En América Latina, donde entre el 63% y 76% de las mujeres han sufrido violencia por razones de género (CEPAL), la dependencia económica sigue atrapando a muchas víctimas junto a sus agresores. Hablar de dinero, ahorros y oportunidades en charlas cotidianas entre mujeres no es superficial: es un acto de autoprotección y libertad que acorta la brecha histórica de casi un siglo en la construcción de patrimonio.

Pocos lugares se me ocurren más desprovistos de tabúes que una mesa de café entre amigas. Como dice una frase viral, existe cierta intimidad cuando una mujer se confiesa con su grupo.
Las conversaciones entre mujeres suelen abordar una infinidad de temas. Hablamos de relaciones, de miedos, de sueños y de metas. Incluso de otros tópicos que escandalizarían a los oídos más conservadores.
Haber crecido en un entorno repleto de mujeres me permitió primero ser observadora pasiva de muchas de esas charlas y, con el tiempo, participante activa de ellas. Ese cambio generacional me llevó a notar algo interesante: aunque hoy se habla mucho más de dinero que en el pasado, sigue siendo una conversación que rara vez ocupa un lugar central cuando hablamos entre mujeres.
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Cuando el dinero aparece, suele hacerlo desde su uso inmediato: “¿cuánto te costó esto o aquello?”. Y aunque la reacción automática suele ser atribuir esta falta de profundidad a una supuesta superficialidad femenina, un breve repaso por la historia de la mujer y su acceso al ejercicio efectivo de la propiedad permite entender mejor este fenómeno.
En América Latina, los hombres tuvieron capacidad legal plena para poseer y administrar bienes entre 80 y 150 años antes que las mujeres, dependiendo del país y del tipo de propiedad. Mientras ellos podían conversar sobre el futuro de sus inmuebles, negocios o inversiones, muchas mujeres concentraban en vestimentas, joyas u otros artículos personales la totalidad de su patrimonio.
Los regalos o compras costosas eran, en suma, el único método de ahorro al alcance de muchas. En numerosas familias aún se recuerda la historia de aquella bisabuela que, cansada de los maltratos, reunió algunas pertenencias y, con los hijos a cuestas, abandonó el hogar, vendió sus joyas e intentó montar algún negocio con ese pequeño capital para sacar adelante a los suyos.
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Por supuesto, este método de ahorro también conllevaba implicancias sociales que se arrastran hasta hoy. La mujer que hable de dinero o considere este un tema relevante en su vida sigue enfrentando una larga lista de adjetivos despectivos: ambiciosa, interesada, materialista…
No existe mejor promotor del silencio que el repudio social asociado al habla. En el caso particular del dinero y las mujeres, ese silencio tiene costos muy concretos.
Según datos de la CEPAL hasta 2024, basados en encuestas nacionales de los países miembros, entre el 63 % y el 76 % de las mujeres han experimentado algún tipo de violencia por razones de género en algún ámbito de su vida. La cifra, ya de por sí escandalosa, se desglosa luego según los tipos de violencia más frecuentes, donde la violencia sexual e intrafamiliar ocupan los primeros lugares.

Pero quizá el dato más abrumador es que, en la mayoría de los casos, estos episodios de violencia no fueron incidentes aislados, sino eventos reiterados. Esto plantea nuevamente la incómoda pregunta: ¿por qué, cuando una mujer sufre violencia, en ocasiones vuelve o se mantiene junto a su agresor?
Pretender realizar un análisis psicológico de las víctimas sería extralimitarme en mis conocimientos. Como toda liberal que mantiene la cordura y adhiera al principio del conocimiento disperso de Hayek, no busco ofrecer una fórmula mágica contra la violencia hacia la mujer. Mi intención es, más bien, sugerir desde mi perspectiva una acción individual que podría tener resultados positivos para erradicar una de las razones que llevan a muchas víctimas a permanecer junto a sus agresores: la dependencia económica.
Durante mis prácticas profesionales en la defensoría de la niñez y atención a víctimas de violencia, resultaba desgarrador ver cómo madres con hematomas en el rostro y sus hijos en brazos accedían a desistir de un proceso legal contra su agresor, porque este era el único sustento de su hogar.
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En otros casos, sobre todo cuando el número de hijos aumentaba, incluso mujeres que trabajaban relataban que necesitaban el aporte económico del agresor para garantizar las condiciones mínimas de nutrición de sus hogares.
Algunas solicitaban la liberación del detenido casi de inmediato, mientras que otras regresaban meses después, sin haber podido valerse por sí mismas, sin capacidad para conseguir un trabajo compatible con el cuidado de menores, o sin haber encontrado otras soluciones.
Por otro lado, los procesos de violencia que solían avanzar sin contratiempos, e incluso con impulso procesal privado, correspondían a mujeres que contaban con ingresos propios gracias a sus trabajos o negocios, o con un núcleo familiar que les brindaba respaldo económico.
En estos contextos, el dinero se convertía en una herramienta de sometimiento para las víctimas sin independencia económica, y al mismo tiempo, en un recurso que permitía acceder a justicia para aquellas que podían permitirse esos gastos.

Entender la importancia de la independencia económica femenina como un acto de autoprotección nos permite identificar espacios de oportunidad para disminuir los alarmantes porcentajes de reincidencia en casos de violencia.
Hoy, cuando las restricciones legales que marcaron la historia de generaciones de mujeres ya no existen, se abre un espacio para tomar control sobre nuestros recursos y decisiones económicas, transformando este control en una herramienta real de cuidado y autonomía.
Vale la pena recordar que entre hombres y mujeres existe una diferencia de casi un siglo en la posibilidad de construir patrimonio, experiencia económica y autonomía. Cualquier aporte individual femenino que busque acortar esa brecha —desde acciones cotidianas, como traer a colación un tema económico en el café de la tarde, hasta decidir montar un emprendimiento propio— contribuye a generar ese cambio social orgánico que necesitamos.
Quizá así, con un mayor compromiso sobre las conversaciones incómodas que debemos sostener, tendremos más coraje para cuestionar cada decisión política que afecta directamente la inclusión de la mujer en el mercado laboral y limita sus posibilidades de alcanzar independencia económica.
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El boom del feminismo en las últimas décadas y la popularización de sus consignas ha desencadenado también dos fenómenos peligrosos desde los extremos del compás político.
La izquierda ha buscado capitalizar el electorado femenino mediante políticas de género que, en la práctica económica, han dificultado el acceso al mercado laboral y la formalización de emprendimientos, pretendiendo que la mujer se independice del esposo para pasar a depender del Estado, con todas las deficiencias que este modelo conlleva.
Por su parte, el conservadurismo extremo responde con negación del problema, ridiculización de causas legítimas y defensa de roles de género tradicionales.
Ante este tire y afloje infructuoso, la perspectiva liberal apuesta por el fortalecimiento de la capacidad individual de decisión como motor del cambio y del progreso social.
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El ciclo no se romperá por imposición estatal; se romperá con cada acción individual, que por pequeña que parezca, reduzca la dependencia y aumente la libertad personal, construyendo una barrera contra la violencia y la vulnerabilidad.
La próxima vez que estés disfrutando un café con tus amigas, y si existe cierta apertura para hablar del tema, podrías empezar con pequeñas preguntas relativas a ahorros, oportunidades de negocio o rentas extras. ¿Saben tus amigas independientes el valor real de su trabajo? ¿Alguna se ha quejado de su escala salarial sin haber considerado pedir un aumento?
Al final, la independencia económica femenina no es solo un asunto de números o balances; es una cuestión de libertad, de dignidad y de autoprotección. Cada decisión que tomamos para fortalecer nuestra capacidad de generar y administrar recursos propios, cada conversación abierta sobre dinero y oportunidades, es un acto de coraje y de construcción de un futuro más libre.
Es evidente que la dependencia económica no es el único factor detrás de la violencia hacia la mujer, pero cada acción consciente, cada paso hacia la autonomía, se constituye en sí mismo en un escudo más, un refuerzo que ayuda a derribar la vulnerabilidad históricamente construida. Y en ese proceso, no solo nos protegemos a nosotras mismas, sino que también inspiramos a quienes vienen detrás, generando un cambio social real, orgánico y sostenido.
Así que la próxima vez que compartas un café con tus amigas, no subestimes el poder de la conversación. Una charla sobre ahorro, un proyecto de negocio, o simplemente ponerle nombre al valor de tu trabajo, puede ser el primer paso para reconquistar la libertad que la historia y, en su momento, incluso el Estado intentaron negarnos.



