Boric, Castillo y el populismo posmoderno, consecuencias de votar al “menos malo”

El dilema de las expectativas desmesuradas

El mundo asiste a una nueva era. Los partidos de siempre se desvanecen y las figuras en ascenso concitan la atención logrando victorias electorales antes impensables

Abundan los análisis que profundizan sus miradas sobre este flamante fenómeno. Las viejas estructuras ya no representan a tantos como en el pasado y a lo sumo se conforman con seducir a ciertos emergentes sociales ofreciéndoles una plataforma entrenada para triunfar en las urnas.

Bajo ese nuevo paradigma han aparecido jugadores que antes ni siquiera hubieran podido competir en una elección presidencial. Algunos eran marginales, individuos sin chance, que no cautivaban multitudes hasta hace un tiempo y que aprovecharon al máximo una sorpresiva oportunidad.

Acontecimientos recientes como los de Boric en Chile y Castillo en Perú, u otros diferentes desde lo ideológico pero parecidos en conductas como los de Trump en EEUU o Bolsonaro en Brasil, son paradigmáticos y merecen ser abordados pormenorizadamente para comprender lo que viene pasando.

Algunos de ellos inclusive han alcanzado la meta salteándose los clásicos escalones de una carrera secuencial. Sin gran trayectoria ni experiencia como funcionarios jurisdiccionales, se postularon directamente a la caza del premio mayor rompiendo con los usos y costumbres.

Muchos ven con preocupación este intrincado proceso, no sólo por la ausencia de “rodaje” de los involucrados sino por sus propuestas extremas y hasta excéntricas con las que consiguieron llamar la atención y cautivar a millones de personas.

No menos cierto es que ese tipo de candidatos lograron esos magníficos resultados gracias a sistemas electorales que promueven una polarización entre postulantes antagónicos. Esa suerte de grieta obligó a todos a seleccionar no siempre al mejor, sino al menos malo, dato, que no debería ser minimizado.

Lo concreto es que ciertos analistas prefieren hablar de un nuevo prototipo que mezcla condimentos de un populismo contemporáneo al que se agrega la infaltable demagogia típica del proselitismo.

Las profecías pululan por doquier y a los más sensacionalistas les encanta vaticinar eventuales catástrofes. Afirman que esos países van a estallar después de un período en manos de estos irresponsables dirigentes que sólo consiguieron un circunstancial apoyo en los comicios, pero que no tienen capacidad alguna para gobernar ni construir consensos.

Una dinámica tan presidencialista como las de estas latitudes también explica parcialmente las desproporcionadas esperanzas cívicas. Muchos ciudadanos creen que a pesar de vivir en democracia lo que hacen es proclamar monarcas que podrán hacer lo que sea sin limitación alguna.

Aun con infinitas imperfecciones la mayoría de los países tienen saludables mecanismos que actúan como contrapeso. Algunos ya son repúblicas consolidadas, pero otros disponen de instituciones sólidas que impiden la concentración absoluta del poder en manos de unos pocos.

La avalancha de esta era es una señal, sin duda alguna. Merece ser estudiada exhaustivamente. Pero tal vez valga la pena evitar las exageraciones. Los fantasmas a los que muchos temen suelen ser solo creencias que después jamás se verificaron, al menos no con la virulencia que esperaban los más escépticos.

No faltarán aquellos que recordarán ejemplos no tan lejanos cuando unos pocos líderes ingresaron al ruedo disimulando con talento su espíritu autocrático para luego dar rienda suelta a su peor costado instalando dictaduras que aún perduran y se siguen perfeccionando.

No tendría sentido negar su existencia, pero eso no hace desaparecer los otros innumerables casos, esos que traían consigo dramáticos pronósticos que fallaron sin atenuantes. Esos siniestros sujetos gobernaron pesimamente dejando evidentes secuelas, pero no consiguieron quedarse con el poder en forma indefinida ni establecer un régimen totalitario.

La presente inercia asusta a muchos observadores. De hecho, hablan de una dinámica continental que puede ser contagiosa. En realidad, no existe suficiente evidencia empírica de que estas situaciones tengan una conexión entre si a pesar de las supuestas similitudes que se podrían identificar.

Es imposible predecir el futuro. Se pueden formular hipótesis y teorizar sobre el porvenir, pero seria temerario ser definitivo respecto de lo que pudiera ocurrir en el mañana.

Los mas pesimistas dirán que se transitan temporadas tormentosas y que la debacle para esas comunidades que optaron por esos dirigentes están a la vuelta de la esquina. Es probable que ocurra algo así, o tal vez no consigan nada y pasen a la historia como un intrascendente accidente político.

Quizás valga la pena poner el foco en las expectativas desmesuradas que muchos de sus votantes depositaron en ellos creyendo que todo lo prometido sería muy fácil de visualizar y que se concretaría pronto.

Es probable que se decepcionen más temprano que tarde, que las bravuconadas discursivas queden en el aire y que esas fieras inspiradoras que exhibieron de forma ampulosa al debatir se conviertan en tiernas mascotas incapaces de avanzar dos centímetros. Si así sucediera la ilusión se esfumará mágicamente y los fanáticos buscarán nuevas alternativas.

Pero cabe una posibilidad bastante superadora y es que estos personajes que intentaron plantear propuestas impracticables fracasen estrepitosamente y se abra la puerta hacia una discusión aún ausente.

Tal vez la política deba madurar y eso incluye a los electores. Los cambios precisan etapas y también acuerdos para no terminar siendo meros espasmos. Como en la vida misma, el éxito es producto de las transformaciones serias y no de los grandilocuentes discursos ni de nefastos charlatanes que no saben de lo que hablan y solo buscan aplaudidores.

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