre el poder de coacción impositiva estatal y la búsqueda de escapatorias por parte de los individuos es el que tuvo lugar en Inglaterra a partir del descubrimiento, por parte de los gobernantes, de que a la gente le gustaba jugar a las cartas. Y que por ende, la gente compraba barajas.

Despierta así la codicia fiscal, y con la sagacidad expoliatoria que caracteriza a quienes ocupan augustos sitiales en el aparato gubernamental, astutos legisladores del siglo XVI resolvieron decretar el “impuesto a la baraja”. (esto aconteció, con más precisión, en 1588, pleno reinado de James I Stuart). Así, pues, los fabricantes de barajas tuvieron que sumar a su plan de negocio el trámite de obtención del preciado sellito que acreditara el pago del impuesto. (impuesto que por cierto fue aumentando significativamente con el curso de los años). Pero la historia continúa.

Hasta 1718, el famoso sellito podía colocarse en cualquier carta. Pero a partir de una nueva regulación de esa fecha los legisladores -como siempre enfocados en los asuntos más acuciantes para la protección de los derechos y la consecución de la paz mundial- estipularon que el sellito no podía ponerse en cualquier carta, sino que debía ponerse obligatoriamente en el as de picas (“ace of spades”, habrán dicho). En 1765, además, se estableció para el As de Picas un diseño uniforme y, por supuesto, obligatorio. 

Pero tampoco se detuvieron allí los desatinos. Pues abiertas las compuertas a la avidez regulatoria, el gobierno estipuló entonces que los fabricantes sólo podrían producir legalmente todo el resto de las cartas, pero no el as de picas, que habría de comprarse a la única empresa habilitada a tal fin, que era la de Perkins and Bacon. Con ello, el procedimiento de fabricación de una baraja se tornó en un intríngulis logístico total, porque los productores tenían que llevar los juegos a la sede “habilitada”, añadiendo un naipe en blanco para ser estampado en cada uno, naipe que después era formalmente adquirido con su correspondiente sellito de “impuesto” (impuesto que llego a representar hasta doce veces el costo de producción de los juegos completos más económicos), y recién allí se completaba el conjunto y Perkins Bacon “cerraba el envoltorio”.

Ante tal atentado a la lógica más elemental de producción, la falsificación advino como obvia alternativa. Y ello a pesar de los riesgos involucrados, ya que los bondadosos legisladores habían estipulado que la falsificación de los sellitos sobre los ases de picas conllevaría nada más y nada menos que la pena capital. De hecho tal la suerte que corrió en 1805 Richard Harding, que cometió la imprudencia de imprimir las falsificaciones con planchas de madera (de menor nitidez de impresión que las oficiales) y terminó efectivamente en la horca.

Pero a pesar de los riesgos, la búsqueda imperiosa de evadir toda esta ridiculez a gritos quedó registrada en la revista Sporting Magazine de 1805, en la que se da cuenta de la existencia de vendedores de ases falsos en paquetes por docena. Incluso se dice por allí que a un detenido se le incautaron 100 docenas de ases de picas falsos. Casi podemos escuchar a esa especie de “arbolito” anunciando “Ases de picas, ases de picas, complete su baraja, ases de picas por docena” …    

Afortunadamente, poco a poco, y sobre todo con la explosión del pensamiento y el desarrollo de instituciones más liberales que tuvo lugar en Inglaterra a partir del siglo XIX, las mentalidades fueron cambiando, y paulatinamente, los impuestos bajaron a 3 peniques, luego se permitió a los fabricantes imprimir sus propios diseños, y en 1960, finalmente, la tasa sobre el as de picas fue abolida.

Pero lo que sí ha perdurado es la costumbre de decorar especialmente esa carta, costumbre que “debemos” a un conjunto de legisladores realmente “inspirados” en hacer la vida difícil a los jugadores de cartas, desde 1588.     

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