Cop26: Alarmismo climático y la irrelevancia de la ciencia

Hasta no hace tanto, los políticos prometían transformar todas nuestras vidas para mejor. Las grandes ideologías de izquierda y derecha podían chocar ferozmente sobre sus visiones del futuro, pero compartían el supuesto que cada nueva generación debía estar mejor y tener más oportunidades que la anterior. La política climática ha cambiado esto. Los activistas del clima no quieren ampliar o asegurar el suministro de energía; quieren gestionar su demanda. Este es un eufemismo para usar menos energía, lo que a su vez significa producir menos, consumir menos, viajar menos y disfrutar de un nivel de vida más bajo. Todo lo contrario de lo que la política en la era democrática pretendía lograr. 

Es importante tener en cuenta esto, a días de iniciarse la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) en Glasgow. Hasta allí llegarán líderes mundiales, negociadores, empresas y miembros de la sociedad civil para asegurar las promesas de las naciones de limitar el aumento de la temperatura global a no más de 1,5°C por encima del promedio preindustrial, lo que supondría, según dicen, una catástrofe planetaria.  

Chile inició su presidencia en la COP en 2019, la que se mantiene vigente hasta el primer día de la nueva edición. Por ello, el Presidente Piñera junto a su par británico, que oficiará de anfitrión, anunciaron una serie de medidas para lograr una emisión neta de carbono cero. Lo que no dicen es que estas medidas impondrán considerables costos y dificultades. Aumentarán el costo de vida, obstaculizarán la capacidad para desarrollar la economía y frenarán las libertades personales.

En particular, el país sede del próximo evento no es ningún ejemplo. Está sufriendo una aguda crisis energética porque la política climática los ha empujado a adoptar una energía eólica poco fiable. Fueron los activistas los que pujaron por abandonar el fracking por gas de esquisto y cerrar las plantas nucleares libres de carbono. Los sucesivos gobiernos dieron prioridad a las virtudes ecológicas por encima de la aburrida pero necesaria tarea de asegurar un suministro de energía fiable, barato y creciente lo que ha llevado a la actual situación. Todo esto incluso antes de que “Net Zero” que ahora proponen haya comenzado en serio. 

La evidencia frente al dogma 

Desde su domesticación hace 400.000 años, el paulatino dominio del fuego ha determinado en gran medida la evolución de la humanidad. Así como la cocción de los alimentos condujo a una regresión de las mandíbulas y a un desarrollo del cerebro, las artes del fuego han dado lugar gradualmente a la civilización moderna. La cerámica, la metalurgia, los morteros de cal y cemento, las máquinas de vapor, la luz artificial, los motores de explosión y de reacción, la producción de electricidad, todos estos avances han estado indisolublemente ligados al fuego y, por tanto, a la producción de dióxido de carbono (CO2) mediante la combustión de madera, gas, petróleo u otras sustancias.

El aumento de la población mundial y el incremento del nivel de vida han provocado, por supuesto, un aumento de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Según el dogma imperante, se culpa al efecto invernadero atribuido a este gas de una alteración climática con consecuencias catastróficas y, por tanto, la descarbonización en pocas décadas de las actividades humanas para luchar contra esta perturbación es un imperativo.

Puesto que retroceder milenios de ingenio humano es un desafío formidable, convendría asegurarse que los pronósticos son los correctos.

Sin embargo, los modelos climáticos adolecen de muchas limitaciones. La principal es que abarcan periodos de tiempo demasiado cortos para dar cuenta de los grandes ciclos de glaciación-deglaciación, los cambios climáticos más tangibles, que se producen a lo largo de decenas de miles de años. La situación es análoga a la que se daría si tomáramos una pequeña ola como base de una teoría de las mareas sin tener en cuenta ciclos enteros de subidas y bajadas de distinta magnitud.

Por otra parte, la evidencia paleo-climática muestra que los periodos de altos niveles de CO2 no preceden a los períodos de altas temperaturas sino que son posteriores a los mismos y sistemáticamente más largos. Por tanto, si es la temperatura la que aumenta antes que el CO2 y si los períodos de CO2 elevado duran más que los períodos de altas temperaturas (es decir, que las temperaturas empiezan a bajar aunque los niveles de CO2 se mantengan elevados), la lógica refuta la relación causa-efecto entre aumento de dióxido de carbono y aumento de temperatura. La evidencia, por cierto, tampoco muestra fluctuaciones en los niveles de CO2 de corta duración similares a las mostradas por las temperaturas.

¿Qué puede ocurrir entonces? Resulta que la atmósfera contiene una cantidad ínfima de CO2 en comparación con los océanos, y que la solubilidad del CO2 en el agua disminuye al aumentar la temperatura.

Por lo tanto, el contenido de CO2 de la atmósfera se ha ajustado a lo largo del tiempo a las variaciones de temperatura con desfases temporales debidos a la homogeneización química relativamente lenta de los océanos. Un argumento de peso refuerza esta conclusión: el metano es un producto de la actividad biológica que aumenta con la temperatura y se correlaciona perfectamente con ella. Si el CO2 contribuyera al calentamiento atmosférico, sus niveles deberían estar correlacionados con los del metano. Sin embargo, esto no es así.

Esta conclusión no contradice en absoluto la existencia del ligero calentamiento observado en las últimas décadas. En efecto, los núcleos de hielo de Vostok revelan la existencia de breves episodios de calentamiento, muy numerosos, a los que curiosamente no se presta atención, y cuya causa puede atribuirse a otros factores tales como las fluctuaciones de la actividad solar. 

Legislaciones suicidas

A lo largo de la historia, el ser humano ha utilizado su inteligencia para sustituir formas de energía ineficientes por otras más eficientes. Sin embargo, por primera vez asistimos a una insólita involución coercitiva que obliga a utilizar energías ineficientes cuyas carencias se ocultan intencionadamente. Además de su escaso rendimiento, son intermitentes, pues la eólica depende del viento, que no sopla en todas partes ni a todas horas, y la fotovoltaica del sol, que no luce a todas horas ni de noche. Pero dado que se debe cubrir siempre la demanda exigida en cada momento sin interrumpirse nunca, estas fuentes de energía no pueden por sí solas formar la base del sistema. De hecho al día de hoy representan solo el 8% del total de electricidad producida, lo que a su vez representa el 19% del total de energía consumida por el planeta. Por ello, necesitan el apoyo de fuentes de generación tradicionales, lo que hace que la electricidad sea más costosa porque debe pagar tanto por el panel solar como por la turbina de gas. Por caso, la Unión Europea, que obtiene el 17% de su electricidad de la energía solar y eólica -el porcentaje más alto del mundo- también tiene algunos de los costos de electricidad de consumo más altos. 

A pesar de esta evidencia, los experimentos legislativos para sustituir energías tradicionales por alternativas están de moda. El mejor ejemplo -Alemania- ha resultado un fracaso. Tras impulsar las renovables hasta el 40% de la generación eléctrica, Alemania es hoy el país del mundo con la electricidad más cara -más del doble que en EEUU- mientras sus emisiones de CO2 por Kwh han caído menos que en EEUU, Reino Unido o Francia, con muchas menos renovables. Que haya pospuesto hasta el 2038 el fin del uso del carbón por la falta de realismo de sus previsiones, mientras inauguró hace poco una nueva planta de carbón, resulta significativo. 

En definitiva, la única certeza que tenemos sobre la teoría del calentamiento global antrópico y las soluciones que proponen, es que entusiasma a quienes aman el poder y atrae a los anticapitalistas huérfanos de referencias. La falta de rigor científico es reemplazada por la utilización estaliniana de la palabra “negacionista” para marcar al disidente y “consenso” para intimidar al incauto, y en las que abundan eslóganes panfletarios y montajes fotográficos de desastres naturales que ligan engañosamente al calentamiento global, a pesar de que los fenómenos meteorológicos extremos no hayan aumentado en absoluto en las últimas décadas, como reconoce el propio IPCC de la ONU.

Por cierto, el frío causa 17 veces más muertes que el calor en todo el mundo. Eso tampoco se menciona. 

Artículo publicado en El Líbero, Chile

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