19/05/2026

Falacia de la “Ventana Rota”: el engaño que justifica dos siglos de destrucción estatista

Frédéric Bastiat lo analizó con claridad cristalina en 1850. Lo que “se ve” —el empleo del vidriero— oculta siempre lo que “no se ve”: la riqueza destruida, las oportunidades perdidas y el futuro que nunca nacerá. Esa miopía sigue siendo la base intelectual de todo intervencionismo, del keynesianismo al chavismo. Hoy, como entonces, romper ventanas no genera prosperidad: solo desplaza pobreza y la multiplica.

En un pueblo francés del siglo XIX, Frédéric Bastiat, el liberal más clarividente de su tiempo, publicó Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas. Contaba la historia de un niño que rompe el cristal de una panadería. Los vecinos, optimistas de salón, celebran: “¡Qué bien para el vidriero! Habrá trabajo, circulará dinero”. Eso es lo que se ve.

Bastiat señala lo que nadie quiere mirar: con el dinero que el panadero paga al vidriero, ya no podrá comprar el traje nuevo que pensaba encargar, ni el libro, ni invertir en su negocio. El empleo del vidriero no es ganancia neta; es mera transferencia. La destrucción no crea riqueza, solo la desplaza y, sobre todo, destruye la riqueza futura que nunca nacerá.

A esa miopía Bastiat la llamó falacia de la ventana rota. No es un error inocente: es la madre de casi todos los disparates económicos intervencionistas. Porque el costo de oportunidad —ese fantasma invisible que Hayek y los austriacos precisarían después— siempre acecha. Cada recurso usado en A no está disponible para B, C o Z. Y la sociedad, en su conjunto, sale perdiendo.

«Lo que se ve y lo que no se ve». Esa distinción sigue siendo letal.

Los ingenieros sociales de izquierda llevan dos siglos rompiendo ventanas a escala continental y exigiendo que aplaudamos al vidriero estatal. Expropian, regulan, suben impuestos, inflan la burocracia, “estimulan” con gasto público. Se ve el empleo del funcionario, la ONG subvencionada, el subsidio que llega al votante, el hospital público inaugurado con bombo y platillo. No se ve el capital privado devorado, la innovación estrangulada, las empresas que nunca nacen, los empleos productivos que se evaporan.

En Venezuela la ventana rota se hizo añicos continentales. Expropiaciones “para el pueblo”, fábricas entregadas a “colectivos revolucionarios”, precios “justos” decretados. Se vio la fiesta inicial de empleos públicos, misiones, subsidios y propaganda. No se vio, hasta que ya era tarde, el colapso de la producción, la huida de talento, la destrucción de capital humano y físico. Hoy rebuscan en la basura mientras los jerarcas chavistas-maduristas presumen de “logros sociales”. La falacia convertida en hambruna nacional.

La redistribución masiva funciona exactamente igual. Cada euro o bolívar que el Estado arranca al sector productivo para dárselo a su clientela política es un cristal roto. Se ve la ayuda, el “empleo verde”, la cuota de diversidad obligatoria. No se ve el médico que cierra su consulta por impuestos confiscatorios, el ingeniero que emigra, el emprendedor que desiste. La miseria futura se acumula en silencio, como interés compuesto del desastre.

Las ONG y la burocracia “social” son la versión moderna y sofisticada de la misma estafa visual: miles de puestos bien pagados, informes, talleres de sensibilización y “lucha contra” esto o aquello. Se ve el activismo moralizante. No se ve el capital que nunca se invirtió en fábricas, el crecimiento que nunca llegó, la dependencia que se cultiva como droga de Estado. Generan pobreza estructural mientras se autoproclaman salvadores.

El socialismo, en todas sus variantes, es un festival permanente de ventanas rotas. Cree que puede crear riqueza destruyendo los incentivos, que puede generar orden rompiendo la coordinación espontánea, que puede fabricar prosperidad asesinando el futuro invisible. Cada vez que un igualitarista de salón grita “¡Hay que gastar más en lo social!” está, literalmente, celebrando al niño con la piedra en la mano.

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