El famoso bien común, que no es tan bueno ni tan común a todos, ¿qué esconde?

QUE SE ESCONDE DETRÁS DEL BIEN COMÚN?

Algo recurrente que se nos ha intentado internalizar a lo largo de la experiencia pandémica que estamos cursando y que nos debe dejar aprendizajes muy variados es el incremento del poder estatal, por ejemplo en países que eran considerados “faros” de libertad en el mundo bajo la mirada económica, siempre bajo alguna excusa que pareciera ser irrefutable o que realmente validara el accionar de quienes detentan el poder. Lo vivimos primero con la palabra guerra palabra la cual ya he descrito el peligro que puede suponer para los individuos, tanto en el plano político como social, ahora además se nos agrega en cuanto a la vacunación obligatoria un segundo término que es seguramente tan viejo como la misma historia humana, “bien común”, tantas veces esgrimido por políticos, periodistas, pseudointelectuales e inclusive el líder religioso y cabeza de la iglesia católica, el Papa Francisco se pronunció a favor del “bien común” dejando de lado el interés privado.

En resumen, todo aquel que no quiera ser tildado de agitador, egoísta, discriminador, debe ir detrás de este slogan que pareciera ser la primera barrera a franquear por parte de quienes, sin atomizar o extraer al individuo a un individualismo feroz negador de la realidad y naturaleza humana, enarbolan las banderas de la libertad individual. Sobre la vacunación obligatoria no voy a decir nada, ya se ha dicho más que suficiente e imagino que quienes sean un poco despiertos ya habrán averiguado qué opino de la misma, además páginas de caracteres se han escrito sobre el tema, entre ellos Diego Giacomini tiene un excelente artículo que invito a leer para esclarecer un poco más acerca del tema. Lo que me atañe y preocupa hoy mismo es aquel slogan que junto a la palabra guerra han simbolizado el renacer del auge del imperio de la ley positiva, un auge que no parece que se vaya a reducir si no es mediante la desobediencia civil, el libre ejercicio de la acción humana y el apoyo mutuo entre individuos, hablo como no, del bien común.

Es primordial que entendamos, interioricemos y tengamos presente dos postulados primordiales que se derivan de la praxeología. Por un lado, el individuo actúa de manera consciente y en la mayoría de casos de manera racional, axioma no válido para la mayoría del congreso de la Nación Argentina a lo largo de los últimos 80 años y, por otro lado, el individuo como tal posee una escala de valores que no es igual en todos los individuos y por lo mismo no se le va a dar la misma importancia a las mismas cosas para todas las personas. De este postulado se deriva el axioma que indica el subjetivismo que a la vez da pie a la revolución marginalista de la teoría económica propia de la escuela austriaca. Entonces bien, tenemos delimitado ya que el individuo actúa y al actuar también lo hace aplicando una escala subjetiva que influye en todo, desde bienes económicos de carácter escaso, hasta acciones sociales que le son propias al individuo, que insisto una vez más es cierto que no vive aislado del mundo ni de su entorno social, pero tampoco implica que viva subordinado a la misma como si de una mente colmena se tratase.

Entonces bien, ¿dónde incurre el bien común? Pues en el hecho de que al igual que el Estado en su carácter monopólico, el bien común va en contra de la acción humana, y procedo a explicarme: Primero podemos definir que el bien común es aquella acción o conjunto de acciones que, teóricamente, reportan un bien en su conjunto a una sociedad dejando satisfechos a todos sus integrantes. Ahora bien, este bien común lo que necesita inexorablemente es colectivizar las agendas de acción de los individuos, independientemente de que crean o sientan, logrando que de alguna manera dominen sus intereses y planes individuales, a una “causa que les es superior o mayor” y que por lo tanto no puede terminar siendo algo malo. Todo suena muy lindo, la persona saca a relucir su lado más solidario y colabora de manera voluntaria con la causa, excepto que no es tan así. El bien común debe ser impartido desde una posición superior que supuestamente vea con claridad el problema, la solución, los medios y la correcta distribución de los mismos para la más eficiente solución del dilema que requiere la aplicación del bien común, es decir, debe disponer de la información necesaria de cada individuo para la resolución total del problema, reitero, de la manera más eficiente posible. Curiosamente quien más proclama la meta del bien común es el Estado, un ente “superior” que dice ver el problema, la solución, dice saber usar los medios y distribuirlos correctamente aunque sabemos por la teoría del uso conocimiento disperso de Hayek que eso no es así. Resumiendo, que el bien común necesita de la información dispersa de los individuos para su correcta aplicación, tarea que se deja siempre en manos de un ente superior y centralizador como el Estado, el cual, para disponer de dichos medios se vale principalmente de una fuente coactiva de ingresos, cosa la cual le quita todo carácter de contribución voluntaria y solidaria al bien común. Bastiat diría de la solidaridad que es espontánea o no es solidaridad, que decretarla es aniquilarla, y tiene razón.

Además de toda esta explicación austríaca y teórica de la incongruencia del bien común, existe una explicación más sencilla, y es que la actual sociedad, para muchos democrática, no es más que un choque constante de intereses que irremediablemente termina siendo resuelto de manera arbitraria por el anteriormente mencionado ente centralizador y que indefectiblemente termina por afectar a los intereses de algún sector social, grupo de intereses, elite, dejando por los suelos el objetivo común y regresando inevitablemente a una posición inicial de conflicto. ¿Y a quién le sirve el bien común entonces? Pues es sencillo de entender, a nadie más que los políticos que bajo la excusa de “vamos a resolver este problema contentando a todos”, lo único que piden a cambio es un incremento en el presupuesto anual, incremento en el sector de educación, salud, ministerio de géneros que dice acabar con la desigualdad a través de políticas públicas que para sorpresa de nadie acaban por fracasar, como ya confirmó recientemente la ministra del ministerio de la mujer y género en Argentina.

Solo a ellos les sirve el bien común porque es una excusa para seguir extrayendo mes a mes el dinero de los contribuyentes, el conflicto de intereses y la posterior resolución de intereses de manera arbitraria, es la excusa para la existencia del árbitro que al final del día termina ensanchando una problemática que cobra por finiquitar.

Entonces, en resumen general, tenemos que el bien común no solo no es deseable a nivel individual debido a que implica una coacción como mínimo institucional, sino que a mayores es imposible de llevar a cabo si se lo intenta desde el único lugar posible, el Estado, debido a los problemas que ya mencionamos con la información. De hecho, la naturaleza contraria a la acción humana del bien común se debe a la misma naturaleza monopólica del bien común, el monopolio del deseo, el bien común es el único que dice desear actuar correctamente para todos, no importa si muchos accionares individuales benefician a más personas en conjunto, el bien común es siempre el único correcto y deseable, además de incorrecto, demuestra una gran soberbia.

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