Un esquema perfectamente aceitado permite que, ante cualquier evento que incomode a la agenda progresista (Gaza, clima, Venezuela o un acto de la derecha), aparezcan manifestaciones “espontáneas” en decenas de ciudades del mundo. No son casualidad: son una máquina de manipular el sentido común a través de la imagen de “el pueblo en la calle”. Por Tomás Santolín.

A nivel global, la izquierda progresista posee hoy un esquema de operación política ciudadana que funciona activamente, algo de lo cual los demás sectores carecen. Me gusta llamarla: “Operación Greta con Osde”.
¿De que se trata? Hay una cierta agenda política global compartida internacionalmente. Gaza, cambio climático, Venezuela, son algunos de sus principales temas. Esa agenda es promovida por grupos en cuyos intereses está el avance de los movimientos políticos asociados a la izquierda.
Esta operación incluye, entre sus dinámicas principales, la de la movilización social (es decir, que un grupo de personas minímamente numeroso se reúna por voluntad propia en un punto geográfico común, bajo una consigna compartida).
[Maria Corina Machado y un Nobel por la libertad]
— Visión Liberal (@vision_liberal) December 11, 2025
En una ceremonia marcada por la ausencia forzada de la líder venezolana, su hija Ana Corina recibió el Premio Nobel de la Paz 2025, un reconocimiento global a la lucha por la libertad y el Estado de Derecho en Venezuela.… pic.twitter.com/H6Xze9cwko
Y funciona así: cada vez que en alguna ciudad del mundo ocurre algún evento o circunstancia política relacionado a esa agenda de izquierda (y por lo tanto a los intereses de esos grupos), se moviliza un operativo.
El operativo consiste en organizar una movilización, la cual es convocada en defensa de cierta consigna, bandera o reclamo. Como en cualquier otra movilización, hay banderas, pancartas, columnas de manifestantes caminando, consignas que se reclaman a viva voz, etc.
Supongamos que en la ciudad X se está celebrando una ceremonia de consagración al dirigente político X, que está enfrentado a esa agenda de izquierda global. Así sea en Oslo, Rio de Janeiro, Barcelona, México DF, etc., el esquema entra en funcionamiento y organiza una movilización. Las manifestaciones son grabadas y las imágenes transmitidas por alguna cadena informativa, ya sea local o internacional.

Para qué sirve esto? Para manipular la opinión pública. Como todo sujeto racional, el televidente (término antiguamente utilizado para referirse al espectador), observa un hecho, lo interpreta, y deriva en una conclusión lógica. En este caso, la imagen que se transmite es la de una movilización y la idea que se pretende instalar es la de apoyo popular (a favor o en contra de una cierta causa).
Este proceso cognitivo opera en gran medida a nivel automático, como un query de la mente que corre por sí solo. Se apoya en conceptos arraigados, se internaliza. Y opera bajo un universo de elementos simbólicos típicamente compartidos de forma transversal.
Para casi cualquier persona, la imagen de una manifestación masiva está asociada a la idea de apoyo popular. La noción del reclamo multitudinario, representa, o dispara, diversos conceptos subliminales. Mayormente valorados como positivos, loables, nobles: las multitudes ciudadanas que salen a las calles, el pueblo en comunión reclamando por lo justo, los ciudadanos que ejercen su compromiso cívico. Hay una idea de David y Goliat, de oprimidos contra opresores.
Por supuesto, nada de esto funciona en modo lineal. Ni tampoco invalida otras dinámicas interpretativas simultáneas, en paralelo. Es decir: no por ver una manifestación en el noticiero uno va a volverse defensor de esa causa (es más complejo). Pero sí permite, la operatoria, incidir en la manera que se conforma y moldea el sentido común compartido masivamente.



