Advertencia millenial: que la individualidad no se confunda con el ego

Reflexiones sobre la nueva impronta liberal

Cuidado liberales. La legitimidad, popularidad y correspondientes designios obtenidos en los más recientes comicios son de vital importancia para la continuación del ascenso de nuestras ideas, así como su concreción. No debemos olvidar que la política es el arte de lo posible. El intelectual debe adaptarse a la realidad que lo engendra, propiciando que sus acciones y proyectos queden enmarcados en esta premisa básica; tal es la importancia de la realidad, que la moralidad y la bondad que uno crea que puede tener por sobre sus contrincantes no hace más que quedarse en la anécdota. Con este supuesto y esta realidad en mente, tampoco es plausible sacrificar todo ideal, todos los valores que uno pregona en pro de obtener apoyos en la cámara y ser partícipe de las decisiones. Ni un extremo, ni el otro. El punto medio, la astucia a la hora de jugar el juego de la política es lo que requieren nuestras ideas ahora.

El liberalismo es individualista, en el plano político persigue un interés bien entendido que deriva en la acepción de aquellos proyectos que permiten el mejoramiento del bienestar social. Somos todos individuos, con ideas propias, sueños propios y hasta virtudes y defectos; pero estos individuos conviven en una sociedad, un cúmulo de esas mismas diferencias que, en armonía, permiten el disenso y el consenso.

La existencia de individuos, sea en el congreso o en la sociedad, no colisiona con la realidad de formar sociedades, con la imperante necesidad de mantenerse en un grupo y buscar la seguridad de un colectivo.

Aquí es necesario plantear un entendimiento. No es lo mismo considerar un colectivo de individuos que debaten, discuten y acuerdan diferentes propuestas y posturas, a uno que sigue invariablemente el ordenamiento de un líder, que vota con uniformidad sin discusión, ni permite cierta libertad en las decisiones de sus individuos.

Hemos de definir qué clase de movimiento será el liberal, que rumbo tomará luego de obtenidas las nuevas bancas. ¿Seguirá acaso un camino llano a la servidumbre de un líder indiscutido? ¿Seremos corderos de un león que nos guíe? ¿Tendremos lealtades indiscutidas al cabeza de lista? No olvidemos jamás que el liberalismo sigue ideas, debates, propuestas, nunca personalidades. La falibilidad humana es el pesar de toda conciencia, sea diputado, legislador y un ‘ciudadano de a pie’. Esta es una lección a recordar tanto para el ‘líder’ como para el ‘súbdito’. Cada negativa a la discusión de ideas, cada rechazo a otra opinión, por absurda que parezca, cada alabanza a una personalidad presuntamente infalible, y confianza ciega e irrestricta a nuestros elegidos, es un paso agigantado más cerca de la servidumbre. La tiranía no la puede ejercer solo aquel que consideramos oponente, también la puede ejercer hasta nuestro más amado líder. Hay señales cada vez más claras hacia este camino, prevengamos su desarrollo antes de que sea demasiado tarde.

Cuidado liberales; cuidado con las ideologías y la radicalización. Siendo presas de la pasión olvidaremos lo más básico de la política, evitando así concretar cualquier acción que nos propongamos. Admito que la vehemencia de toda discusión ha llevado, me ha llevado, a descalificar y evitar escuchar, sin embargo, este es nuestro mayor error. Si no escuchamos tampoco nos escucharán y no lograremos jamás nuestro cometido, jamás propagaremos el liberalismo si solo generamos repudio.

Hemos de cuidarnos del atomismo en política. Jamás podremos pensar igual, y menos estar de acuerdo en todo, es parte de la esencia individual, es parte de nuestras concepciones subjetivas; lo que no tenemos que olvidar es que no dejan de ser esto, concepciones subjetivas. La política requiere de consensos, números y apoyos. La apelación a una moral superior o a un envío divino no tiene efecto en el plano terrenal en el que se mueve el juego político; aquí juegan los hombres. Hombres con ideologías, vicios, valores, virtudes y demás. Tal es así que, si bien las ideas más elementales no se negocian, tampoco se podrá negociar bajo una presunción de aceptación total. En esto no se basa la negociación; pretenderlo es simplemente imponer algo que creemos mejor y, por tanto, nos estaríamos convirtiendo en eso mismo que buscamos combatir. En algo habrá que ceder, la política no es un monólogo, algún terreno común dentro de los técnicos de cada tópico tendrá que encontrar nuestros diputados para dejar su marca y propagar las ideas.

Es la misma individualidad de la que hacemos gala los liberales la que nos juega en contra. Debemos recomponer una tradición que se ha roto a lo largo de los años; debemos reencontrarnos con la palpable realidad de la vida en sociedad, en conjuntos y en colectivos.

Sí, somos individuos, pero compartimos montones de patrones y subjetividades que conforman una base intersubjetiva de convivencia; no somos átomos separados unos de otros, estamos interconectados por una historia que nos es común, un lenguaje que nos es reconocible y un razonamiento que hace comprensible nuestro accionar. Todo esto nos amalgama en un colectivo, pero un colectivo de individuos con la libertad de actuar, pensar y vivir cómo quiere; un colectivo que permite libertades de todo tipo, pero que restringe la libertad desmedida, que restringe el libertinaje para lograr una vida en sociedad. Esta perspectiva hoy, en la honorable cámara de diputados, se encuentra tan rota y calumniada cómo vigente. Nuestros elegidos, nuestros abanderados en el congreso están divididos; los une una base intersubjetiva común, un entendimiento de ideas común, pero se encuentran separados cómo átomos en una inmensidad de oponentes. Importando los números y apoyos que se puedan obtener, ¿No sería sensato armar un bloque que debata las ideas y proyectos y que acuerde un rumbo para el liberalismo en el congreso? ¿Acaso no es que, en política institucional, la unidad hace a la fuerza, siempre y cuando esta unidad no implique uniformidad?

No es momento de atomizarse en posturas inviables, no es momento de buscar gloria a una persona o poder para consolidar un liderazgo hegemónico; la tarea asignada es de suma relevancia. Cuidado liberales, ya habrá tiempo para campañas personales, búsquedas de mayor popularidad y discusiones internas. Cuidado con desprestigiar la unidad consensuada y alabar el atomismo personalizado. Cuidado liberales, el camino recién empieza, nos espera un trabajo arduo, dentro y fuera del congreso; no olvidemos jamás que el liberalismo no depende de uno, un elegido, depende de todos nosotros, de una sociedad que, en campaña prometió despertarse cómo leones, y esperemos que en funciones no se duerma como corderos. Seremos llevados por un pastor, por un líder o un evangelizador sólo si decidimos transitar el camino de la atomización, la presunción de infalibilidad y veneración de una figura incuestionada

Articulo publicado en Club de la Libertad

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