16/04/2026

El mundo en modo “cambio de época” y donde podría insertarse Argentina

En un mundo que transita del hiperglobalismo a la competencia feroz entre superpotencias —como expuso Marco Rubio en Múnich—, donde el viejo orden de reglas multilaterales cede paso a guerras comerciales, tecnológicas y de poder duro, Argentina debe posicionarse con pragmatismo: equilibrar su creciente vínculo con China, un posible TLC con EE.UU. y el acuerdo Mercosur-UE, mientras la industria local se prepara para competir globalmente sin ideologías extremas que frustren el futuro.

Previamente al debate interno, y al tan esperado consenso político mínimo resultante, acerca de nuestro histórico dilema de cuanta apertura o cerrazón económica relativa es conveniente para nuestro país; parece lógico un breve y elemental análisis previo del contexto internacional, más aún en una actual dinámica de una necesaria mayor apertura económica de Argentina 🇦🇷, en un clima externo de un creciente proteccionismo comercial. Pero, también ambos puntos de partida (una argentina cerrada y un mundo híper globalizado) pueden encontrar convergencias.

La reciente exposición del secretario de estado de los EEUU, Marco Rubio, en la conferencia anual de seguridad mundial en Munich, enfatizó la idea de un rápido ingreso a una nueva era geopolítica global”, a un “cambio de época”; desde un viejo mundo, que estuvo basado en las reglas de las organizaciones internacionales creadas a mediados del siglo pasado, después de la Segunda Guerra Mundial.

Pasando ahora a un “nuevo mundo”, basado en los resultados de la puja de los poderes relativos de las dos grandes superpotencias actuales: los EEUU y China. Se suceden, en lugar de las anteriores “grandes guerras” militares, una sucesión de “guerras comerciales, tecnológicas, financieras y geopolíticas”. Ya se está transitando un rápido pasaje, desde aquel mundo híper globalizado a otro de un rápido reordenamiento, con las lógicas tensiones de la competencia de los “poderes geopolíticos duros”, al decir de Francisco de Santibañez, de ambas superpotencias.

Finalizó el llamado “fin de la historia”, esbozado por Francis Fukuyama a fines del siglo pasado, de un mundo de mayorías de democracias plenas, con comercio libre y con diplomacias relativamente eficaces. Marco Rubio convocó a Europa a una restauración de la “civilización de occidente” ante el “efecto global China”. Dijo que muchos países de oriente “no jugaron limpio” con las reglas híper globales.

Cerraron sus importaciones, copiaron la moderna tecnología sin afrontar los derechos internacionales de investigación y desarrollo, protegieron sus mercados internos, aún a costa de crear solo muchas empresas rezagadas; pero practicaron agresivas estrategias de exportaciones, con base en bajos salarios y condiciones de trabajo absolutamente informales. Justo es decirlo, ello también “encandiló” a occidente. Incluso “ese modelo” habría sido inevitablemente muy “mal copiado” por muchos países de otros continentes, llamados “en vías de desarrollo”, lo que provocó, de hecho, una acentuación de su subdesarrollo.

Además, dijo que simultáneamente occidente se auto impuso el desarrollo de “energías limpias” y renovables frente a competidores con petróleo crudo, gas y carbón no renovables; asimismo, asumió el respeto al “cambio climático” y la aceptación de masivas migraciones de oriente, que luego quieren imponer sus culturas originales en los países que los reciben.

Invito a Europa a dejar de asistir solo a una “declinación administrada” de la cultura occidental y acompañar a los EEUU en no temer a un ineludible futuro compartido, sin miedos, culpas ni vergüenza, afrontando a los desafíos de la competencia global en la transición energética, del cambio climático, de la revolución tecnológica, de la inteligencia artificial, etcétera.

Europa que, en su conjunto como Unión Europea es la tercera superpotencia, tendrá que asumir un renovado rol ante la invitación de los EEUU, acerca de cómo enfrentar a los llamados “precios China”. Ambos (EEUU y Europa) saben que ya no alcanza con las barreras de los aranceles de protección a la importación de China, porque ellas deterioran la imprescindible productividad.

La respuesta de la política occidental de comercio exterior debe ser, necesariamente, mucho más estratégica. Con agregados de valor económico industrial y de servicios modernos, con cadenas productivas cortas y cercanas de suministros. Como dice el analista Dani Roddick, Europa debe tener una nueva visión y seguirla con confianza, audacia y valentía.

En ese tenso contexto mundial de cambio de época, nuestro país, aún cuando sea solo el 0,5% del PIB global somos parte de ese tablero internacional”, debe ampliar, con pragmatismo, el pensarse a sí mismo donde pretende (y puede) encajar en esa nueva lógica de alianzas y bloques globales.

Las oportunidades nuevamente están: simultáneamente un creciente comercio exterior de hecho con China; un tratado de libre comercio con los EEUU y un tratado del Mercosur con la Unión Europea.

Debemos asumir el “riesgo geopolítico” con una agenda propia, pero que inevitablemente debe ser convergente con esas agendas globales. Los sectores son alimentos, energía, minerales, economía del conocimiento y, donde se pueda incorporar, seguramente en el ecosistema de la región latinoamericana, el comercio de las industrias y los servicios.

El presidente de la UIA, Martín Rappallini, presenta dos desafíos ineludibles de la industria argentina, ambos más de corto que largo plazo: 1) ir hacia los precios y las calidades internacionales y 2) para ello, la re industrialización debe ser confiable y eficiente en términos globales, para insertarnos en el medio de la dura rivalidad geopolítica y comercial de los EEUU y China.

A su vez, nuestra convergencia competitiva internacional tendría 4 dimensiones: a) la equidad fiscal, llamada internamente la “cancha nivelada”, con impuestos similares a los internacionales y la prevención de dumping; b) tasas de interés competitivas y herramientas modernas de financiamiento; c) disponer de infraestructura física y logística adecuada, con el fomento de nuevas tecnologías y d) la modernización del marco laboral, con mejores condiciones de trabajo y salarios que sean derivados, en una mayor medida, de más eficiencia y productividad de los trabajadores.

Si no lo hacemos razonablemente bien, sin estridencias ideológicas extremas, el pasado, una vez más, puede regresar a nuestro siempre fugaz y frágil presente; dejando, también siempre por delante nuestro proclamado venturoso futuro argentino.

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