La pandemia más difícil de controlar es la del miedo

Ultimo parte desde el frente de Madrid

El gobierno de coalición español, liderado por Pedro Sánchez, se siente bien preparado para afrontar la crisis desatada por la epidemia global y se lo percibe seguro ante los datos alarmantes del coronavirus que por estas horas golpea con fuerza particularmente en la Comunidad de Madrid. “Unidad, responsabilidad individual y disciplina social” es lo que ha pedido a todos los ciudadanos de este país de cuarenta y seis millones de habitantes, donde se contabilizan (al día de hoy) más de 3000 contagios y 84 muertos. Un contundente paquete de medidas sanitarias, sociales y económicas -que suponen inyectar 14 mil millones de euros por parte del Estado- dan respuestas claras a muchas de las dudas que habían surgido en las últimas semanas ante la expansión del virus.  España se ha desmarcado desde el primer momento de algunas decisiones tomadas en otras regiones de Europa, aunque alineándose con las recomendaciones sanitarias que intentan coordinarse desde Bruselas

El enorme impacto negativo que supuso la crisis sanitaria en Italia ha generado experiencias tóxicas que no quieren que se repita en la península ibérica. 

Mucho tiene que ver en esto la sociología y la psicología de masas. Ante el horror antropológico a lo desconocido no es igual cómo reacciona un chino que vive en un país comunista a un italiano que goza de un gusto por la libertad individual casi anárquico.

La percepción de alarma e inseguridad cambian según la sociedad en la que se viva.

Más allá de lo que la ciencia está haciendo para enfrentar al covid-19, la clave es cómo se comunica y la credibilidad que se tiene al hacerlo. La información básica, con toda la resaca de bulos que arrastra, el público ya la conoce antes de que una alta autoridad aparezca leyendo su discurso escrito. Los grandes medios de comunicación tienen por ello una responsabilidad social que en estos días bien puede calificarse de vida o muerte… Las filtraciones sobre que se iba a “cerrar” el norte de Italia provocó una estampida con las consecuencias que toda estampida tiene. La gente asustada hace colapsar los servicios sanitarios y es esa, en todas partes, el eslabón más frágil de la cadena, pues tienen límites muy poco flexibles.

Volviendo a España, una vez más los dirigentes de la comunidad política parecen mostrarse a la altura de las circunstancias, dando apoyo y consenso a las medidas que se van adoptando desde el gobierno, que a su vez da prioridad a los consejos de especialistas y expertos en manejo de crisis. Quien hace de voz autorizada para informar hora tras hora es el Dr. Fernando Simón, un alto funcionario del Ministerio de Sanidad muy bien considerado por sus pares dado el gran conocimiento acumulado en otras crisis sanitarias. Ya le ganó, años atrás, la batalla al ébola y el zika. Con claridad expositiva y empatía logra dar mensajes certeros y creíbles sin desatar alarmismos inútiles. 

La pandemia más difícil de controlar es la del miedo y este circula a sus anchas por los sensibles circuitos financieros: por estas horas las bolsas europeas (al igual que las de Asia) incluyendo el Ibex 35 se hunden estrepitosamente. Ya se han vivido jornadas que son las más negras de su historia, a pesar de los estímulos anunciado por el Banco Central Europeo. Se critica el desconcierto en Bruselas y la falta de anticipación ante lo que se aproximaba. En vez de alentar la tranquilidad y el sentido común, se optó -tarde y mal- por tomar medidas que hoy ya se perciben poco eficaces.

Cristina Lagarde recibe críticas de todas partes y no es improbable que sea una de las victimas laterales que se cobre el Coronavirus. Tampoco Angela Merkel estuvo muy afinada al pronosticar a sus connacionales (tras un mutismo de varias semanas) que tres partes de su territorio quedaría “infectado”… Los alemanes, aunque vivan en libertad, son tan obedientes como los chinos pero ya se sabe lo miedosos que son los agentes financieros. Los operadores calculan que ya se está entrando en un colapso de la economía global como el de 2008.

Al español podría colocársele –desde un análisis de mentalidades- entre la de los alemanes y los italianos: son bastante respetuosos de las normas y aunque aman la vida social atienden las consignas que se les da. En las grandes ciudades ya son muy pocos los que se mueven de sus casas. Muchos bares y restaurantes han cerrado al ver que la afluencia de los habituales clientes menguó drásticamente.

Es que en numerosas empresas y negocios se decidió pasar al trabajo “telemático”. Ya no hay reuniones de trabajo ni atención al público si puede hacerse por internet. No hay clases en escuelas ni universidades. Niños y adolescentes, aunque se sienten bien y se aburren son anoticiados por los noticieros del esfuerzo que la sociedad les pide: no salir innecesariamente para evitar que la población de riesgo -los mayores de 65 años que en España representan el 18% de la población total- se contagien, puesto que son los que también presentan mayor fragilidad al sufrir en muchos casos patologías previas. El turismo sufre un parate preocupante. Llegados a este punto ahora está en manos de la sociedad española que el nuevo virus – poco letal pero muy contagioso- no se propague en exceso como sucedió en Italia; ni que el excesivo temor de los agentes económicos haga tambalear como en otros países la salud de su calidad de vida.

Una reflexión final: los historiadores tenemos muy claro que cada tanto la humanidad toma conciencia de su finitud… y entonces, en comunidades que se sienten inseguras, suenan todas las alarmas con consecuencias impensadas. El célebre escritor y psicoanalista junguiano Luigi Zoja -en un libro que recomiendo mucho leer en estos tiempos de reposo hogareño: “La locura que hace la historia”- nos recuerda con muchos ejemplos que la paranoia no es una enfermedad mental, sino una reacción desproporcionada ante la eminencia de una amenaza contra la propia existencia. Y que cuando se hace colectiva se produce una pandemia del miedo de ribetes apocalípticos donde no pocos manipuladores sacan provecho…

Ya sabemos lo que sucedió hacia el año mil de nuestra era cuando según algunos exégetas improvisados de las sagradas escrituras la humanidad escucharía las siete trompetas del Apocalipsis… Intentemos evitar ser intoxicados por estos milenarismos contemporáneos que son del mismo cuño, aunque no se propaguen desde un lúgubre púlpito sino desde rutilantes e inescrupulosos mass media. 

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