Juguemos con los protocolos, mientras el virus no está: ¿Covid está o no está?

LA PANDEMIA AÚN NO HA TERMINADO, PERO TODO SE HA RELAJADO

La farsa de los protocolos sanitarios

El mundo vive instancias bastante inusuales. La sensación de transitar una etapa superada convive con los temores vinculados a la posibilidad de un nuevo rebrote que obligue a reinstalar restricciones. 

Todo hace pensar que lo peor ya ha pasado. El primer año fue casi a ciegas, con escasa información y tiempos plagados de incertidumbre, con tratamientos experimentales y poca casuística, siempre esperanzados con las investigaciones que derivarían en el nacimiento de las primeras vacunas. Fueron épocas de cuarentenas feroces, regulaciones de todo tipo, limitaciones a la libre circulación e intentos autocráticos inaceptables. Los gobiernos se tomaron atribuciones injustificadas pisoteando absolutamente el marco jurídico vigente y convirtiendo a la Constitución en letra muerta.

Eso pasaba no solo con la complicidad de una sociedad asustada ante lo desconocido, sino también con la anuencia explícita de millones de seres humanos clamando por un poder centralizado que se ocupe de todo poniéndose al mando e imponiendo su criterio de una manera unilateral.

Esa ilusión sobrevivió una temporada. Pronto, casi todos se dieron cuenta de que el omnipresente Estado no tenía el talento para resolver nada. No fueron eficaces en lo esencial. El sistema de salud estatal colapsó en varias ocasiones y su histórica incapacidad e improvisación se hicieron presentes. La economía se resintió como nunca y los programas de ayuda solo generaron inflación, distorsiones crecientes e injusticias de toda clase.

La discrecionalidad le ganó a la sensatez y pagaron justos por pecadores.

Luego fue el turno de la ciencia. Los errores y la experiencia dieron paso a la mejora en los modos de administrar salud y contener el embate de esta enfermedad inesperada. Los laboratorios hicieron su tarea y emergieron diferentes alternativas de inmunización.

La ansiada vacunación se abrió paso y ahora, unos cuantos meses después, buena parte del planeta dispone de vacunas para la población de riesgo. A estas alturas no están vacunados aquellos que decidieron no hacerlo y algunos grupos que no pudieron por circunstancias coyunturales muy particulares. Con la reducción de contagios y una merma significativa en la mortalidad a partir de la relevante cantidad de personas inoculadas, apareció una suerte de laxitud en las conductas cotidianas que se expande día a día.

Las explicaciones son probablemente múltiples. Al agotamiento social de los largos confinamientos se le agregó la necesidad de restablecer los vínculos perdidos y recuperar la anhelada libertad.

Algunos creen que este descuido global es la antesala de un nuevo problema que se empieza a asomar. De hecho, muchos afirman que la estacionalidad de esta dolencia hará que el invierno haga su labor complicando la situación de varios países. Lo que ahora sucede en Europa podría ocurrir en el hemisferio sur en el próximo semestre. Suponer que eso es imposible es jugar a la “ruleta rusa”. El asunto merece al menos ser analizado para identificar un eventual impacto, y por lo tanto prepararse adecuadamente para ello.

No se pueden patrocinar cierres ni intervenciones estatales. Las soluciones siempre deben provenir de la gente, de la sumatoria de actitudes individuales y con una impronta de racionalidad que minimice lo emocional.

No se trata de paralizarse ante el miedo, o de no tenerlo, sino de actuar en base a lo que ya se sabe. El coronavirus no se extinguió, al menos no aún. Es vital estudiar las cifras con inteligencia. No es bueno subestimarlas ni tampoco caer en la trampa de magnificarlas.

En ese contexto, el mundo ha decidido establecer una absurda pantomima. Por un lado, los gobiernos eliminan la obligación de usar barbijos al aire libre, habilitan lugares de reuniones con aforos, mientras continúan exigiendo ciertas normativas para determinadas actividades. Las personas hacen lo que pueden, fieles a sus creencias. Algunos se protegen como si nada hubiera cambiado, mientras otros abandonaron las precauciones, convencidos de que la tempestad está en completa retirada.

En realidad, cualquier decisión individual que no afecte a terceros debería ser actCeptada. Después de todo esto depende del fuero íntimo de cada uno. Cuidarse es una potestad, no hacerlo también. Lo ridículo es simular y por eso no se entiende que los protocolos sigan allí solo aportando burocracia para luego no cumplirlos. Se ha instaurado una enorme parodia amparada en la nefasta alucinación que aspira a tranquilizar conciencias. No se asiste a una verdadera política preventiva ante la enfermedad, sino a una gigantesca estafa intelectual. Los gobernantes instrumentan exigencias para el ingreso a su territorio, las provincias articulan una vigilancia epidemiológica con gran despliegue y hasta las instituciones públicas y privadas han optado por usar mascarillas, mantener la distancia, promover los espacios ventilados y tomar temperatura en sus accesos. De nuevo. No está mal hacerlo. Si esto es parte de las profundas convicciones es totalmente válido. Lo demencial es implantar una situación irreal que simula cuidados que en realidad no se tienen.

Va siendo hora de que la ciudadanía reflexione al respecto. Es saludable dar el debate, tomar posición y evolucionar en ese devenir cambiando de perspectivas. En cualquier caso, sería bueno transparentar todo y hacerse cargo de las decisiones que se toman y, obviamente, de las irremediables consecuencias que cualquier opción trae consigo. Sincerarse parece la mejor alternativa. El cinismo cívico no se constituye en un atajo viable. Bajo ese paradigma todos podrían vivir en pleno acuerdo con sus visiones sin tener que forzar posturas artificiales haciendo aquello que no encaja con su propia percepción de los acontecimientos contemporáneos.

Articulo publicado en El Litoral

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