¿Dónde estás, democracia querida, que no te podemos encontrar?

Cómo puede terminar la democracia.

            La democracia en el imaginario popular presenta aparentes deficiencias que arrojan a una mayoría no menor a considerarla como un régimen político legitimado con elecciones cada dos años pero que, en la práctica, perpetúa las malas condiciones y reduce el bienestar de las personas en el mediano y largo plazo. Es cada vez más común escuchar una apatía contagiosa que apunta a la democracia como el origen, o uno de los orígenes, de los males que se han perpetuado en un país como la Argentina que en poco más de cien años ha triturado su capital y potencialidad para inscribirse en uno de los países con menor reputación internacional y escasos logros en materia económica, social y, mucho menos, política.

            Sobre esta esparcida apatía hay, a priori, dos elementos que permiten lograr una trazabilidad para definir desde dónde y porqué se ha llegado a esa idea y cuál es el camino para volver a considerar al sistema democrático como uno de los mejores, pero perfectibles, caminos para garantizar la división de poderes y la legitimidad de los derechos naturales de las personas:

            El primero de ellos es un ya alarmante falseamiento histórico y parcial que el kirchnerismo desde el 2003 edificó sobre el concepto de Democracia gracias a representarlo, únicamente, como la reivindicación histórica de los setenta y la reivindicación del partido por haber sacado a la Argentina del peor de los infiernos del 2001. Estos enunciados, que han sido fácilmente criticados y desmentidos, han ocupado todos y cada uno de los actos por el 10 de diciembre donde el kirchnerismo se arrogaba para sí una fecha de trascendencia histórica para el país entero.

No se celebraron ni la vuelta a la democracia ni los derechos humanos, sino, se buscaba la parafernalia constante de una definición hipócrita de la democracia en donde el propio Kirchnerismo se embarraba de la reivindicación de los setenta mientras agredía y silenciaba a la oposición y mientras se convertía en cómplices de las dictaduras en Cuba, Venezuela y Nicaragua

           . Últimamente, la retirada del país, a través del gobierno de Alberto Fernández, de la denuncia frente a la Corte Penal Internacional por los Crímenes de Lesa Humanidad en Venezuela no hace más que reafirmar esto. No puede no generarse un escepticismo frente a la democracia si su definición se encuentra atestada del barro político y militante más escandaloso de los últimos tiempos y donde se omite la defensa a los derechos humanos de los más de cinco millones de venezolanos exiliados solo por complacencia ideológica de la izquierda.   

            El segundo de los motivadores de la apatía es, sin dudas, la destrucción de capital y bienestar que la Argentina afrontó en los últimos cien años y que lo llevó a tener, a principios del siglo, uno de los países mejor posicionados en el mundo a ser hoy un país de frontera sin capital humano, sin inversión significante y con tétrica calidad de vida. Considerar que casi el 44% de los argentinos son pobres, según estimaciones de la Universidad Católica Argentina, quiere decir que casi de la mitad del país está en condiciones de ser objeto de prebendas y abuso por parte de los partidos políticos que buscarán cooptar su voto.

Este es uno de los peores abusos que la Democracia ha sufrido en los últimos treinta años y en donde, gracias al aniquilamiento de las instituciones, la representatividad de muchos partidos políticos se construye en base a la cooptación clientelar, abusiva y despiadada de canjear votos a cambio de comida, electrodomésticos, dinero o cualquier cosa. 

            Resta por definir, ciertamente, si los partidos políticos comenzarán a cambiar sus bases programáticas para empezar a construir representación en base a un país pobre o, por el contrario, buscarán realmente alcanzar la concreción de un programa de inversión, ahorro y crecimiento económico que permita volver a la Argentina del centenario de 1910 cuando era parte de una inserción internacional opuesta a lo que es hoy.

            La discusión y aplicación de las impostergables reformas económicas pro mercado en el país no solo se requiere fundamental para dejar atrás el descalabro económico y social, sino también, para detener el efecto contagio y sumarse a la defensa de los valores que se encuentran acechados en un mundo donde las tiranías y las dictaduras aumentan cada vez más su poder de daño. 

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