El miedo mató la libertad y ahora reina el colectivismo sanitario

El colectivismo sanitario y el sacrificio del individuo

¿Cuál es el precio de eliminar la libertad y adoptar el miedo como modo de vida? Es quizás una de las preguntas más sencillas de responder: donde no hubo libertad, los colapsos han sido inevitables.

El ya conocido colectivismo encontró en la pandemia un amigo invisible perfecto, el justificativo para poder implantar el miedo y consolidar sus pilares teóricos tan fatídicos pero necesarios de analizar para comprender la realidad del proceso. Esta es quizás una de las enseñanzas más importantes que la lectura de Von Mises nos permite encontrar: al socialismo y al colectivismo hay que estudiarlos crítica y fríamente para poder desarmar su discurso. 

El 20 de marzo la Argentina se encontró de nuevo en su historia viviendo un escenario cargado de efervescencia y la ya muy conocida convulsión tribunera que alimenta los sentimientos de la crispación y el ideal heroico ante cualquier circunstancia que a la realidad convenga. No por nada durante los primeros días se instaló esa quizás errada idea de malvinización del coronavirus dado los tonos y formas que el gobierno usaba.

De repente, el gobierno se mostró como el único capaz de poder y deber defender la vida de los argentinos ante un “enemigo invisible” que nos iba a disputar una “guerra” en nuestro territorio. 

Faltando el respeto a las víctimas que habían empezado a sumarse en el mundo, el coronavirus en Argentina fue presentado de forma exitista y con una lógica política. A partir de ahí, la estrategia del gobierno fue propagar mucho más rápido el terror utilizando el miedo como insumo de la política y anexar el éxito de su gobierno a los resultados de la cuarentena.

De la noche a la mañana se desdibujó el sentido común por terror al contagio: comenzamos a ver cómo algunos intendentes de la Provincia de Buenos Aires cortaban los accesos a sus localidades; vimos cómo una considerable masa de argentinos aclamados por el calor de la pasión bélica de cartón aplaudían cuando el presidente insultaba por cadena nacional a quienes no respetaban la cuarentena o nos acostumbramos a ver inundadas las redes sociales de todo tipo de amenaza, empoderamiento de denuncias a civiles y campañas de terror contra el Coronavirus.

El aparente triunfo del colectivismo sanitario fue que en Argentina la sociedad prefirió el miedo antes que la educación y la conciencia.

Eligió la tan conocida tendencia del gobierno fuertemente centralizado con un poder casi sin límites que funcionaba para mantenernos con vida. De alguna manera, ahora todos estábamos vivos gracias al Estado y cualquier cosa estaba justificada.  

De más está decir que sobra la experiencia y la evidencia empírica a lo largo de la historia para comprobar que la conjugación del miedo, de la efervescencia y el poder fuertemente centralizado derivó en los hechos más trágicos: El Colectivismo como sujeto histórico abarcó tanto al totalitarismo de Lenin y Stalin; al Fascismo Italiano de Mussolini como así también a la Alemania Nazi de Hitler. Casualmente, estas tres expresiones aunque con características propias, persiguen la idílica idea de que el individuo sobrevive gracias al Estado y que hay un enemigo que viene por todos.

En ese manto de terror y poder del gobierno, la Argentina se acostumbró a que el Congreso Nacional deje de sesionar de forma presencial o que la Justicia Federal ingrese en un letargo desesperanzador.

A fin de cuentas ¿para qué necesitamos del Parlamento o de la Justicia si mañana no estaremos vivos? Mientras tanto, el gobierno una y otra vez repetía que para mitades de mayo en Argentina habría miles de contagiados y de muertos.

Extendiendo las extensiones –Aunque suene repetitivo- el país se encuentra hace más de 160 días paralizado. 

Hablar de libertad en los primeros meses de la cuarentena se volvió sinónimo de pretender que en Argentina millones se mueran infectados por un virus al cual no conocemos y del cual no tenemos vacuna. Así como descartamos la justicia y el parlamento, ¿Para qué querríamos tener libertad? si a fin de cuentas el mismo presidente repitió que “para ser libres deberíamos estar vivos”. El peligroso mensaje rápidamente propagado fue que el encierro era lo correcto y que la libertad no era ni siquiera meritoria para discutir. 

Pretender continuar con una vida lo más normal posible para en definitiva también preservar la salud, se volvió objeto de una crítica despiadada de todos aquellos que se subieron a la directriz oficial de “te salva el Estado y no el Mercado”. De boca de los infectólogos oficiales, se señalaba a los Estados Unidos como el ícono de la miseria humana por “preferir la economía antes que la salud”. No faltó alocución del presidente en la cual se hiciera una crítica hacia algún otro país: Primero Italia y España, luego Suecia, Estados Unidos y Brasil. No obstante el silencio se mantuvo sobre países como Venezuela o Cuba en donde el cerrojo informativo y la crítica situación sanitaria estaba presente mucho tiempo antes de la pandemia por el Covid19. De hecho se llegó a decir que la vacuna del Covid19 sería cubana y que gracias al socialismo tendríamos la cura.

El colectivismo sanitario adopta para sí o se nutre de consignas poco sólidas o construcciones teóricas fantásticas tales como el bien común, la justicia social o la desigualdad. Este Colectivismo Sanitario ahora se nutría de la frase “El Estado te salva” para producir un sacrificio del individuo que muchos terminaron aceptando a regañadientes por el miedo al contagio.

Fue tan severa la campaña del terror que muchísimos no alertaron que en 160 días un Decreto de Necesidad y Urgencia en más de una ocasión legisló sobre materia penal y sobre la propiedad privada al prohibir por ejemplo las actividades dentro de los domicilios o las “reuniones sociales”. Sin evidencia empírica que los respalde gracias a la escasa cantidad de test realizados, el gobierno de un día para el otro comenzó a interferir hacia adentro de nuestras propias vidas: mientras el gobierno no autorizaba las reuniones sociales, el Presidente y sus funcionarios podían reunirse con quien quieran cuando quieran en donde quieran. Las ya perturbadoras redes burocráticas de la Argentina se potenciaron con esta nueva directriz del Colectivismo Sanitario y provocaron casos penosos como el de Solange quien murió sola esperando que su padre llegara.

En términos de Ayn Rand, el colectivismo se define como la subyugación del individuo a un colectivo que puede estar representado por una noción de raza -la Alemania Nazi-, una clase social -el Marxismo y el Comunismo- o el Estado mismo  -El fascismo italiano-. En el Colectivismo Sanitario, todos los individuos debemos quedar subyugados al colectivo ya que gracias al Estado es que preservamos la vida. Sin razonamiento crítico y movilizada por el miedo, la sociedad argentina firmó un contrato de forma impulsiva en donde canjeaban las libertades individuales por la protección del Estado. 

En el colectivismo sanitario hay además también un rechazo contundente a la idea de responsabilidad individual.

Sin reparar en que las obligaciones son pilares del desarrollo de la libertad y que quienes defendemos los proyectos liberales y de vida del prójimo lo damos como algo dado, el colectivismo encontró ahora la excusa para esparcir la idea de que la libertad es peligrosa porque nos puede llevar al contagio.

Y nuevamente, el discurso colectivista es muy fácil de desarmar gracias a la evidencia empírica después de 160 días de este experimento social inédito que fue la cuarentena: Sin importar lo que se haga, todos los países terminarán más o menos igual en términos sanitarios al finalizar la pandemia. No obstante, aquellos países en donde se ha fracturado el orden democrático, republicano y liberal, los ciudadanos y sus voluntades quedarán fuertemente amenazados. Hay un virus mucho más peligroso y que puede tomar muchas formas. Salgamos de esta trampa.

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