Un ardid de la política para capitalizar odios: crispa, promueve diferencias y así divide en bandos

En tiempos de crispación, las líneas se entrecruzan

La intolerancia de los “tolerantes”

No hay duda alguna de que la política ha promovido las diferencias como un ardid para sumar adeptos. Se trata de buscar enemigos y dividir a la sociedad en bandos, capitalizando esos odios para construir mayorías desde ese formato bastante ruin y cuestionable. 

No es un recurso novedoso, para nada. La historia mundial muestra múltiples ejemplos de esta perversa dinámica a la que se apela en reiteradas ocasiones, las más de las veces, consiguiendo los resultados anhelados

La técnica aplicada es bastante simple. Seleccionar un adversario, caracterizarlo, identificar su peor costado para demonizarlo y luego descargar toda la artillería argumental posible para apalancarse en ese defecto que lo torna enormemente despreciable.

Ha funcionado demasiadas veces. Este esquema sencillo pero efectivo ha sido utilizado por casi todos sin distinguir entre gente con buenas intenciones y los que se inclinan por patrocinar causas deplorables. Es solo un procedimiento que sirve a sus fines y por lo tanto una estrategia disponible para ganar batallas empujando a todos a tomar opciones.

En su era fueron unitarios y federales, personalistas y antipersonalistas, peronistas y antiperonistas, y cuanta circunstancia se presentó ha servido para usar la división como método para restarle a los otros y sumar a los propios, pero sobre todo para acceder al poder o acrecentar el vigente.

Hoy emerge una nueva variante de esta misma retórica. En la era de la posverdad, de la manipulación de la palabra, del falseamiento de los hechos y la reinterpretación maniatada de la historia algunos han decidido ocuparse de una nueva categoría, ahora catalogados como “intolerantes”.

Se vive una época de sobreactuación, de idealización de la democracia, que otorga atributos de superioridad a ciertas instituciones desconociendo la esperable imperfección que rodea a cualquier invención humana. Es que la esencia de la especie radica justamente en sus deficiencias intrínsecas.

Claro que es difícil e incómodo lidiar con aquellos que no respetan las conductas u opiniones ajenas. Pero hay que ser cuidadoso con este asunto porque puede ser muy peligroso etiquetar a las personas y asignarlas a ciertos grupos de pertenencia como si cada cualidad se tratara de un concepto absoluto, sin puntos intermedios, sin gradaciones o tonalidades.

Después de todo, nadie está exento de alguna dosis de intolerancia hacia ciertos comportamientos o ideas de terceros. En todo caso existen posturas de esa actitud indeseable, más o menos aceptables para el resto, pero nada que se parezca al virtuosismo que se declama, pero al final no se ejerce.

 La tarea inexorablemente consiste en trabajar sobre uno mismo, aprender a convivir con lo antagónico, disminuir esos niveles de rechazo cuando algo no encaja con los paradigmas conocidos. Eso no es un punto de llegada, sino un recorrido permanente y habría que asumirlo sin tanto dramatismo.

En definitiva, es un proceso, completamente móvil, eternamente inestable, pero es vital comprender que está operando una saludable tendencia que promueve la diversidad, la asimilación de lo distinto, especialmente de aquello con lo que habitualmente se complica ser afín y que se suele impugnar de plano. Soportar lo similar no conlleva esfuerzo alguno. La prueba ácida de la flexibilidad está en consentir lo peculiar y no lo igual.

Es muy temerario analizar estas cuestiones con el prisma de lo binario, mecanismo en el que sólo se identifican dos alternativas, cero y uno, blanco y negro, bueno y malo, omitiendo deliberadamente la existencia de matices, esos que en realidad pueblan la vida diaria y explican la mayoría de las cosas que ocurren en el mundo real.

Intentar explicar el presente recorriendo ese método tan infantil como falaz, tan ingenuo como mentiroso, es escaparse de la complejidad con la que se interactúa y por lo tanto es caer en la tergiversación. En algunos casos eso acontece por mera ignorancia, pero en otros se hace con premeditación.

El problema de fondo es que cierto sector de la ciudadanía se ha arrogado el derecho monopólico de decidir quiénes son los intransigentes y quienes no. Ellos han concluido que van a definir qué es ser tolerante y que no lo es, siempre mirando para el costado a la hora de identificar sus evidentes imposturas.

Es paradójico que quienes censuran el pensamiento ajeno, quienes repelen ideologías diferentes, esos que no pueden compartir un diálogo con nadie que se aleje un centímetro de sus “genialidades” pretendan erigirse como los apropiados para encasillar a cada protagonista público del sistema.

Es todo muy raro. Ellos creen tener suficiente altura moral para decidir quiénes pueden decir que cosa y hasta como deben decirlo. Son los referentes de las formas y del fondo, de la ocasión y la oportunidad.

Tal vez valga la pena hacer un análisis introspectivo y observarse a sí mismos, para ver desde qué lugar, desde qué extraño pedestal se paran para convertirse en esa suerte de implacables jueces de los demás. Algunos personajes exhiben sus niveles de intolerancia a flor de piel sin disimulo, pero tal vez ellos sean mucho más honestos intelectualmente, porque son espontáneos, transparentes y a pesar de sus defectos son más virtuosos que esos otros que simulan una apariencia de integridad siendo que son unos indecentes crónicos y merecen idéntico repudio.

Falta mucha autocrítica, no sólo en la política sino también en la vida cívica. Quizás sea un buen ejercicio mirarse un poco más en el espejo y no pedirle a los demás lo que uno mismo no puede ofrecer. Sería un acto de honradez digno del mayor elogio y una manera muy loable de empezar a inspirar.

No te pierdas las últimas noticias de Visión Liberal. Súmate a nuestro newsletter.

Loading Facebook Comments ...
0 Comentario

Dejar una respuesta