Dos años después, el presidente alterna entre el silencio en crisis y el histrionismo festivo que solo parece entusiasmar a sus fanáticos. En un país con pobreza persistente, educación en declive y emergencias ignoradas, la frivolidad presidencial recuerda al menemismo y evade la rendición de cuentas que los argentinos merecen.

Milei tiene fama de disruptivo, pero, luego de dos años, podemos constatar que se comporta como un político argentino más. Cuando siente que le va bien es histriónico y canta con el Chaqueño Palavecino o da ese espectáculo lamentable con Fátima Flores.
Cuando tuvo momentos malos, se mantuvo en segundo plano. El tema es analizar si, cuando muta en showman, obtiene beneficios en términos de opinión pública. Yo creo que no, que cuando hace eso le habla a los fanáticos y nada más.
En Argentina hay mucha gente que la pasa mal y no le cae simpático que el presidente ande de fiesta. Hubiese sido más edificante que estuviera en la Patagonia, que está sufriendo incendios, y que explicase cuál es su política frente a este problema medio ambiental.
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Hay algo frívolo que emparenta a Milei con Menem, y nunca está de más recordar que Menem era el rey del mambo y terminó, de anciano, en el Senado para tener fueros y no ir preso.
Argentina tiene siempre el problema del exceso. Milei siente que sus veleidades artísticas son de interés público y solo las oculta cuando aparecen problemas. El otro tema es qué significa que te vaya bien en Argentina como para considerar que el presidente haga un tour artístico de verano.
Argentina sigue siendo un país con infinidad de problemas como para considerar que va todo bien. La pobreza sigue siendo enorme, la educación sigue en declive, la seguridad sigue siendo una preocupación, la corrupción no se ha erradicado. Comparar a Argentina con cualquier país mínimamente desarrollado sigue siendo un disparate, aunque nos hayamos salvado de otro gobierno kirchnerista.

Milei ganaría mucho si adoptara una postura humilde y de comprensión de los problemas de los argentinos. Otra cosa que trae recuerdos del menemismo es pensar que los problemas desaparecen si no se los nombra. “La realidad ignorada prepara siempre su venganza”, decía Ortega y Gasset, y es una frase que vale para todos.
Además, conlleva una gran irresponsabilidad de los gobernantes creer que los problemas dejan de existir si no se los menciona. En Argentina, el gobierno habla de economía y apenas menciona otras cuestiones.
Uno entiende que la economía era una bomba a punto de explotar luego de Massa, pero ya pasaron dos años y ya es tiempo de hablar de todos los temas.
Por alguna razón, seguramente adjudicable a Milei, los ministros no hablan, de modo que solo habla Milei, que solo habla de economía, y el resultado es que la imagen que queda es el presidente cantando y la Patagonia incendiándose.
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Nunca los gobernantes tienen que pensar que les va bien. El gobierno no es una competencia y los problemas aparecen y subyacen, y es deber de los gobernantes abordar y explicarles a los ciudadanos qué está haciendo en cada área. Hay muchos ejemplos, y el de los jubilados con aportes es uno de los más claros.
La situación es malísima para ese sector y nadie explica cuál es la política para gente que la está pasando muy mal. Dos años es un tiempo prudencial para los diagnósticos. El gobierno debe instrumentar un mecanismo de explicaciones de políticas.
Finalmente, se trata de rendir cuentas ante la gente, que es la que delega el poder a los gobernantes.



